Capítulo 11: Desilusión.

1456 Words
El día amaneció gris, con una brisa fresca que anunciaba lluvia. Mientras conducía por las calles tranquilas, apenas prestaba atención al camino. Mi mente estaba en otra parte, atrapada en el dilema que había estado evitando enfrentar. La propuesta de matrimonio. Mi padre no me había vuelto a llamar desde aquella noche, pero sabía que lo haría. Era persistente, implacable. Y yo… seguía sin saber cómo contarle a Emma la verdad. Aparqué frente a la clínica con la excusa de visitar a la madre de Emma. Quería verla, asegurarme de que estuviera bien. No era un gesto desinteresado, lo sabía. Quizás era mi forma de estar más cerca de Emma sin admitirlo. Pero justo cuando bajé del auto, la vi salir del edificio. Llevaba una chaqueta liviana y un suéter claro que contrastaba con su cabello oscuro. Caminaba con la cabeza baja, como si estuviera inmersa en sus pensamientos. Me acerqué antes de que pudiera notar mi presencia. —Emma. Ella levantó la vista, sorprendida. —¿Maximiliano? —¿Cómo está tu madre? —pregunté, omitiendo cualquier otro saludo. Emma relajó los hombros y esbozó una sonrisa leve. —Estable, por suerte. La están cuidando bien. Asentí, sintiendo cierto alivio. —Me alegra saberlo. El silencio se instaló entre nosotros por un instante. —¿Necesitas que te lleve a casa? —pregunté finalmente—. Está por llover. Emma vaciló, mirando el cielo encapotado. Luego asintió. —Si no es molestia… Le abrí la puerta del auto y ella subió sin decir más. El trayecto fue tranquilo, con la radio sonando en bajo. Pero mi mente estaba en caos. Tenía que decírselo. Tenía que decirle que mi padre esperaba que me casara con otra mujer. Que le había estado ocultando algo importante. Pero cada vez que intentaba formar las palabras en mi cabeza, algo dentro de mí se resistía. Y justo en ese momento, mi celular sonó. Lo miré de reojo. Sabía quién era antes de siquiera ver la pantalla. —¿No vas a contestar? —preguntó Emma. Apreté la mandíbula y tomé el teléfono. —Dame un segundo. Deslicé para aceptar la llamada y, antes de que pudiera decir algo, la voz imponente de mi padre llenó el auto. —Maximiliano, ¿sigues jugando a la vida de artista o ya se te pasó la niñería? Exhalé con paciencia. —Papá, ahora no puedo hablar. —Claro que puedes. No voy a repetirlo: Clara y su familia esperan una respuesta. Es hora de que te comportes como un hombre. Sentí la mirada de Emma sobre mí. Mi agarre en el volante se tensó. —No ahora —repetí con voz áspera. —Si sigues retrasándolo, lo haré yo. No quiero excusas, Maximiliano. Mañana mismo llamaré a los Moreau. La llamada se cortó antes de que pudiera responder. Respiré hondo y guardé el teléfono, sintiendo la tensión en el aire. —¿Todo bien? —preguntó Emma en voz baja. No la miré. No podía. —Sí —mentí. Ella no insistió. Pero el peso de mi silencio se hizo insoportable. Y en ese momento supe que el problema no era solo que no sabía cómo contarle la verdad. Era que, en el fondo, tenía miedo de cómo reaccionaría cuando lo hiciera. Emma El auto se detuvo frente a mi casa, pero no hice el mínimo intento de bajar. Algo en la expresión de Maximiliano me hizo quedarme quieta, esperando. —Emma… —su voz sonó extrañamente tensa. Giré el rostro hacia él. —¿Qué pasa? Parecía dudar. Sus dedos tamborileaban contra el volante, su mandíbula estaba rígida. