JULIA
Masticaba sin ganas, empujando la comida de un lado a otro del plato como si así pudiera hacer que la noche pasara más rápido.
Desde que entramos al salón, él no me había dirigido la palabra.
Ni una.
Ni siquiera se sentó conmigo.
Había pasado horas moviéndose entre mesas, estrechando manos, riendo con personas que no conocía y que nadie se molestó en presentarme. No sabía si eran parientes, socios o simples conocidos, pero estaba claro que yo no formaba parte de ese círculo.
Algunos invitados se acercaron por educación, diciendo que trabajaban con mi padre. Después de eso, nadie más se interesó en mí.
No podía evitar preguntarme qué había hecho mal… o si siempre había sido así.
La voz del maestro de ceremonias cortó el murmullo general.
—Un momento, por favor —dijo, golpeando suavemente el micrófono—. Me han contado algo muy interesante sobre nuestra novia.
Varias cabezas se giraron hacia mí.
—Al parecer, es bailarina.
Hubo aplausos, silbidos y risas. Sentí cómo el calor me subía al rostro.
—Entonces —continuó—, no podemos dejar pasar la noche sin ver el primer baile de los recién casados. ¿Dónde está el novio?
Las voces se alzaron, animándolo. Él no parecía nada contento. Su expresión lo decía todo.
Uno de los hombres a su alrededor le dio un empujón amistoso hacia la pista. Él levantó la vista y me encontró.
—¡Julia, muéstrale cómo se hace! —gritó alguien desde el fondo.
Me quité los tacones bajo la mesa y caminé hasta el centro del salón. La música empezó a sonar cuando tomé su mano.
Nos movimos despacio, casi por compromiso. No había conexión, solo pasos automáticos.
Miré su rostro. Estaba atento a cualquier cosa menos a mí.
Bajé la mirada a su pecho, concentrándome en no tropezar. El silencio entre nosotros era incómodo, pesado.
Cuando volví a alzar la vista, me estaba observando.
No apartamos los ojos.
—¿Puedo pedirte algo? —susurré.
—¿Ahora qué? —respondió con evidente fastidio.
—Al menos esta noche, finge que te importa. Mi hermano está aquí. No quiero que piense que me casé con alguien que me desprecia.
Soltó una risa breve, sin humor.
—No veo por qué debería hacerlo.
—Porque no quiero que se sienta responsable por no haber aceptado trabajar contigo.
—Eso no es asunto mío.
Respiré hondo.
—Por una vez, intenta no comportarte como un monstruo.
Me observó con atención.
—Te importa mucho tu hermano —dijo—. Casi dan ganas de usar eso en tu contra.
Un frío me recorrió la espalda.
—Por favor —murmuré—. Guardemos esto entre nosotros. Nadie más tiene que saberlo.
La música terminó.
—Está bien —aceptó finalmente.
Se apartó de mí y, antes de que pudiera reaccionar, lo vi dirigirse hacia Everth.
El pánico me hizo caminar rápido tras él, pero ya era tarde.
—Tú debes de ser Everth —dijo, extendiendo la mano.
—Y tú Damien —respondió mi hermano con una sonrisa sincera—. Ella es Eveline, mi novia.
Eveline saludó con timidez. Era dulce, tranquila, imposible no quererla.
—Encantada —dijo.
—Ya te conozco —comentó él, mirando a Everth.
Everth frunció el ceño, divertido.
—No creo.
—No en persona. Te sigo por el fútbol. Has marcado casi toda la temporada tú solo. Estás subiendo rápido.
Everth me miró sorprendido. Yo también.
—Eres bueno —continuó—, pero yo soy mejor. Un día deberíamos jugar. Te mostraré lo que es competir de verdad.
Lo fulminé con la mirada. Justo lo contrario de lo que le había pedido.
Everth, para mi sorpresa, se echó a reír.
—¡Me cae bien, Juli!
—Acepto el reto —añadió—. Cuando quieras.
Un hombre se acercó a Damien y le habló en voz baja. Él asintió.
—Disculpen —dijo—. Debo atender algo urgente. Ha sido un gusto conocerlos.
Se despidió y se fue.
