JULIA
Dos semanas más tarde
Todo se había acelerado sin pedirme permiso.
La boda estaba programada para dentro de pocos días, como si alguien hubiera decidido mi calendario por mí. Yo solo tenía una prueba de ello: un papel doblado en cuatro, escrito con su letra seca y directa. Nada de explicaciones. Nada de preguntas. Solo una orden disfrazada de mensaje.
“Ve por el vestido. La boda es la próxima semana”.
Eso era todo.
Ni una llamada. Ni una conversación incómoda. Ni siquiera una disculpa por haber desaparecido días atrás.
Me ardía el estómago cada vez que lo pensaba.
Apreté la nota entre los dedos frente a la boutique de novias, observando el escaparate lleno de encaje, tul y promesas ajenas. Antes de entrar, giré el papel, esperando encontrar algo más: un número, una firma, cualquier cosa que indicara que yo importaba un poco en todo esto.
Nada.
Solo silencio.
Respiré hondo y me obligué a sonreír antes de empujar la puerta. No era el momento de desmoronarme. Yo no era así.
Soy Julia Florencia. Siempre sonrío. Incluso cuando quiero gritar.
Ni Everth ni nadie del grupo de baile sabía que estaba comprometida. Tal vez porque, en el fondo, yo misma aún no sabía cómo sentirme al respecto.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —dijo una mujer desde el mostrador.
—Vengo por una prueba de vestido. Julia Florencia.
La empleada frunció ligeramente el ceño, como si mi nombre no le diera suficiente información.
—Me envía Damien —añadí, sin ganas.
El ambiente cambió de inmediato.
Sus ojos se abrieron, y el murmullo del local se apagó. Las demás trabajadoras dejaron lo que estaban haciendo. Una a una, inclinaron la cabeza en señal de respeto.
Me quedé rígida.
—Por favor, disculpe que no la reconociéramos, señora —dijo la mujer, sin atreverse a mirarme directamente.
—Está bien, de verdad —respondí rápido—. No hace falta todo esto.
Se incorporaron, aunque la tensión seguía flotando.
—Acompáñeme, por favor.
Me llevó a una sala privada, amplia, con un sofá claro y un vestidor que parecía más grande que mi departamento.
—¿Desea algo de beber?
—Y… no me diga señora. Júlia está bien —dije con una sonrisa forzada. Nunca me gustaron los títulos.
—Lo siento, no puedo hacerlo —respondió, nerviosa—. ¿Prefiere agua o té?
Negué.
—Quisiera ver vestidos corte sirena. Los mejores que tengan.
Esta vez sí levantó la mirada… solo un segundo, antes de volver a bajarla.
—El vestido ya fue seleccionado para usted. El señor indicó que solo debemos ajustarlo si es necesario.
Solté una risa incrédula.
¿También decidió eso por mí?
—¿Y al menos es un vestido sirena? —pregunté, cruzándome de brazos.
Siempre quise uno así. Mi madre llevaba uno el día que se casó con papá. Cada vez que veo esas fotos, recuerdo haberlo decidido siendo niña: ese sería mi vestido.
—No, señora. Es un vestido de gala, amplio.
Me acerqué un paso, manteniendo la sonrisa, aunque por dentro hervía.
—Entonces va a traerme un vestido sirena. Damien puede decir lo que quiera. Yo me encargo de él.
Ella retrocedió como si hubiera cruzado una línea invisible.
—No puedo hacerlo. El señor Maltéz fue muy específico.
Asentí despacio. Abrí mi bolso con calma y lo colgué del hombro.
—Entiendo —dije—. Entonces no tiene sentido que me quede.
Di media vuelta, con el corazón acelerado.
Si pensaba que podía decidirlo todo sin escucharme, estaba muy equivocado.
Y esta vez, no iba a sonreír por él.
Avancé hacia la salida convencida de que todo había terminado, pero no llegué ni a tocar la manija. La mujer se movió antes que yo y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en la habitación.
