Sandra
Estaba en la cocina con mamá, ayudándola a preparar la cena, cuando decidí hablar sobre los planes de la boda. Sofía estaba sentada cerca, hojeando un libro, aunque su mirada parecía más perdida que concentrada.
—Mamá, he estado pensando en los colores para la decoración. Creo que un tono pastel quedaría perfecto, algo elegante pero no demasiado llamativo —dije con entusiasmo, esperando su opinión.
Mamá ni siquiera levantó la vista del cuchillo con el que picaba zanahorias.
—Sandra, ¿de verdad crees que este es el mejor momento para hablar de eso? —respondió con frialdad, su tono cargado de desaprobación.
Fruncí el ceño, desconcertada.
—¿Qué quieres decir? Solo estoy compartiendo mis planes. Es mi boda, mamá.
Ella dejó el cuchillo a un lado y me miró directamente.
—Exacto, tu boda. Siempre pensando en ti misma, como si el mundo girara a tu alrededor. ¿Has pensado, aunque sea un segundo, en Sofía? —soltó, señalando a mi hermana.
Sofía levantó la vista, alarmada, y negó rápidamente con la cabeza.
—Mamá, por favor, no hagas esto —intervino Sofía, pero mamá no le prestó atención.
—¿Qué pasa con Sofía? —pregunté, sintiendo cómo mi pecho se llenaba de indignación—. Sé que está enferma, y siempre hemos hecho todo por ella. Pero esto no tiene nada que ver con mi boda. ¿Por qué no puedo ser feliz, aunque sea por un momento?
Mamá suspiró profundamente, como si estuviera agotada de repetir algo que no lograba entender.
—Porque, Sandra, mientras tú estás aquí soñando con flores y pasteles, Sofía lucha cada día por algo tan básico como respirar. ¿De verdad no te das cuenta de lo egoísta que suenas?
Sus palabras me hirieron como una daga. Miré a Sofía, buscando algún tipo de apoyo, pero ella parecía incómoda, como si quisiera desaparecer de la conversación.
—No estoy siendo egoísta. He esperado este momento durante años. Sofía siempre será importante para mí, pero esto también es importante, mamá —dije, intentando mantener la calma.
—¿De verdad? Porque no lo parece. Quizá deberías dedicarle más tiempo a tu hermana y menos a pensar en ti misma —replicó, cruzándose de brazos.
El nudo en mi garganta creció. Estaba acostumbrada a que mamá priorizara a Sofía, pero que me llamara egoísta por querer vivir mi felicidad era demasiado.
—Mamá, no quiero que peleemos —intervino Sofía en voz baja—. Sandra merece ser feliz. Esto no tiene nada que ver conmigo.
Pero mamá no cedía.
—Siempre defendiendo a tu hermana, Sofía. Eso es lo que más admiro de ti. Pero alguien tiene que decirlo: Sandra necesita aprender a pensar en los demás.
Completamente molesta, salí de mi casa, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. No entendía por qué mamá siempre me trataba como si yo no importara, como si fuera un accesorio que podía ignorar. Después de todo, yo también soy su hija. No soporto sus actitudes ni su favoritismo evidente hacia Sofía.
Siempre he sido considerada la oveja negra de la familia, y supongo que me lo gané cuando decidí no seguir los pasos de papá y dedicarme a algo distinto a la arquitectura. Me rebelé, sí, pero no creo merecer este trato tan absurdo.
Respiré hondo, intentando calmarme mientras me dirigía al departamento de Omar. Él me había pedido que lo esperara allí, ya que llegaría directo después de su vuelo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza al pensar en verlo. Habían pasado años desde la última vez que estuvimos juntos, y la emoción de reencontrarnos me hacía olvidar, aunque fuera por un momento, el drama familiar.
Llegué al departamento y esperé en la sala. Miraba el reloj cada pocos minutos, ansiosa. No tardó mucho en llegar. Cuando lo vi entrar por la puerta, el aire se me escapó del pecho. Omar estaba aún más hermoso de lo que recordaba. Su cabello oscuro y perfectamente peinado, sus ojos color miel brillando a pesar de su expresión seria. Siempre había sido mi mundo, y verlo de nuevo reafirmaba todo lo que sentía por él.
Sin pensarlo, me lancé sobre él para abrazarlo.
—¡Omar! ¡Por fin estás aquí! Te extrañé tanto… —dije, envolviéndolo con mis brazos.
Sin embargo, en lugar de corresponder, él se quedó completamente frío. Su cuerpo rígido me empujó hacia atrás con suavidad pero firmeza, y su expresión se endureció aún más.
—¿Qué ocurre, amor? —pregunté, confundida y preocupada por su actitud.
No me respondió de inmediato. En cambio, sacó unas fotografías de su mochila y me las lanzó al rostro con desprecio.
—Explicame esto —espetó, su voz cargada de rabia contenida.
Miré las fotos mientras el color se drenaba de mi rostro. Eran de mí, completamente desnuda, con un hombre que no reconocía. Mi respiración se cortó cuando pasé a las siguientes: en una estaba besando a alguien más, y en otra, parecía estar en la cama con un tercero.
—¿Qué…? Esto no puede ser… —balbuceé, sintiendo cómo el pánico me invadía.
