Maximiliano de la Cruz conducía por la carretera rumbo a Tres Culturas, un pueblo lejano y apartado del bullicio de la ciudad. El viaje había sido largo, pero no le importaba; lo que realmente lo atormentaba era la discusión que había tenido con su padre antes de partir.
Su padre, un poderoso empresario dueño de la naviera más importante de Argentina, lo había criado con la idea de que, algún día, tomaría las riendas del negocio familiar. La empresa transportaba mercancía al extranjero y era sinónimo de éxito y prestigio. Sin embargo, Maximiliano nunca había compartido esa visión. Su pasión no estaba en los números ni en las rutas comerciales, sino en el arte.
—Si no sigues mis pasos, te desheredaré —le había advertido su padre con frialdad.
Pero Maximiliano no se dejó intimidar. Sabía que el dinero y el poder no le traerían la felicidad que tanto anhelaba. Su sueño era ser pintor, aunque eso significara renunciar a la vida acomodada que había conocido.
Cuando finalmente llegó a Tres Culturas, estacionó frente a un pequeño departamento que había alquilado. No era lujoso ni espacioso, pero tenía lo esencial: un espacio donde podía pintar sin que nadie lo juzgara. Bajó del auto y, tras abrir la puerta, su perro, un leal pastor belga llamado Braco, saltó emocionado al interior del lugar.
—Parece que te gusta, ¿eh? —comentó Maximiliano, dejando caer su mochila sobre una silla.
Se instaló rápidamente y, sin perder tiempo, preparó su caballete, pinceles y óleos. Necesitaba pintar. Había algo en su mente que no lo dejaba en paz. O, mejor dicho, alguien.
Emma.
La mesera del café.
Desde el momento en que la vio, su imagen se había quedado grabada en su memoria. Su cabello lacio cayendo hasta la cintura, sus ojos cafés llenos de dulzura y determinación, la forma en que sonreía con nostalgia… Todo en ella lo intrigaba.
—No puedo sacarla de mi cabeza, Braco —confesó, mientras los primeros trazos de la pintura comenzaban a dar forma a su rostro—. Hay algo en ella… algo especial.
Braco ladró suavemente, como si entendiera sus pensamientos.
Maximiliano sonrió y siguió pintando con dedicación. No sabía por qué Emma lo había impactado tanto, pero estaba seguro de algo: tenía que volver a verla.
Maximiliano pasó horas frente al lienzo, trazando cada detalle de Emma con una precisión casi obsesiva. Sus manos se movían con soltura, como si su mente ya conociera cada línea de su rostro. Cuando terminó, se apartó unos pasos y observó su obra.
Braco, echado a su lado, levantó la cabeza y lo miró con curiosidad. Maximiliano rió y se dejó caer en una silla.
Desde el lienzo, Emma me miraba con esa expresión que tanto me atormentaba: una mezcla de dulzura y algo que no lograba descifrar.
Suspiré, apartándome un poco para observar el cuadro en su totalidad.
Perfecto.
—Lo sé, lo sé… Apenas la vi una vez y ya estoy así —dijo, pasándose una mano por el cabello—. No entiendo qué tiene ella, pero hay algo en su mirada que no puedo olvidar.
Justo en ese momento, el sonido de mi celular rompió el silencio. Fruncí el ceño. Solo había una persona que podía llamarme a esta hora.
Me limpié las manos con un trapo y tomé el teléfono.
—¿Sí?
—Maximiliano —la voz de mi padre sonó imponente al otro lado de la línea—. ¿Dónde demonios te metiste? Llevo días sin noticias tuyas.
Cerré los ojos, ya anticipando lo que venía.
—Estoy ocupado, papá.
—¿Ocupado? ¿Con qué? ¿Con esas tonterías de pintura? —Bufó, como si la idea misma lo irritara—. No tienes tiempo para jugar al artista. Es hora de que regreses.
Me pasé una mano por el cabello, conteniendo el fastidio.
—Ya hablamos de esto. No voy a volver.
Hubo un silencio pesado. Luego, su voz sonó aún más fría.
—No seas infantil, Maximiliano. No puedes seguir escapando. Tienes una responsabilidad con esta familia, y más te vale recordarlo.
No respondí.