Un segundo después escuché el sonido metálico de la cerradura.
Me quedé quieta.
—Abra la puerta —dije primero, conteniendo la voz.
No hubo respuesta.
Golpeé con más fuerza.
—¡Oiga! ¡Esto no es gracioso!
Desde el otro lado llegó su voz, distante, casi indiferente.
—No puedo dejarla salir. Lo siento.
Luego, pasos alejándose.
Se me heló el estómago.
Probé con el teléfono. Nada. Sin señal. Ni una miserable línea.
El aire empezó a sentirse más pesado. Golpeé la puerta una y otra vez hasta que me ardieron las manos. Nadie volvió. Nadie respondió.
Al final me rendí y me dejé caer en el sofá, temblando de rabia.
Esto no va a quedar así.
Pensé en denuncias, en escándalos, en destruir su reputación con palabras escritas. Pero sabía que eso no me iba a sacar de ahí.
Pasó un tiempo que no supe medir. Miraba el suelo, las paredes, cualquier cosa para no pensar, cuando el clic de la cerradura me hizo ponerme de pie de inmediato.
La puerta se abrió.
—¡Usted no tiene idea de lo que acaba de hacer! Voy a llamar a…
Las palabras murieron en mi boca.
Él estaba ahí.
Impecable, serio, con las manos en los bolsillos y ese traje oscuro que parecía parte de su piel. Todo en él gritaba control.
La furia volvió con más fuerza.
—Esto fue idea tuya, ¿no? —le espeté.
Avanzó con calma, como si el tiempo le perteneciera.
—Elena —dijo, con fastidio—, tengo cosas más importantes que atender. No voy a tolerar un berrinche.
—No me llamo Elena. Me llamo Julia —escupí.
Me miró un segundo, sin interés.
—Da igual. Ponte el vestido.
—No lo haré.
Giró la cabeza hacia la empleada.
—Tráelo.
Ella obedeció sin mirarme siquiera.
Retrocedí cuando él volvió a acercarse. Paso a paso, me arrinconó contra la pared.
—Estás muy acostumbrada a desobedecer —dijo en voz baja—. Conmigo eso se acaba.
Intenté moverme, pero su mano me empujó de nuevo.
—¡Basta! —protesté.
—No me hagas perder el tiempo.
El vestido apareció frente a mí, presionado contra mi pecho.
—Ahora.
Lo sostuve unos segundos. Lo odiaba. Lo odiaba a él. Pero sabía que no iba a ganar esa batalla.
Entré al probador sin decir una palabra.
Mientras me cambiaba, la rabia se mezclaba con algo peor: impotencia. Él mandaba. Todos obedecían. Y eso me revolvía el estómago.
Cuando salí, el vestido caía pesado sobre mí.
—No puedo cerrarlo sola —dije, fría.
La empleada me ayudó en silencio. Al mirarme al espejo, tuve que admitirlo: era hermoso. Exagerado, brillante, perfecto.
Demasiado perfecto.
Yo no quería eso. Quería algo simple. Algo mío.
—Está lista —anunció la mujer al salir.
—Sal —ordenó él.
—No —respondí—. No puedes verlo antes de la boda.
Las cortinas se abrieron de golpe.
Mi corazón dio un salto. Su expresión se había endurecido.
—¿No entendiste nada de lo que te dije antes?
—Es una tradición…
—Cállate.
Revisó cada detalle como si yo no estuviera ahí.
—Eso —señaló—. Arréglalo.
—Y ajusta la cintura.
—No más —protesté—. Ya está demasiado apretado.
Se giró lentamente hacia mí.
—¿Te pedí opinión?
Lo miré con odio abierto.
—No voy a aceptar que me trates así.
Él ni siquiera se inmutó.
—Llama a Thomas cuando esté terminado —le dijo al empleado.
Y sin dedicarme otra mirada, se marchó.