JULIA —Come—, dijo la señora Rebeca mientras se quedaba allí de pie mirándome comer el desayuno. Me sentí abrumada. —¿Es esto realmente necesario?—, pregunté educadamente. —Eres la esposa del señor Maltéz y debes estar sana por si acaso. —¿Qué significa eso?—, murmuré mientras seguía jugando con la comida. Me dieron huevos fritos, salchichas de pavo y pan. No me malinterpreten, la comida estaba buena, pero no tenía ganas de comer ni estaba en un ambiente propicio para ello. Estaba en un lugar que me hacía sentir como si no fuera nada y eso me ponía enferma. —Solo unos bocados más, querida—, me dijo, lo que me molestó. Me estaba tratando como a una niña. —También estás un poco delgada. Deberías ganar algo de peso. No esperes a quedarte embarazada. Damien ni siquiera querrá que te

