POV Alexander. El motel era un agujero olvidado en las afueras de la ciudad, con luces neón parpadeando como un corazón enfermo. Aparqué el coche en el estacionamiento desierto, bajo una lluvia fina que empañaba los vidrios. No elegí este lugar por comodidad; lo elegí porque era barato, anónimo, un sitio donde nadie preguntaba ni recordaba. Pagué en efectivo al recepcionista somnoliento, que apenas levantó la vista de su teléfono, y subí las escaleras crujientes hasta la habitación 204. El aire olía a humedad y cigarrillos viejos, como si el pasado de otros hombres se hubiera quedado atrapado en las paredes agrietadas. Me dejé caer en la cama deshecha, con la chaqueta aún puesta. El techo manchado me devolvió la mirada, indiferente. Cerré los ojos, pero el sueño no vino. En su lugar, lle

