Capítulo 7:La enfermedad de la madre

1002 Words
Emma llegó a la cafetería aún con la cabeza llena de pensamientos. Apenas cruzó la puerta, el aroma a café recién hecho la envolvió, dándole un poco de calma. Buscó con la mirada y vio a su amiga Camila detrás del mostrador, organizando unas tazas. Camila alzó la vista y frunció el ceño al ver la expresión nerviosa de Emma. —¿Qué pasa? Pareces alterada. Emma dudó por un segundo, pero suspiró y se acercó a ella. —No sé ni por dónde empezar… Camila dejó lo que estaba haciendo y cruzó los brazos, mirándola con curiosidad. —Empieza por el principio. Emma respiró hondo y comenzó a contarle lo que había sucedido esa mañana. Habló de Franco, de su confesión inesperada y de cómo casi la besa… hasta que Max apareció. A medida que hablaba, la expresión de Camila cambió. Al principio, su mirada reflejaba sorpresa, pero poco a poco fue apagándose, hasta que apartó la vista. —Oh… —murmuró, con la voz apagada. Emma sintió un nudo en el estómago. —Camila… yo no sabía que él me veía de esa forma. No quería lastimarte. Camila forzó una sonrisa y negó con la cabeza. —No es tu culpa. Pero Emma conocía a su amiga, y esa respuesta no la convenció. —Camila, tú… ¿tú sientes algo por Franco, verdad? No solo te gusta ¿estás enamorada? Camila apretó los labios y asintió lentamente. —Sí. Desde hace mucho. Pero nunca me atreví a decírselo… y ahora veo que todo este tiempo él solo ha estado interesado en ti. Emma sintió una punzada de culpa. —Yo no quiero lastimarte. Franco es mi amigo, siempre lo vi así. Camila suspiró, tratando de reponerse. —Lo sé, Emma. No tienes la culpa de lo que él siente. Solo… necesito un momento. Emma asintió con tristeza, sintiendo que algo en su amistad acababa de cambiar. Emma no sabía qué decir. Miró a su amiga con preocupación, pero Camila evitaba su mirada mientras fingía ocuparse en limpiar el mostrador. El ambiente entre ellas, que siempre había sido ligero y natural, ahora se sentía tenso. —Camila… —comenzó Emma, pero su amiga la interrumpió con una sonrisa forzada. —No pasa nada, en serio. Hablemos de otra cosa. Emma sintió una punzada en el pecho. Sabía que Camila estaba dolida, aunque intentara disimularlo. Pero forzar la conversación solo empeoraría las cosas. Emma salió de sus pensamientos de golpe cuando escuchó que la llamaban. Era su vecina con la voz temblorosa. —Emma, tu mamá… —hizo una pausa, como si le costara decirlo—. Se puso muy mal, la ambulancia vino y se la llevó a la clínica. El corazón de Emma se detuvo por un instante antes de comenzar a latir con fuerza. Sintió un nudo en el estómago y sin pensarlo dos veces, corrió hacia su casa. Al llegar, encontró a su hermanito sentado en el sofá, abrazando su peluche con fuerza. Sus ojitos estaban llenos de miedo y confusión. —Emma… ¿mamá va a estar bien? —preguntó con voz temblorosa. Emma se agachó a su altura y tomó sus manitas con suavidad, intentando calmarlo a pesar del torbellino de emociones que sentía. —Sí, cariño. Mamá es fuerte, todo va a estar bien. —le aseguró, acariciando su cabello con ternura. Se volvió hacia la vecina, quien esperaba en la puerta con gesto comprensivo. —¿Podría quedarse con él mientras voy a la clínica? —pidió Emma con urgencia. —Por supuesto, no te preocupes. Ve y acompaña a tu mamá. Yo me haré cargo. Emma agradeció con una leve inclinación de cabeza antes de besar la frente de su hermanito. —Vuelvo pronto, quédate tranquilo, ¿sí? El niño asintió, aunque aún parecía asustado. Emma le dedicó una última mirada antes de salir corriendo hacia la clínica, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. No podía perder a su madre. No ahora. No nunca. Emma esperó en la sala de la clínica con el corazón encogido y las manos frías. Cada segundo que pasaba sentía que su mundo se derrumbaba un poco más. Finalmente, vio a un doctor acercarse con expresión seria. —Señorita Emma, ¿puede acompañarme? —dijo con voz calma, pero profesional. Ella asintió rápidamente y lo siguió hasta un pasillo más privado. Su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas. —¿Cómo está mi mamá? —preguntó con urgencia. El doctor suspiró y la miró con empatía. —Hemos hecho los análisis y, lamentablemente, el cáncer ha avanzado. Necesitamos iniciar las quimioterapias cuanto antes, pero el tratamiento es costoso y prolongado. Emma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su mente se nubló por un momento, pero se obligó a mantenerse firme. —¿Cuánto costará? —preguntó, aunque temía la respuesta. El médico mencionó una cifra que le pareció inalcanzable. Emma sintió un nudo en la garganta, pero se negó a dejarse vencer. —No tengo ese dinero… pero lo conseguiré. Como sea. —afirmó con determinación, sin importarle cómo haría para lograrlo. El doctor asintió con comprensión. —Podemos comenzar con algunos procedimientos iniciales mientras organiza los recursos. No deje pasar mucho tiempo. Emma salió de la oficina sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros. No podía rendirse. Su mamá la necesitaba, y haría lo que fuera necesario para salvarla. Caminó por el pasillo hasta llegar a la habitación donde su madre descansaba. La vio conectada a suero, con el rostro pálido, pero aún así sonriéndole con ternura. —Mamá… —susurró, acercándose a tomar su mano. —Todo estará bien, mi amor. No te preocupes. Emma apretó los labios para contener las lágrimas. —Voy a conseguir el dinero, te lo prometo. Su madre acarició su mejilla con dulzura. —No quiero que te desgastes… Pero Emma ya había tomado una decisión. Haría lo que fuera necesario para salvarla, aunque tuviera que arriesgarlo todo. Cueste lo que cueste.
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