POV Alexander. Esa noche volví tarde. La ciudad estaba vacía. Conducía sin música, con el ruido del motor llenándome la cabeza. Sentía el cuerpo pesado, los músculos tensos, el cuello ardiendo. No quería pensar en lo que acababa de hacer, pero cada semáforo me lo recordaba. El olor a perfume seguía pegado en la camisa, mezclado con el de mi propia rabia. Brenda y yo teníamos un acuerdo, uno que ambos aceptamos sin máscaras ni remordimientos. Lo nuestro no era amor, era escape. A ella le gustaba la adrenalina; a mí, la calma que llegaba después. Nos entendíamos sin palabras: cuando uno buscaba control, el otro ofrecía entrega. Aquella tarde, sin embargo, no estaba de humor. Había discutido con Belén por la mañana, otra vez por dinero, y el veneno de sus palabras todavía me ardía en la cab

