La peor de las bodas

1379 Words
JULIA Seis días más tarde El anillo giraba entre mis dedos como si no me perteneciera. Era liviano, brillante y absurdo. No pesaba nada, pero sentía que me hundía la mano entera. Al día siguiente todo cambiaría. No porque yo lo quisiera, sino porque ya no quedaban salidas. Iba a convertirme en la esposa de un hombre al que apenas conocía y al que temía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Un hombre con fama de no pedir permiso y de no perdonar errores. Un hombre que nunca me había mirado como alguien con voluntad propia. Los últimos días fueron una repetición agotadora: llorar hasta quedarme sin fuerzas, entrenar en el estudio público hasta que el cuerpo me doliera, volver a llorar. Nada más. No había espacio para pensar en el futuro sin sentir náuseas. La noche anterior salí. No para celebrar. Para despedirme. De mi libertad, de mi cuerpo, de la versión de mí que aún podía elegir. Me metí en un club ruidoso y dejé que alguien me tocara sin importarme su nombre. Solo quería sentir que, al menos una vez más, la decisión era mía. Le pedí a lo que fuera que estuviera escuchando que ese hombre nunca me deseara. Que me viera como algo inútil, desagradable. Porque no sabía qué haría si intentaba poseerme de verdad. Hoy, sin embargo, ya no había dudas. Aceptaría. No por mí. Nunca por mí. Everth había vuelto del internado junto con Eveline esa misma mañana. Venía eufórico, hablando sin parar de sus calificaciones, de cómo había quedado entre los mejores. Tenía los ojos encendidos, llenos de futuro. Había cumplido su parte del trato. Yo no podía fallar ahora. Se lo prometí a mamá antes de que muriera. Le juré que lo protegería, costara lo que costara. Incluso si eso significaba desaparecer yo. Mi vida podía romperse. La de él no. Damien no había dado señales en días. No llamadas, no mensajes, no instrucciones claras. Ni siquiera sabía dónde se haría la boda. El vestido no había llegado. Supuse que alguien más se había encargado de todo, como si yo fuera un trámite sin voz. Abrí otra cerveza. El sabor me resultaba desagradable, pero ya no me importaba. Nada de eso importaba. Se suponía que tendría una despedida de soltera. No sabía quiénes serían mis damas de honor, si es que existían. Tampoco tenía idea de quiénes asistirían a la ceremonia. Mis compañeras de baile no estarían ahí. No podía permitirlo. No soportaría que me vieran reducida a la sombra de un hombre, yo que para ellas era líder, ejemplo, capitana. Cuando entrenaba fuera, el anillo siempre se quedaba en casa. No necesitaban saber que estaba atrapada. —Pasa —dije cuando tocaron la puerta. Papá entró con el ceño fruncido y me vio con la lata en la mano. —Eso no te va a ayudar —murmuró—. Estás llenándote de basura. —Es solo cerveza —respondí sin ganas—. No había otra cosa. Se quedó observándome unos segundos. —¿Qué ocurre ahora? Me giré hacia él, incapaz de fingir calma. —¿De verdad sigues esperando que me case con él después de lo que te conté? —Julia, nadie te está obligando. —Sí lo estás haciendo. Sabes que si me niego, Everth pagará las consecuencias. —Tu hermano puede volver a Estados Unidos. Puede seguir con su vida. —¿Y por qué no puedo yo hacerme cargo del negocio? ¿Por qué él tiene que cargar con eso? Papá suspiró, cansado. —Porque él no quiere. Y tú no sabes cómo funciona este mundo. ¿Qué pasará cuando yo no esté? —Aprendería. No haces magia, solo das órdenes desde un escritorio. Guardó silencio un momento antes de hablar de nuevo. —Ya está hecho. No se puede deshacer un acuerdo con alguien como Maltéz. —Claro que se puede. —No. Tú no lo entiendes. Ese hombre no necesita permiso. Podría quitarnos todo si quisiera. Podría matarnos y no habría