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba guardándose algo. —Hay algo que necesito decirte —murmuró, sin mirarme. Mi pecho se apretó. —Dilo. Max pasó una mano por su cabello, exhaló con frustración y, finalmente, me miró. —Mi padre… espera que me case con alguien. No entendí de inmediato lo que decía. —¿Qué? —No es algo que yo quiera —aclaró apresuradamente—. Es un matrimonio arreglado, por negocios. Él quiere que me case con una mujer llamada Clara Moreau. Mi estómago se hundió. —¿Y… desde cuándo lo sabes? Su silencio me respondió antes de que él pudiera hacerlo. Mis dedos se crisparon sobre mis rodillas. —¿Desde hace cuánto tiempo lo sabes, Maximiliano? —Mi voz se volvió más firme, con un filo de incredulidad. —Desde que llegué a Tres Culturas —admitió en voz baja. Lo miré, sintiendo que algo dentro de mí se rompía. —¿Y me lo ocultaste todo este tiempo? —Emma, no quería— —¡No querías qué! —espeté, sintiendo mi rostro arder—. ¿No querías arruinar tu jueguito? ¿No querías que supiera que, mientras estabas aquí jugando a ser artista, tu padre ya tenía planeado un futuro para ti? Maximiliano apretó los labios y golpeó el volante con ambas manos. —¡No es así! ¡No es un juego para mí, Emma! —¿Ah, no? —reí con amargura—. ¿Y qué es entonces? —Es complicado —dijo, casi suplicante. Negué con la cabeza, sintiendo que la rabia me envolvía por completo. —No, Maximiliano. Lo complicado es que me lo ocultaste. Que yo… —Las palabras se atoraron en mi garganta. No quería decirlo en voz alta. Que yo había comenzado a sentir algo por él. —Emma, no significa nada —su voz era urgente—. No voy a casarme con ella. —¿Ah, no? —ladeé la cabeza—. Porque, por lo que escuché en esa llamada, tu padre no te está dando muchas opciones. Maximiliano apretó los puños. —Voy a encontrar una salida. Solté una risa incrédula. —Claro. Como si fuera tan fácil, ¿no? Mi corazón latía con fuerza, el enojo y la decepción mezclándose en mi pecho. Me sentí tonta, ingenua por siquiera haber creído que algo entre nosotros podía ser real. Abrí la puerta del auto de golpe. —Emma, espera— —No —lo interrumpí, saliendo—. No quiero escucharte más. Él también bajó del auto, rodeándolo rápidamente para alcanzarme. —Emma, por favor— Me giré bruscamente, haciéndolo detenerse. —No quiero estar en medio de esto, Maximiliano. No quiero ser un problema en tu vida. —¡No eres un problema! —exclamó, su expresión desesperada—. ¡Eres lo único que me importa! Las lágrimas quemaban mis ojos, pero me negué a dejarlas salir. —Pues a mí ya no me importa lo que hagas —mentí—. No quiero saber más de ti. Me di la vuelta y caminé hasta mi puerta, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Pero no me detuve. No podía. Apenas crucé la puerta de mi casa, las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer sin control. —Estúpida… —murmuré para mí misma, pasándome las manos por el rostro con frustración. ¿Cómo pude ser tan ingenua? ¿Cómo pude dejarme llevar por él, por sus palabras, por sus malditas miradas que me hacían sentir especial? Golpeé la puerta con la palma abierta, sintiendo un nudo en la garganta. Pero el sonido de pasos apresurados afuera me hizo girarme justo cuando alguien golpeó la puerta con fuerza. —Emma, por favor, ábreme. La voz de Maximiliano sonaba desesperada, pero no me moví. —Emma, no voy a irme hasta que hablemos —insistió, golpeando de nuevo. Apreté los ojos con fuerza. —No hay nada más que hablar, Maximiliano —logré decir, pero mi voz tembló. —Sí, sí lo hay —su tono fue más urgente—. No puedes simplemente cerrarme la puerta en la cara y fingir que no te importa. Me giré hacia la puerta, apretando los puños. —¡Es que no me importa! —grité, aunque sonaba más para convencerme a mí misma que a él. —Mentira —susurró del otro lado—. No me mires a los ojos y dime que no te importa. Cerré los ojos con rabia. Él sabía que no podía hacerlo. —Vete, Maximiliano. —Mi voz era un hilo. Un silencio denso se formó entre nosotros. Pensé que finalmente se rendiría. Pero luego escuché el sonido de su espalda apoyándose contra la puerta. —No me voy a ir, Emma. —Haz lo que quieras —respondí con dureza, pero mi corazón latía con fuerza. Me deslicé por la puerta hasta quedar sentada en el suelo, abrazándome las piernas. Podía escucharlo respirar al otro lado. Ambos, atrapados en un silencio lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir.
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