Capítulo 10:La noticia

1373 Words
Los días siguientes pasaron en un torbellino de emociones. Cada mañana, me despertaba con el peso de la preocupación sobre los hombros, preguntándome cómo haría para pagar la próxima sesión de quimioterapia. Pero Max ya había tomado una decisión, y cuando se trataba de él, discutir era inútil. Intenté oponerme, intenté convencerlo de que podía arreglármelas sola, pero él no me dio opción. En menos de veinticuatro horas, el pago estaba hecho. —Ya está resuelto, Emma —dijo con tranquilidad cuando lo enfrenté en su taller, furiosa por su insistencia. —¡No podías hacer eso sin consultarme! —espeté, sintiendo una mezcla de gratitud y enojo—. No quiero que pienses que te debo algo. Maximiliano dejó el pincel que tenía en la mano y me sostuvo la mirada con seriedad. —No te debo nada. Ni tú a mí. Lo hice porque quise, porque puedo, y porque tu madre lo necesita. Abrí la boca para protestar, pero su expresión me detuvo. No había arrogancia en su rostro, ni ese aire de superioridad que tanto temía. Solo estaba él, sincero, decidido. —¿De verdad crees que podría quedarme de brazos cruzados sabiendo que puedo ayudar? —preguntó en voz baja. Las palabras se me atoraron en la garganta. No respondí. No porque no tuviera algo que decir, sino porque en el fondo, parte de mí quería aceptar su ayuda. —Gracias —murmuré, bajando la mirada. Max exhaló suavemente, como si mi rendición le diera alivio. —Cuando quieras pelear, mejor hazlo por algo en lo que realmente creas —dijo con una sonrisa ladeada. Rodé los ojos y crucé los brazos. —Sigues siendo insoportable. —Y tú sigues sin saber aceptar que alguien se preocupe por ti. No rebatí. Porque, en parte, tenía razón. --- Mi madre recibió la noticia con lágrimas en los ojos. —No sé cómo agradecerte, Maximiliano —susurró, apretando su mano con la suya. Él sonrió con amabilidad. —Solo recupérese, señora. Ella me miró con ternura, y luego volvió a fijar la vista en él. —Es un buen hombre, Emma —dijo con un leve brillo en los ojos. Esa simple frase hizo que mi estómago se encogiera. Porque, por más que lo negara, empezaba a ver en Maximiliano algo que no quería admitir. Algo que me asustaba. Porque si lo aceptaba, significaba que tal vez, solo tal vez, él tenía un lugar en mi vida que no estaba dispuesta a reconocer. Y eso lo complicaba todo. Cuando mi madre se quedó dormida, salimos de la habitación en silencio. La clínica estaba tranquila a esa hora, con luces suaves iluminando los pasillos vacíos. Me detuve frente a Max y lo miré con gratitud. No sabía cómo expresar todo lo que sentía sin que sonara insignificante en comparación con lo que él había hecho por mí. —Gracias, Max —susurré. Él sonrió con suavidad, pero antes de que pudiera responder, di un paso adelante y lo abracé. Al principio, su cuerpo se tensó, como si no esperara el gesto. Pero un segundo después, sentí cómo sus brazos me envolvían con firmeza, sosteniéndome en ese instante de vulnerabilidad. —No tienes que agradecerme —murmuró cerca de mi oído. Pero sí tenía que hacerlo. Porque, aunque me costara admitirlo, me había quitado un peso enorme de encima. Nos separamos lentamente, y cuando alcé la mirada, sus ojos me observaban con una intensidad que me hizo tragar saliva. —Emma… —su tono fue más bajo, casi como si dudara en decir lo siguiente—. ¿Sigues pensando en lo que te dije sobre Franco? Bajé la vista, sintiéndome atrapada. Sí. Claro que seguía pensando en eso. Desde el momento en que Max lo mencionó, esa idea había quedado rondando en mi cabeza, inquietándome. —No quiero que él… —hizo una pausa, buscando las palabras—. No quiero que se aproveche de ti. Fruncí el ceño y lo miré con desconfianza. —Franco no es así. Max