Capítulo 4:Dos galanes

1133 Words
Leo frunció el ceño al ver a Maximiliano de pie en la entrada del café. Su expresión se ensombreció de inmediato y, con una mueca burlona, se giró hacia Emma. —¿Y este quién es? —preguntó con tono desafiante. Emma sintió una punzada de ansiedad. No quería que la situación se saliera de control. —Solo un cliente, Leo —respondió rápidamente, intentando calmar el ambiente—. No hagas esto. Pero Leo no le hizo caso. Se irguió con arrogancia y cruzó los brazos mientras miraba a Maximiliano de arriba abajo. —No pareces de por aquí —dijo con desdén—. ¿Qué quieres? Maximiliano, en lugar de responder con la misma hostilidad, mantuvo la compostura. Se acercó con paso tranquilo y dejó caer unas monedas sobre la barra. —Un café —respondió con voz serena—. Y que dejes de molestar a Emma. Leo apretó la mandíbula. —¿Molestar? —rió, aunque sus ojos reflejaban furia—. Yo trabajo aquí. De hecho, mi padre es el dueño de este lugar. Así que más bien eres tú quien está de más. Emma sintió su estómago contraerse. —Por favor, Leo… —suplicó con voz temblorosa—. No quiero problemas. Leo se giró hacia ella, con una sonrisa cínica. —No te preocupes, preciosa. No habrá problemas… siempre que él sepa cuál es su lugar. Maximiliano lo miró fijamente. Había lidiado con hombres como Leo antes: arrogantes, acostumbrados a imponer su voluntad a los demás. Pero él no tenía intención de caer en su juego. —Mi lugar es donde yo decida estar —dijo con calma—. Y ahora mismo, quiero tomar mi café y disfrutar de la noche. No veo razón para discutir. Leo soltó una risa seca y se acercó, desafiante. —¿Y qué pasa si yo sí veo una razón? Maximiliano no se inmutó. —Entonces el problema lo tienes tú, no yo. La tensión en el aire era palpable. Emma sintió un nudo en la garganta. Si la situación escalaba, ella sería la más afectada. —¡Basta! —exclamó, interponiéndose entre los dos—. No quiero problemas aquí. Leo, por favor, deja esto. No quiero perder mi trabajo. Leo la miró por un largo momento, su expresión endurecida. Luego, suspiró con fastidio y dio un paso atrás. —Está bien, está bien —dijo con fingida indiferencia—. No quiero que te quedes sin empleo… por ahora. Le lanzó una última mirada a Maximiliano antes de girarse y salir del café. Emma dejó escapar un suspiro de alivio, pero su cuerpo aún estaba tenso. —Lo siento —murmuró, evitando la mirada de Maximiliano—. No quería que esto pasara. Maximiliano la observó con atención. —No tienes que disculparte. No es tu culpa. Emma sintió un nudo en la garganta. Sabía que Leo no dejaría esto así. Pero por ahora, solo quería terminar la noche sin más conflictos. —Voy a prepararte tu café —dijo con voz suave. Maximiliano asintió y tomó asiento en la barra, mirándola con interés. No sabía exactamente qué lo había traído de vuelta aquí, pero estaba seguro de algo: no iba a alejarse tan fácilmente. Emma intentó concentrarse en preparar el café, pero la voz de Camila la distrajo de inmediato. Su amiga se acercó al mostrador con una sonrisa pícara, claramente disfrutando de la situación. —Vaya, Emma, parece que tienes a dos galanes peleando por ti —bromeó Camila, mirando de reojo a Maximiliano que seguía sentado, observando la escena con calma. Emma se ruborizó ligeramente, sintiéndose incómoda, aunque intentó no mostrarlo. —No es para tanto, Camila —respondió mientras vertía el café en la taza, tratando de mantener la conversación ligera—. Sólo un malentendido. Camila soltó una risa juguetona y se apoyó en la barra, mirando a Emma con una expresión traviesa. —¿Un malentendido? ¿Estás segura? Ese tipo parecía bastante interesado —dijo, señalando a Maximiliano con un movimiento sutil de cabeza. Emma suspiró, sabiendo que su amiga no dejaría pasar la oportunidad de hacerle comentarios al respecto. —Camila, por favor —murmuró mientras entregaba la taza a Maximiliano—. No tengo tiempo para juegos. Pero Camila no parecía querer dejar el tema. Aprovechó la oportunidad para hablar de sus propios sentimientos. —Yo sí tengo tiempo para juegos —dijo, cruzando los brazos y sonriendo con complicidad—. Y hablando de eso… ¿qué hay con Franco? Sabes que estoy enamorada de él, pero no tengo idea de cómo acercarme. Necesito tu ayuda. Emma la miró sorprendida por un momento antes de reír nerviosamente. —¿Franco? ¡No sé! No es tan fácil como lo pintas, Camila. —Se pasó una mano por el cabello—. ¿Por qué no le hablas directamente? Camila hizo un gesto con las manos, desestimando la idea. —¡Ay, no! Es mucho más complicado que eso. Yo soy un desastre con los chicos. ¡Necesito que me ayudes a que se fije en mí! Tú eres buena con los hombres, ¿qué te cuesta ayudarme un poco? —insistió, con un tono casi suplicante. Emma se mordió el labio, mirando a Camila. Sabía que su amiga no era buena para lanzarse al ruedo, pero también entendía lo importante que era para ella. —Está bien, pero no me pidas que haga magia —dijo con una sonrisa nerviosa, aceptando la petición. Camila la miró con los ojos brillando de emoción. —¡Eres lo mejor, Emma! ¡Te lo debo! —exclamó, antes de cambiar de tema y mirar nuevamente a Maximiliano, quien observaba en silencio la interacción entre las dos. —¿Y ese tipo? ¿Qué pasa con él? —preguntó, guiñándole un ojo. Emma se sintió incómoda nuevamente, pero intentó mantener la calma. —Nada, Camila. Es sólo un cliente. Nada que ver —respondió rápidamente, antes de girarse para seguir sirviendo otro pedido. Camila no insistió más en ese tema, aunque su curiosidad era evidente. Sabía que su amiga prefería no hablar de esos temas, pero tampoco iba a dejarlo pasar sin hacer algún comentario. —En fin, haré lo que sea para conquistar a Franco. Pero no olvides que te debo una, ¡y tú también tienes tu propio galán aquí! —dijo Camila, riendo, antes de irse a la mesa a esperar a sus amigos. Emma no pudo evitar sonrojarse levemente, pero sabía que había más en esa interacción de lo que estaba dispuesta a admitir. Mientras tanto, Maximiliano la observaba en silencio, su presencia casi palpable en el aire. Ella se centró en seguir trabajando, pero la inquietud que le producía su atención persistía en su mente.
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