—Por cierto —continuó él, con una calma calculada—, la familia Moreau está esperando tu respuesta.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Tu compromiso con Clara, Maximiliano. No me hagas repetirlo.
El aire en mis pulmones pareció volverse pesado.
—No puede estar hablando en serio…
—Estoy más que serio. Clara es una mujer de familia, educada, y el enlace entre nuestras empresas será beneficioso para ambos. No puedo permitir que sigas actuando como un crío rebelde.
Apreté la mandíbula.
—No voy a casarme con alguien a quien ni siquiera conozco.
—No tienes elección. Regresa antes de que haga arreglos por ti.
Y antes de que pudiera replicar, la línea quedó en silencio.
Me quedé mirando la pantalla del celular, sintiendo la rabia arder en mi pecho.
Dejé el teléfono sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y volví la vista al cuadro. Emma seguía ahí, con su mirada cálida, ajena a todo el caos que giraba en mi interior.
Un matrimonio arreglado.
Un futuro decidido por alguien más.
Y yo… atrapado entre lo que debía hacer y lo que realmente deseaba.
Braco gimió a mi lado, como si pudiera percibir mi tensión.
Me incliné sobre la mesa, apoyando las manos en el borde.
No. No iba a dejar que mi padre decidiera por mí.
Y, de algún modo, supe que la respuesta la encontraría en ella.
Emma.
El perro ladeó la cabeza, como si le diera la razón.
El sonido de la lluvia golpeando la ventana lo sacó de sus pensamientos. Afuera, la noche había caído sobre Tres Culturas, envolviendo el pueblo en una neblina tenue. Maximiliano se levantó y fue hasta la ventana. Desde allí, podía ver la calle empedrada y el resplandor cálido de algunas farolas. Todo era tranquilo, como si el tiempo avanzara a un ritmo distinto en ese lugar.
Y en medio de ese silencio, una idea se instaló en su mente.
—Voy a volver al café —dijo en voz baja.
Braco movió la cola, como si aprobara su decisión. Él se sentía un tonto al hablar con su mascota.
No tenía una excusa real para regresar, más que el impulso de verla otra vez. Tal vez podría decir que quería probar otro café. Solo quería verla, aunque sea por unos minutos y olvidarse de esa llamada con su padre.
Y al día siguiente marcho para verla. Se puso su chaqueta y salió a la calle, sintiendo el aire fresco en su rostro. Conduciendo firme hasta el café donde la había conocido, sin saber que cambiaría todo.
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Emma suspiró mientras limpiaba la barra que Recién empezaba y ya era agotador. Entre atender a los clientes y soportar las miradas incómodas de Leo, el hijo del dueño, solo quería terminar su turno e irse a casa .
Lanzó una mirada furtiva hacia la esquina del local. Leo estaba allí, observándola con esa intensidad que la hacía estremecer. Fingió no notarlo y siguió limpiando, pero su incomodidad crecía con cada segundo.
—¿Te ayudo con algo, Emma? —preguntó él, acercándose demasiado.
Ella sintió su corazón latir con fuerza.
—No, gracias. —respondió con voz firme, sin mirarlo.
—Vamos, no seas así —insistió, inclinándose sobre la barra—. Te he visto hablar con ese tipo ayer… ¿Qué, ahora te interesan los forasteros?
Emma sintió un escalofrío.
—Eso no te importa —respondió, dando un paso atrás.
Leo la miró con una sonrisa torcida.
—Deberías tener cuidado. Nunca sabes con quién te metes.
Emma sintió una mezcla de miedo y rabia, pero antes de que pudiera responder, la puerta del café se abrió, haciendo sonar la campanilla.
Cuando levantó la vista, su corazón dio un vuelco.
Maximiliano entraba ahí con mucha emoción de verla, con el cabello ligeramente húmedo por la llovizna que empezó a caer de repente y tenía una expresión tranquila pero decidida en el rostro.
Se detuvo en la entrada por un instante, barriendo el lugar con la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los míos. Vaciló, pero luego esbozó una leve sonrisa y se acercó.
Sus ojos se encontraron.
Y en ese instante, supo que él era para ella y algo estaba a punto de cambiar para siempre. Ya nunca más nada sería lo mismo.
Notas de la Autora:
Buenos días, espero que les esté gustando el libro. No olviden guardalo en su biblioteca y comentar.
Besos, Nair.