Everth negó con la cabeza, sonriendo.
—No te voy a mentir. Me preocupaba que te casaras sin conocerlo.
Eveline suspiró.
—No dejaba de imaginar escenarios horribles.
—¿Por qué le metiste esas ideas? —le reclamó Everth, aunque reía.
Ella le dio un beso en la mejilla.
—Voy por unas bebidas —anunció él.
Cuando se alejaron, Eveline me abrazó con entusiasmo.
—Me alegro mucho por ti. Es muy atractivo.
—Gracias —respondí.
—Siempre supe que encontrarías a alguien. A veces las cosas malas pasan antes de las buenas.
Sonreí, aunque por dentro sentía que algo se rompía.
Si alguna vez hubo una oportunidad de elegir bien, ya no existía.
Estaba unida a un hombre que no me quería.
—Estoy feliz —dije.
Era la mentira más grande de la noche.
Giré la cabeza sin pensarlo y lo vi.
Damien ya estaba cerca de la salida, rodeado de hombres que parecían saber exactamente a dónde iban. Caminaban rápido, decididos. No miró atrás.
¿Se estaba yendo?
¿Ahora?
—Eveline, espera un momento —murmuré, y antes de que pudiera responder ya estaba avanzando hacia la puerta.
Apenas di dos pasos cuando alguien se plantó frente a mí. Alto, inmóvil, inexpresivo.
—Necesito salir —dije con calma forzada—. Permiso.
No respondió.
A través del vidrio alcancé a ver cómo Damien subía a un auto oscuro. La puerta se cerró.
—¿Puede moverse, por favor? —insistí, esta vez sin disimular el enfado.
Nada.
—Julia —la voz de mi padre apareció a mi espalda—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—Ese hombre no me deja pasar y mi esposo se está marchando —solté, señalando la puerta—. Ahora mismo.
Papá observó al sujeto durante un segundo.
—Ah —dijo—. Uno de los suyos. Comprendo. Joven, hágase a un lado.
El hombre obedeció al instante.
Me quedé mirándolo, sorprendida.
Papá salió y yo intenté seguirlo, pero el cuerpo del guardia volvió a bloquearme el paso.
—¿Es en serio? —espeté—. ¿Ahora sí decides actuar?
Papá regresó con una expresión que no me gustó nada.
—Parece que recibió órdenes claras —comentó—. No quiere que salgas.
Miré por la ventana. El coche seguía allí, pero el motor ya estaba encendido.
—Se va —dije en voz baja.
Papá suspiró, como si no tuviera fuerzas para discutir.
—Déjame hablar con él. No te muevas.
El guardia se apartó de nuevo y vi a papá inclinarse junto a la ventanilla del coche. Damien dijo algo que no pude oír. Luego, sin más, el auto avanzó y desapareció.
Cuando papá volvió, no hizo falta que hablara.
—¿Qué excusa puso? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Un asunto urgente.
Solté una risa incrédula.
—¿Más urgente que su propia boda? Ni siquiera terminó la noche.
—Pidió que se avisara a los invitados que la celebración ha terminado.
Me pasé la mano por el rostro.
No es que la velada hubiera sido un sueño, pero al menos yo me había quedado. Él no dudó ni un segundo.
—Bueno —dijo papá tras un silencio—. Este es Ramón. Desde hoy estará contigo.
El hombre asintió.
Papá llamó a Everth y a Eveline.
—Supongo que esto es un hasta luego —dijo Everth, intentando sonar ligero.
—Solo un hasta pronto —respondí, abrazándolo.
—¿Seguiremos hablando todos los días? —preguntó Eveline.
—Todos —le prometí, devolviéndole el abrazo.
Papá fue el último.
—Siempre serás fuerte, Julia —me dijo—. Más de lo que crees.
Asentí, aunque no estaba tan segura.
—¿Y los invitados?
—Yo me encargo —respondió—. Tú haz lo que tu marido ha pedido y vuelve a casa.
No discutí.
Ramón tomó mi brazo con suavidad firme y me condujo hacia la salida.
Mientras cruzaba la puerta, entendí algo con absoluta claridad.
La boda había terminado.
Pero lo peor apenas estaba empezando.