Emma caminó hasta el café con el peso del mundo sobre los hombros. La brisa fresca de la tarde no lograba disipar la opresión en su pecho. Empujó la puerta de vidrio y un suave tintineo anunció su llegada. Sus ojos buscaron a Camila, que ya la esperaba en una mesa junto a la ventana.
—¡Emma! —exclamó su amiga al verla—. Ven, siéntate.
Emma obedeció en silencio y dejó escapar un suspiro mientras se frotaba las sienes.
—¿Qué pasa? Te ves agotada —preguntó Camila, dejando su taza de café sobre el platillo.
Emma tragó saliva y bajó la mirada. Sabía que tenía que decirlo en voz alta, aunque el solo pensamiento le oprimía la garganta.
—No puedo pagar las quimioterapias —susurró, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como si el tiempo se detuviera un instante.
Camila abrió los ojos con preocupación.
—Emma… ¿pero cómo? Pensé que…
—Pensé que podría manejarlo, pero no es suficiente. Los ahorros se están agotando y… —su voz tembló—. No sé qué voy a hacer.
Camila tomó su mano con fuerza.
—Vamos a encontrar una solución. No estás sola en esto.
Emma quiso responder, pero la emoción le cerró la garganta. La calidez en los ojos de su amiga era un recordatorio de que, aunque el miedo la consumiera, aún quedaba esperanza.
Emma apenas podía sostener la mirada de Camila cuando la puerta del café se abrió de golpe. Un hombre alto, de hombros anchos y mirada afilada, entró con paso firme. Era Leo, el hijo del dueño, y su sola presencia hizo que la tensión en el aire se volviera insoportable.
Se acercó a la mesa sin ser invitado y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Vaya, vaya… Aquí estás —dijo con una sonrisa torcida—. ¿Se puede saber por qué faltaste al trabajo hoy?
Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era la primera vez que Leo la intimidaba, y sabía que cualquier respuesta solo lo incitaría a seguir.
—Tuve un problema personal —respondió con voz tensa, sin mirarlo directamente.
Leo soltó una risa seca.
—¿Un problema personal? Qué conveniente —inclinó la cabeza, observándola como un depredador que analiza a su presa—. No me interesa tu vida fuera del café. Si vuelves a faltar sin aviso, considérate despedida.
Camila frunció el ceño y entrecerró los puños sobre la mesa.
—¿Es en serio? Emma apenas…
—No me interesa lo que tenga que decir tu amiguita —interrumpió Leo, girando hacia Camila con desdén—. Ella trabaja para mi familia, no al revés.
Emma sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a mantener la compostura.
—Lo entiendo —murmuró, conteniendo la rabia.
Leo esbozó una sonrisa satisfecha.
—Eso pensé. Más te vale que no me hagas perder el tiempo otra vez.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió del café con la misma arrogancia con la que había entrado.
Emma cerró los ojos un instante y exhaló lentamente.
—No entiendo cómo aguantas esto —susurró Camila, con rabia en la voz.
Emma apretó los labios. No podía permitirse perder ese trabajo. No ahora.
—Si me hubieras avisado antes, tal vez habría sido más comprensivo —dijo él, arrastrando las palabras con falsa amabilidad—. Pero dime, ¿qué problema tan grave tenías?
Emma cerró los ojos un segundo y tragó saliva. Sabía que si no le daba una respuesta, Leo encontraría la manera de hacerle la vida imposible en el café.
—Es mi madre —susurró finalmente—. Está enferma y… no puedo pagar sus quimioterapias.
Por un instante, creyó ver un destello de sorpresa en los ojos de Leo, pero desapareció tan rápido que dudó si había sido real. Luego, él ladeó la cabeza y una sonrisa perversa se dibujó en sus labios.
—Vaya, qué tragedia —murmuró, apoyando las manos sobre el respaldo de la silla de Emma y acercándose peligrosamente—. Pero todo problema tiene solución, ¿no crees?
Emma sintió su respiración tan cerca que tuvo que contener el impulso de apartarse de golpe.
—¿De qué hablas? —preguntó con recelo.
Leo chasqueó la lengua y se inclinó un poco más.
—Digamos que… podría ayudarte con el dinero —dijo con voz sedosa—. Pagar las quimioterapias, cubrir todos los gastos. Tú solo tendrías que… darme algo a cambio.
El estómago de Emma se revolvió. No necesitaba que lo dijera en voz alta para entender sus intenciones. Se irguió de golpe, apartándose de él con repulsión.
—¿Estás insinuando que…?
—No insinúo, te lo estoy ofreciendo —respondió Leo sin inmutarse—. Dinero a cambio de pasar un rato agradable conmigo. No lo pienses demasiado, Emma. Es un trato justo, ¿no?
Camila se puso de pie tan rápido que la silla rechinó contra el suelo.
—Eres un asqueroso —espetó, fulminándolo con la mirada—.
Leo la ignoró por completo y mantuvo los ojos fijos en Emma, disfrutando su incomodidad.
—Piénsalo —susurró, enderezándose con una sonrisa cínica—. No tienes muchas opciones.
Y con esa última frase, giró sobre sus talones y salió del café como si nada hubiera pasado.
Emma sintió que el aire le faltaba. Su cuerpo temblaba de rabia y humillación.
—No tienes que soportar esto —murmuró Camila, sujetando su mano con fuerza—. No estás sola.
Pero Emma apenas podía escucharla. Su mente estaba atrapada en un torbellino de emociones, y solo una idea resonaba con fuerza en su cabeza: tenía que encontrar una salida… antes de que fuera demasiado tarde.
Emma sintió que todo a su alrededor se volvía irreal. La voz de Camila sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua. El asco y la impotencia se mezclaban en su pecho, formando un nudo que apenas le permitía respirar.
—Emma… —insistió Camila, dándole un suave apretón en la mano—. Dime que no vas a aceptar.
Emma parpadeó, tratando de aclarar su mente.
—Por supuesto que no —susurró, aunque en el fondo sentía miedo. Leo no era el tipo de hombre que aceptaba un "no" sin más.
—Entonces hay que hacer algo —dijo Camila, con el ceño fruncido—. Denunciarlo, hablar con su padre, lo que sea.
Emma soltó una risa amarga.
—¿Y quién nos va a creer? Es el hijo del dueño. Si digo algo, lo más probable es que me quede sin trabajo antes de que él siquiera reciba una advertencia.
Camila apretó los labios, frustrada.
—Pero, Emma…
—Voy a manejarlo —la interrumpió ella, levantándose de la mesa—. No voy a dejar que él me arrincone.
Camila la miró con preocupación, pero asintió.
—Lo que sea que decidas, estoy contigo.
Emma le dedicó una pequeña sonrisa antes de tomar su bolso y salir del café. Necesitaba aire. Necesitaba pensar.