Emma tomó aire antes de acercarse a Maximiliano con su café. Sus manos temblaban ligeramente, aún nerviosa por lo que había pasado con Leo. No quería más problemas, y mucho menos perder su trabajo.
—Aquí tienes —dijo, colocando la taza sobre la mesa con suavidad.
Maximiliano la observó con una sonrisa tranquila, como si la tensión anterior no hubiese ocurrido.
—Gracias, Emma. —Tomó la taza entre sus manos y la miró fijamente—. ¿Te encuentras bien?
Emma asintió rápidamente, aunque la verdad era que su corazón aún latía con fuerza.
—Sí, solo que… no me gusta el drama —murmuró, evitando su mirada.
Max dejó la taza a un lado y apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Entonces hagamos algo para alejarnos un poco de todo esto —dijo con un tono ligero—. Sal conmigo esta noche.
Emma parpadeó sorprendida.
—¿Qué?
—Ven conmigo —repitió, con esa misma calma que la ponía nerviosa—. Un paseo, una cena, lo que quieras.
Emma sintió un nudo en el estómago. Salir con un cliente, con alguien que apenas conocía… no era lo que tenía en mente. Y después del problema con Leo, no quería más problemas.
—No sé si sea buena idea… —murmuró, mordiendo su labio inferior.
Maximiliano sonrió, como si estuviera esperando esa respuesta.
—No te estoy pidiendo que nos casemos, solo que pasemos un buen rato. Prometo no darte problemas.
Emma miró a su alrededor, sintiéndose atrapada. Camila le guiñó un ojo desde la barra, claramente entretenida con la escena.
—Vamos, Emma. ¿Qué es lo peor que puede pasar? —insistió él con una sonrisa divertida.
Ella suspiró, sintiendo que su resistencia se debilitaba. Quizás un rato fuera de la rutina no sería tan malo.
—Está bien… pero solo un rato —aceptó finalmente.
Maximiliano sonrió con satisfacción.
—Perfecto. Te esperaré afuera cuando termines tu turno.
Emma sintió un cosquilleo en el pecho, una mezcla de emoción y nervios. No estaba segura de qué estaba haciendo, pero algo en Maximiliano la intrigaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando Emma terminó su turno, se dirigió al vestidor del café para cambiarse. Su corazón latía acelerado mientras se miraba en el espejo. ¿Qué estaba haciendo? No solía aceptar invitaciones de desconocidos, pero había algo en Maximiliano que la hacía sentir… diferente.
—¡Vas a una cita! —canturreó Camila, apareciendo detrás de ella con una sonrisa pícara.
—No es una cita —replicó Emma rápidamente, arreglando su cabello.
—Ajá, claro. Solo vas a salir con un hombre guapísimo que no deja de mirarte como si fueras una obra de arte.
Emma rodó los ojos, pero no pudo evitar sonrojarse.
—Es solo un paseo —murmuró.
—Sí, claro. Bueno, diviértete —dijo Camila con un guiño—. Y si necesitas un rescate, mándame un mensaje con una palabra clave… como “taza rota”.
Emma rió, relajándose un poco.
—Está bien, taza rota.
Salió del café y encontró a Maximiliano esperándola afuera, apoyado en su auto con una expresión relajada. Vestía un abrigo oscuro que resaltaba su porte elegante, y su cabello estaba algo revuelto por el viento. A sus pies, su perro movía la cola con entusiasmo.
—Listo, cumpliste tu promesa —dijo él con una sonrisa—. Ahora, ¿a dónde quieres ir?
Emma dudó un momento. No estaba acostumbrada a salir con alguien así.
—No sé… no salgo mucho —admitió.
—Perfecto —respondió él—. Entonces yo elijo.
Le abrió la puerta del auto y Emma, después de un instante de duda, subió. Mientras conducía, Maximiliano la miró de reojo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende de la pregunta —respondió ella con una leve sonrisa.
—Ese tal Leo… ¿te ha causado problemas antes?
Emma sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—No quiero hablar de eso —murmuró, mirando por la ventana.
Maximiliano asintió lentamente.
—Está bien. Pero si alguna vez necesitas ayuda… dímelo.
Emma lo miró sorprendida. No esperaba esa respuesta.
El auto avanzó en la noche, alejándose del café y de los problemas que la atormentaban. Por primera vez en mucho tiempo, Emma sintió que tal vez merecía un respiro. Tal vez, solo por esta noche, podía permitirse disfrutar.
Maximiliano condujo hasta las afueras del pueblo, donde el cielo se desplegaba en un manto de estrellas sin la interferencia de las luces de la ciudad. Detuvo el auto en un pequeño claro, cerca de una colina, y bajó con su perro, quien corrió feliz por el campo abierto.
Emma se quedó unos segundos en el auto, contemplando el cielo despejado. Era una vista impresionante, mucho más hermosa de lo que recordaba. Con un suspiro, salió y sintió la brisa fresca acariciar su piel.
—No sabía que aquí se podían ver las estrellas tan bien —murmuró, abrazándose a sí misma.
—Por eso me gusta este lugar —dijo Max, metiendo las manos en los bolsillos—. La naturaleza siempre ha sido mi escape. Cuando todo se complica, solo tengo que mirar el cielo y recordar lo pequeño que soy en comparación con el universo.
Emma lo observó de reojo. Había algo melancólico en su voz, algo que le hacía preguntarse qué clase de vida llevaba realmente.
—Suena como alguien que busca respuestas —comentó ella.
Max sonrió levemente.
—O que huye de ellas.
Hubo un momento de silencio entre ellos, roto solo por el sonido del viento y el aullido lejano de un perro. Emma se dejó caer sobre la hierba, sintiendo la frescura del suelo.
—Ven, siéntate —le dijo, palmeando el lugar a su lado.
Maximiliano dudó por un segundo, pero luego se acostó a su lado, con las manos detrás de la cabeza.
—Nunca me imaginé que terminaría mi noche así —comentó Emma con una pequeña sonrisa.
—¿Mejor o peor de lo que esperabas? —preguntó él, girando el rostro hacia ella.
—Diferente —admitió ella—. Pero en el buen sentido.
Max la observó fijamente. Había algo en su sonrisa, en la forma en que la brisa jugaba con su cabello, que lo hacía querer conocerla más.
—¿Alguna vez pensaste en dejar todo atrás e irte a otro lugar? —preguntó él de repente.
Emma suspiró.
—A veces. Pero mi madre me necesita, y tengo que trabajar para pagar la universidad… aunque sigo postergándola.
—¿Qué te gustaría estudiar?
—Enfermería —respondió sin dudar—. Quiero ayudar a la gente… cuidar a los demás como lo hago con mi madre.
Maximiliano sonrió, como si su respuesta lo hubiera impresionado.
—Eso dice mucho sobre ti.
Emma lo miró con curiosidad.
—¿Y tú? Dijiste que te gustaba la naturaleza, pero… ¿qué es lo que realmente quieres hacer?
Él desvió la mirada al cielo.
—Quiero pintar —confesó—. Mi padre dirige una gran empresa, pero yo solo quiero capturar el mundo en un lienzo.
Emma no pudo evitar sonreír.
—Entonces tenemos algo en común. Ambos estamos atrapados entre lo que queremos y lo que debemos hacer.
Maximiliano soltó una risa suave.
—Tal vez por eso terminamos aquí esta noche.
Se quedaron en silencio, mirando el cielo estrellado, como si en ese momento el universo les diera una tregua de sus propias batallas.