consecuencias. Yo no soy nadie frente a él. Sentí un nudo en el pecho. Nunca lo había oído hablar así de sí mismo. —Cuando estés con él —continuó—, cuídate. No es alguien que dude antes de matar. —¿Por qué te rodeas de personas así? —pregunté, casi en un susurro. Tardó en responder. —Porque yo también soy así. Lo miré sin comprender. —¿Cómo? —Siéntate, Julia. Obedecí. —Tu madre quiso que ustedes nunca lo supieran. Cuando todo se volvió demasiado peligroso, huimos. Dejamos muchas cosas atrás. No todas eran legales. El aire se volvió pesado. —Papá… ¿de qué estás hablando? Mi padre no me miraba como siempre. No había ternura ni paciencia en sus ojos, solo cansancio y una decisión tomada desde hace tiempo. —No es solo un empresario —dijo al fin—. Damien está metido hasta el cuello en cosas que no te gustaría conocer. En ciertos círculos, su apellido pesa más que cualquier contrato. Sentí cómo el estómago se me cerraba. —¿Estás diciendo…? —Que ese matrimonio no es romántico. Es estratégico. Él quiere poder. Y nuestras propiedades son un atajo. Me apoyé en el respaldo de la silla para no caerme. Durante semanas había fingido no ver las señales, convencida de que todo tenía una explicación razonable. —Entonces… ¿por qué yo? —pregunté, casi en un susurro. Papá suspiró. —Porque necesita parecer estable. Porque la gente observa. Y porque una esposa es la mejor manera de callar rumores. Eso fue suficiente. —Sal —le pedí—. Por favor, vete. —Julia… —Ahora. Cuando la puerta se cerró, el silencio se me vino encima. Abrí una cerveza sin pensar y bebí como si eso pudiera apagar el ruido en mi cabeza. Mafia. Matrimonio. Poder. Yo, que hacía no mucho estaba bailando bajo luces artificiales, sin preocuparme por nada más que el siguiente paso. —Te dije que quería estar sola —murmuré, creyendo escuchar a mi padre volver. —No soy él. Me giré de golpe. Damien estaba allí, impecable como siempre, fuera de lugar en mi habitación desordenada. Lanzó una bolsa sobre la cama. Reconocí el vestido de inmediato. —Qué detalle —dije, seca. No respondió. En su lugar, me tendió una pequeña caja oscura. La abrí con cautela. Diamantes. Demasiados para una sola persona. —No hacía falta —comenté, aunque una parte de mí se quedó mirando el brillo. —No es un regalo —aclaró—. Es una tradición familiar. Normalmente los padres la entregan. Yo no tengo esa opción. Cerré la caja con cuidado. —Lo siento. No contestó. Su atención se desvió a la lata en mi mano, como si lo hubiera ofendido personalmente. —Esto explica muchas cosas —murmuró. —¿El qué? —Que sigas creyéndote italiana. Me reí, incrédula. —Nací aquí. —Y aun así actúas como una extranjera —replicó—. No entiendes nada de nuestra cultura. —Viví aquí media infancia. —Y aun así bebes como turista. Mi paciencia se agotó. —Al menos yo no me creo superior al resto del mundo. El silencio se tensó entre nosotros. —Seguro que nunca has estado con un hombre de verdad —dijo con desprecio. No respondí. No iba a darle ese gusto. —Esto es un error —añadió—. Casarme contigo va a ser un castigo. —Entonces no lo hagas —repliqué—. Devuélvele a mi padre lo que es suyo y desaparece de mi vida. Me miró como si hubiera contado un chiste. —Ese trato ya está cerrado. Y pagaré el precio, aunque seas tú. Tragué saliva. No iba a llorar frente a él. Consultó su reloj. —He perdido suficiente tiempo. —Gracias a Dios —respondí. Antes de salir, levantó la mano y me dedicó un gesto obsceno. No dudé en devolvérselo cuando la puerta se cerró. Lo odio. Miré la lata vacía en mi mano y solté una risa amarga. Así fue como pasé mi despedida de soltera: sola, enfadada y con la certeza de que acababa de entrar en la peor historia de mi vida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD