*************************************
************* Alexandre ***************
—Alexandre —contesto al extenderle la mano también y me quedo mirándola por unos segundos a sus ojos hasta que decido reaccionar—. ¡Ah, perdón! —expreso apenado—. Por favor —le digo al acercarme a su lado y retirar la silla para que pueda sentarse.
—Qué galante —responde sensual (al haber terminado de tomar asiento) mientras acomoda su cartera a un lado de la silla para después apoyar sus codos sobre la mesa e inclinarse un poco hacia adelante, lo cual (con o sin intención) logra darme una buena vista de su pronunciado escote (en el cual logro perderme por unos instantes).
«Lindos pechos» —destaco en mi mente— «Muy bonitos»
—Buena vista ¿no es así? —la escucho hablar nuevamente y sus palabras me toman por sorpresa.
«¡Vamos, Alexandre!» —me reclamo en la mente—. «Está bien que tenga unos buenos pechos, pero no es para que te le quedes viendo como un asqueroso pervertido» —detallo en silencio para mí—. «Recuerda que es la primera cita y… que es francesa».
—Perdón, perdón —expreso tratando de recomponer mi postura—. Lo lamento, yo…
—¿Qué? ¿No te parece una agradable vista? —vuelve a cuestionar al tiempo en que los dedos de una de sus manos empiezan a acariciar (con discreción) el dorso de mi mano— ¿No te gusta? —añade al mirarme con picardía.
—Ah… sí —contesto dudoso
—¿Solo “ah… sí”? —cuestiona con una sonrisa maliciosa—. La verdad es que a mí me parece espectacular —añade firme y con orgullo—. No pudiste elegir mejor mesa —añade y aquello me confunde—. La vista es muy hermosa —precisa y ahí me doy cuenta de algo…
«Está jugando» —concluyo en mi mente—. «Está jugando y… eso me agrada»
—Sí, claro… la vista —repito al mirarla de manera depredadora a sus ojos y ella hace lo mismo.
—Alexandre —me nombra seductoramente mientras toma mi corbata y empieza a jugar con ella—. Bonito nombre —completa al tiempo en que relame sus labios de forma provocativa.
—Lo mismo digo… Aimée —susurro su nombre mientras tomo las flores cuando me doy cuenta de que es hora de entregárselas.
************************************
************* Amélie ****************
—¿Y tú eras?
—¡El capitán! —exclama muy, muy emocionado
«Demasiado diría yo»
—Creí que ya te lo había dicho —añade al mirarme fijamente y a mí solo me queda fingir mi más amable sonrisa.
—Sí, sí, claro —sonrío— ¡Cómo es que se me olvida! —exclamo como si estuviera indignada por no recordar que era el capitán de su equipo de béisbol—. Tú… capitán… escuela… universidad… sí… claro —digo la última palabra como si estuviera decepcionada y al dirigir mi mirada a mi taza de café. Creo que mirar esta era mucho más interesante que seguir escuchando al guapo, pero egocéntrico hombre que tenía frente a mí.
—Sí… —suspira—. Soy el mejor —dice con mucha seguridad sin dejar de sonreír.
—Mmm…sí —sonrío falsamente por amabilidad mientras en mi mente sigo repasando la letra de “La mer”.
—Y así de bueno soy en todas las canchas —precisa al mirarme de forma fiera—. Así que… sí tú quieres —baja un poco su tono de voz—… podríamos no seguir perdiendo el tiempo aquí e ir a jugar a otro lado —agrega y…
Debo aclarar que aquello me hubiese parecido una propuesta sumamente atractiva de no ser por el hecho de que todo mi apetito s****l hacia aquel hombre bajó hasta cero al ver lo extremadamente egocentrista que era.
—Oh… vaya —le sonrío—. Interesante propuesta
—¿Verdad? —señala seguro y ganador
—Sí, verdad —sonrío—. Pero me temo que no podré —finjo estar apenada
—¿Por qué? —cuestiona extrañado
—Porque me acabo de acordar que tengo algo importante que hacer —señalo y este se ríe un poco.
