—Te miro como un hombre vería a… —no puedo evitar desquiciarla un poco y digo lo que ella más odia— una niña… —Me interrumpe y no me deja terminar. —Una niña. Ya no soy una niña y tú —dice señalándome con su dedo índice derecho— deberías saberlo bien. —Sí. Una niña que ha dejado de serlo para convertirse en mujer… una bella mujer —doy unos pasos en su dirección y cuando estoy cerca la miro fijamente a sus encantadores ojos— ¡Mi! ¡Mujer! — remarco cada palabra. Con un solo movimiento la tomo por la cintura y la hago caer en el lustroso piso de madera dejándome ir con ella. Un grito ahogado sale de su boca y sus brazos se sujetan fuertes de mi cuello. Cuando estamos en el piso, me coloco sobre ella pasando mi nariz por su cuello, su respiración cambia y aprieto mi evidente erección sobr