—¡No te atrevas a negar nada! —gritó Omar, avanzando hacia mí con furia en los ojos—. ¿Así es como me esperaste? ¿Así es como demuestras tu amor?
Negué con la cabeza rápidamente, intentando encontrar palabras para explicarle lo inexplicable.
—Omar, te juro que no sé de dónde salieron estas fotos. Esto no es lo que parece, yo… yo nunca…
—¡Cállate! —me interrumpió, su tono tan frío como una daga—. Me juraste que eras mía, que habías esperado por mí. ¿Y ahora me encuentro con esto?
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, pero él no se conmovió. Su mirada, que siempre había sido cálida conmigo, ahora era pura desconfianza y enojo.
—Omar, por favor… Tienes que creerme. Yo no hice nada de esto, alguien está tratando de separarnos…
Él rió, pero fue una risa amarga, sin rastro de la dulzura que conocía.
—¿Separarnos? Tú sola hiciste eso, Sandra. — Grito Omar
Mi mente estaba nublada de rabia y desesperación. Esas fotografías, esas malditas imágenes, no tenían sentido. Era mi cara, sí, pero yo jamás había estado con otro hombre. No podía entender quién era tan cruel como para hacer algo así, para intentar destruir lo que Omar y yo habíamos construido durante años.
—¡Omar! Esa es mi cara, pero esa no soy yo. Es un montaje. Yo jamás he estado con ningún hombre —le grité, intentando mantenerme firme a pesar del miedo que comenzaba a invadirme.
Él me miró con los ojos llenos de furia y desdén, acercándose peligrosamente hacia mí.
—Entonces demuéstramelo… —dijo con un tono bajo pero amenazante.
Antes de que pudiera reaccionar, sus manos se movieron hacia mi blusa y la rasgó de un tirón, dejando al descubierto mi ropa interior. Solté un grito de sorpresa y retrocedí, tropezando con el borde del sofá y cayendo sobre él.
—¡Omar, suéltame! —grité, empujándolo con todas mis fuerzas.
Pero su fuerza era mucho mayor que la mía. Me sujetó con firmeza, inclinándose sobre mí, su rostro a escasos centímetros del mío.
—Si jamás has estado con nadie, entonces pruébalo. De lo contrario, pensaré que eres una puta que se acuesta con cualquiera —escupió las palabras, llenas de desprecio.
Mi corazón latía con fuerza, no solo por el miedo, sino por la humillación que estaba sintiendo. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras intentaba apartarlo.
—¡Omar, por favor! ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Cómo puedes siquiera pensar eso de mí? ¡Yo te amo! —sollozé, mi voz quebrándose.
Pero él no parecía escucharme. Su rabia lo había consumido, transformándolo en alguien que no reconocía. ¿Dónde estaba el Omar que me había prometido amor eterno? ¿El hombre que siempre decía que yo era su vida?
Me revolví bajo él, luchando con todas mis fuerzas, pero él era implacable. La habitación, que alguna vez había sido un refugio para mí, ahora se sentía como una prisión.
En ese momento, algo cambió en sus ojos. Una chispa de duda, tal vez, o de realización, apareció brevemente. Su agarre se aflojó, y él se apartó bruscamente, poniéndose de pie y llevándose las manos a la cabeza.
—Maldita sea… —murmuró, dando un paso hacia atrás.
Aproveché la oportunidad para cubrirme con lo que quedaba de mi blusa rota, mis lágrimas aún cayendo mientras lo miraba con una mezcla de miedo y dolor.
—¡Lárgate, Sandra! No quiero volver a verte. —Su voz resonó como un golpe seco, lleno de odio y desprecio. Se giró para mirarme una última vez, y sus ojos, que alguna vez fueron mi refugio, ahora eran fríos como el hielo—. Te juro que me pagarás esta humillación, toda tu familia lo pagará. Arruinaré la miserable empresa de tu padre.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escucharlo. Me levanté del sofá con dificultad, cubriéndome como podía con los restos de mi blusa.
—No puedes hacer eso… —sollocé, tratando de mantenerme firme aunque las lágrimas seguían rodando por mis mejillas—. Mi familia no tiene nada que ver con esto.
Él se acercó lentamente, sus pasos resonando con una amenaza implícita. Me miró de arriba abajo, como si yo fuera algo repugnante.
—Es lo que se merece una infiel como tú… —dijo con un tono venenoso. Luego, dejó escapar una risa amarga—. Qué bueno que me di cuenta a tiempo y no te di mi apellido. Tú jamás serás una Stone, jamás.
Sus palabras eran como cuchillos, cada una clavándose más profundo que la anterior. Mi pecho se oprimió, el aire parecía no querer entrar en mis pulmones.
—Omar… —traté de acercarme, desesperada por detener esta locura, pero él levantó una mano, deteniéndome.
—No digas mi nombre —espetó con asco—. No mereces ni pronunciarlo.
Quise gritar, suplicarle que me escuchara, que confiara en mí, pero sabía que era inútil. Omar ya había decidido quién era yo en su mente, y nada de lo que dijera cambiaría eso.
Con un último vistazo de desprecio, giró sobre sus talones y salió del departamento, dejándome sola en el silencio aplastante.
Mi cuerpo temblaba, mi mente era un torbellino de emociones. Las palabras de Omar seguían resonando en mi cabeza, y por primera vez en mi vida, me sentí completamente sola y derrotada.