Capítulo 10 ¿Quién eres tú para tocarme?Una experiencia puede cambiarlo todo, excepto los ojos de una persona. Además, esa noche los ojos del hombre se habían clavado en su mente. A pesar de que ahora llevaba una mascarilla, era capaz de reconocerlo tan solo con una mirada.
—¡Corre! —gritó Shannon mientras pulsaba el botón del ascensor.
El hombre ya había entrado en el ascensor. Su esbelta y alta figura y la frialdad que desprendía lo hacían tan inaccesible como siempre.
Aún quedaba sitio en el ascensor. Shenie recobró el sentido, tosió para tapar su tono de pánico y dijo:
—Uy, se me olvidaba una cosa. ¡Vaya usted primero!
—Dese prisa, que las puertas se cierran —dijo Shaonnon sin oír lo que dijo Shenie.
Al ver que Shenie no le hacía caso, corrió hacia ella, la agarró por la muñeca y la arrastró hacia dentro. Las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse. De repente, Shenie se quedó sin aire. ¿Qué está pasando? ¿Qué hacía ella en el ascensor? ¡Se suponía que necesitaba una excusa para irse! Pero ya era demasiado tarde, las puertas del ascensor se habían cerrado. El ascensor no estaba lleno, pero por alguna razón sintió una presión tan insoportable en el pecho que le costaba respirar.
El hombre se quedó a un lado y no se movió ni un centímetro del lugar en el que estaba. Ella estaba de pie junto a él… Miró a su alrededor y respiró hondo. Su chaqueta había rozado la ropa del hombre… De repente, se estremeció y comenzó a alejarse de él…
«No tengas miedo, Shenie, no te reconocerá», se consoló. Se mordió el labio y miró hacia la puerta del ascensor. ¿Por qué nadie entraba ni salía del ascensor? «Cálmate, en cuanto se pare, sal corriendo», se dijo a sí misma.
¡Ding! El ascensor se acababa de parar en el quinto piso y Shenie estaba lista para salir corriendo. Pero en cuanto intentó salir, una avalancha de gente empezó a entrar en el ascensor.
—Oiga, no… —las puertas del ascensor se cerraron antes de que pudiera decir nada.
Shenie se mordió el labio por la impotencia que sentía. «Esto es tan…», intentó decirse a sí misma, pero de repente escucho un fuerte grito. Todos se sorprendieron por el jaleo. Shenie se dio cuenta de que había un niño de unos tres años llorando en brazos de una mujer. El niño extendió la mano para tirarle del pelo a la mujer.
—¡Teddy, basta! —dijo la mujer frunciendo el ceño.
—Guaaa, guaaa, no quiero una inyección, ¡Guaaaa! —gritó el niño.
—Pero no te encuentras bien —dijo la mujer enfadada, agarrando al niño de la mano para que no le diera problemas.
Pero el niño echó la cabeza hacia atrás y gritó. Shenie, sorprendida, extendió la mano para frenar la cabeza del niño para que no se diera un golpe.
—Gracias —dijo la madre del niño.
—De nada —respondió Shenie.
—¿Quién te ha dado permiso para tocarme? —gritó el niño— ¡Fea! ¿Por qué me has tocado?
—Teddy, ¿cómo eres tan grosero? —dijo la madre enfadada.
—La gente que usa mascarillas es fea —dijo Teddy y tiró de la mascarilla de Shenie.
—¿Quién te ha pedido que me tocaras? —volvió a gritar.
Shenie estaba perpleja, pero antes de que pudiera reaccionar el niño le había quitado la mascarilla. Sorprendida, Shenie se tapó la cara con la mano e intento recuperar la mascarilla, pero el niño levantó la mascarilla en el aíre y se negó a devolvérsela.
—Devuélvesela, Teddy —dijo la madre en un intento de quitarle la mascarilla a su hijo.
—No te la pienso dar —dijo el mocoso enfadado mientras agarraba la mascarilla con las dos manos.
Shenie no quería discutir más con él, así que bajó la cabeza en un intento de esconderse.
—Vamos, por favor, abre la puerta —suplicó en voz baja.
¡Ding! Por fin la puerta se abrió. La gente que había delante de ella empezó a salir del ascensor y Shenie se cubrió la cara con la mano mientras intentaba abrirse camino. Pero de repente, el niño mal educado la agarró de la coleta y le tiró del pelo con fuerza.
—¡Ah! —gritó.
Antes de que Shenie pudiera reaccionar, no pudo evitar perder el equilibrio… La gente del ascensor hizo una mueca de dolor al ver cómo caía Sheine, pero no le ayudó nadie. Todos esperaban que gritase de dolor por el fuerte golpe. Shenie cerró los ojos esperando que el dolor se extendiera por todo su cuerpo. Pero no sintió nada. ¿Eh? ¿Qué ha pasado?
Abrió los ojos despacio y vio unos pantalones negros y un abrigo de lana del mismo color que le parecía tan familiar. Cuando levantó la mirada, dos oscuros y ardientes ojos la estaban mirando. Se quedó boquiabierta por el asombro y de repente sintió como su estómago se encogía y le temblaba todo el cuerpo.
—¿Yanie? —preguntó el hombre.
Esa voz suave y hechizante con un tono de duda resonó en sus oídos…