—¿Y qué puede ser más importante que pasar una de las mejores noches de tu vida? —pregunta curioso y burlón
—Pueeees —alargo— verás, Tyler —sonrío lo más naturalmente posible al depositar mi taza de café sobre la mesa—. Sí tengo algo más importante que pasar una noche contigo —señalo lo más gentil posible y, simultáneamente, tomo mi cartera, la abro y saco un billete—. Y es que olvidé darle de comer a mi gato —le informo al dejar el billete sobre la mesa—. Así que adiós, que tengas buena noche —finalizo y me levanto de mi lugar.
—Espera, no entiendo nada —menciona y aquello hace detener mi andar.
—¿Qué cosa?
—Tú no tienes gato —detalla—. Dijiste que eras alérgica a ellos —me recuerda.
—Ah… eso… sí, bueno —sonrío—. Pues ahora ya lo tengo —respondo natural y al arquear mis dos cejas como sorprendida—. Tú me entiendes ¿no es así? —es lo último que digo para después guiñarle un ojo y salir del lugar.
«Qué tipo para más egocéntrico» —pienso mientras salgo del lugar un poco más tranquila por haber dejado de escuchar a mi decepcionante cita hablar, hablar y hablar sobre él.
—Cómo alguien puede decir que Nelson Mandela es un cantante —escucho una indignada voz detrás de mí cuando caminaba hacia la puerta para salir de la bella cafetería—. Por favor, madame —habla de pronto a la vez que veo que se ha adelantado a abrir la puerta para mí.
—Gracias —expreso sincera y él solo asiente.
Estoy a punto de irme por completo del lugar cuando…
—Abogado, político, activista —hablo un poco fuerte—. ¿Por qué sería un cantante? —agrego divertida, ya que, casi todo el mundo que supiera de la existencia de Nelson Mandela, sabría que era un activista de la paz con pregrado en derecho.
Al decir ello, me gano la atención del hombre, quien dirige su mirada hacia mí.
—Exacto —dice con una gran sonrisa—. Y, por último, es mejor preguntar si no conocemos de la persona —opina.
—Sí, concuerdo contigo —sonrío—, pero hay maneras de decir las cosas… sin indignarse demasiado —le digo lo más amable posible.
—Sí, lo siento —empieza a negar con la cabeza—. Tiene usted mucha razón —puntualiza y sonríe—. A veces, no sé comportarme.
—Bueno… que tenga buena tarde —me despido y aquel se queda observándome directamente a mis ojos con mucha concentración.
—Buena tarde —respondo y, con ello, decido girarme para regresar a mi departamento. Doy unos cuantos pasos hasta que me doy cuenta de que no tenía mi móvil.
«¡Debí haberlo dejado en la mesa!» —me señalo en silencio cuando me doy la vuelta para regresar a la cafetería. Cuando hago ello, puedo observar al hombre con el que entablé una corta conversación, metros más allá, hablando por celular. Sin embargo, no me entretengo mucho en ello y entro a la cafetería para ir a mi mesa y tomar mi celular.
—Sabía que regresarías —me sorprende Tyler
«¿En serio se ha quedado esperando?» —cuestiono en mi mente.
—En serio, ¿tan seguro estás de que volvería por ti? —pregunto al buscar mi celular en la mesa, pero no estaba.
—Sí. Y creo que lo del celular solo es una excusa —menciona seductor al levantar mi móvil y enseñármelo.
—Pues no —contesto sin gracia al quitarle mi teléfono móvil—. En serio, Tyler, créeme cuando te digo que alimentar a mi gato imaginario es más entretenido que pasar tiempo a tu lado —le preciso y veo cómo este descompone su gesto. Ahora parece estar desconcertado, pero no le hago mucho caso, ya que ahora solo deseaba llegar lo más pronto posible a mi casa.
Salgo del lugar a toda prisa y, cuando hago ello, veo cómo hay un tumulto de personas en el cruce peatonal del camino contrario a mi casa.
“Un hombre, es un hombre” —escucho el murmureo de las personas.
Quise acercarme, pero de nada ayudaría; solo estorbaría. Además, los paramédicos ya se habían hecho presentes.
«Espero que no sea nada grave» —es lo único que pido en mi mente con toda sinceridad y luego, solo me retiro.