POV Belén. El hospital olía a cloro y tristeza. Las paredes blancas, la luz fría, los pasillos interminables con niños conectados a sueros. Yo me quedé en la habitación de Lucía, sentada en una silla dura junto a su cama. La miraba dormir con el suero clavado en su brazo delgado y, aunque me dolía verla tan frágil, mi mente estaba en otra parte. No pensaba en la fiebre ni en los médicos, sino en números. Cien mil dólares en un fin de semana. Lo repetía como una plegaria secreta. Si Alexander era capaz de traer esa cantidad en dos días, entonces todo podía cambiar. Ya no hablábamos de sobrevivir, sino de ascender. Vacaciones en Cancún, ropa de marca, un coche nuevo. No más vergüenza en las reuniones con Marta y Sandra. No más mirar con rabia los bolsos caros que yo no podía comprar. Mi h