apretó la mandíbula, como si la sola idea de mi defensa lo molestara. —¿Estás segura? —preguntó con un deje de amargura. Me crucé de brazos, sintiendo cómo la calidez del momento anterior se disipaba. —No entiendo por qué tienes tanto problema con que seamos amigos. Max pasó una mano por su cabello, exhalando pesadamente. —Porque no quiere ser solo tu amigo, Emma. Mi estómago se encogió. Quise decirle que estaba equivocado, que Franco nunca había cruzado ningún límite. Pero la verdad era que… no estaba tan segura. Últimamente, había notado algo distinto en él. Pequeños gestos, miradas que antes no estaban ahí. Me removí incómoda. —No quiero hablar de esto ahora —murmuré. Max suspiró y asintió, aunque su expresión decía que el tema estaba lejos de cerrarse. —Está bien —cedió—. Pero ten cuidado, ¿sí? No respondí. Simplemente miré hacia otro lado, con la sensación de que lo que él decía, aunque no quería admitirlo, podía ser cierto. Y eso me asustaba más de lo que quería aceptar. Desde que Max me dijo aquello sobre Franco, no podía sacármelo de la cabeza. Me negaba a creer que hubiera algo más detrás de nuestra amistad, pero cada vez que recordaba ciertas miradas o gestos suyos, algo en mi interior se estremecía. al día siguiente por la tarde, después de mi turno en la cafetería, salí por la puerta trasera para evitar la lluvia. No esperaba encontrarme con Franco apoyado contra la pared, con la mirada perdida. —¿Franco? Él levantó la vista y esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Emma. Había algo distinto en él. No era la calidez de siempre, sino una especie de distancia melancólica. Me acerqué un poco, con una extraña inquietud en el pecho. —¿Estás bien? Él soltó una risa seca y se pasó una mano por el cabello. —Sí… bueno, no. No realmente. Fruncí el ceño. —¿Qué pasa? Franco me miró en silencio por un instante, como si estuviera debatiendo si decirme la verdad. Al final, suspiró. —Supe que Maximiliano pagó el tratamiento de tu mamá. Bajé la mirada. Sabía que la noticia se esparciría rápido en un pueblo, pero que viniera de él me hacía sentir expuesta. —Sí… yo no se lo pedí, pero él insistió —dije en voz baja. Franco asintió lentamente, con una expresión que no pude descifrar. —Claro. Siempre tiene que ser el héroe, ¿no? Lo miré con sorpresa. —¿A qué te refieres? Él dejó escapar un suspiro y se cruzó de brazos. —Nada. No importa. Iba a insistir, pero él cambió el tema antes de que pudiera hacerlo. —También me dijo que no quiere verme a solas contigo. Un escalofrío me recorrió la espalda. —Franco… —No te preocupes —me interrumpió con una sonrisa cansada—. Ya sé lo que vas a decir. Que él no puede decidir por ti. Que tú puedes hablar con quien quieras. Me mordí el labio. —Sí… —Pero lo que realmente quiero saber, Emma, es si tú crees que tiene razón. La pregunta me dejó sin aire. Franco me sostuvo la mirada, esperando una respuesta. —No es eso… —empecé, pero él negó con la cabeza. —Emma, yo… —hizo una pausa y desvió la vista por un segundo, como si le costara decirlo—. No sé en qué momento pasó, pero estoy enamorado de ti. Mi corazón se detuvo. Lo miré sin saber qué decir, con un millón de emociones golpeando dentro de mí. —Franco… —No, no tienes que decir nada —dijo rápidamente—. Solo… quería que lo supieras. Me di cuenta de que había un leve temblor en sus manos, y eso me partió el alma. —Yo solo… odio que él te haga pensar que soy una amenaza, cuando lo único que quiero es verte bien —continuó con voz baja—. Pero si necesitas alejarte, lo entenderé. Me dolió escuchar eso. No quería alejarme de él. Pero, por primera vez, no estaba segura de qué sentía realmente. Y eso me aterraba.
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