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Blurb

Historia sobre el reencuentro que desentraña una maraña de conspiraciones familiares, un amor que atraviesa por batallas internas y contra la sociedad y su remarcado límite de clases sociales. ¿Cómo superar una ruptura y romper miedos convertidas en adicciones? ¿Será posible que el tiempo sane corazones rotos como lo dice todo el mundo? Acompáña a Charlize en su travesía por un drama amoroso y cursi; a Björn con sus propias peleas, enfrentándose a las calamidades de ser el típico chico rico.

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Prólogo. El último adiós
Lake Tahoe, California Sintió el frío de la noche rozarle la piel, era igual que finas agujas enterrándose en cada poro, en cada recuerdo mientras sus pies la llevaban tan lejos cómo podía. Había un dolor que podía detallar con las palabras exactas y al mismo tiempo no darse a entender de la manera en la que quería. Todo fue confuso, fue extraño caer en la red de la locura y los efectos del alcohol al mismo tiempo. Cientos de desconocidos la vieron cruzar las calles de la ciudad, sin cobijo, con el maquillaje corrido manchándole todo el rostro de n***o y rojo de tanto llorar. Podía ver su aliento las primeras dos manzanas mientras recorría la avenida central; después, lo olvidó; escuchó murmullos y percibió señalamientos y juicios hirientes. Estaba ebria, sí, pero tan consciente que todo le dolía cómo brasas ardientes quemándole desde dentro. —¿Necesitas ayuda?— Una mujer rubia, en sus cincuentas -si no se equivocaba-; atrapó a Charlize en el camino. Al sentirse atrapada cayó sobre las rodillas e intentó soltarse de la prisión imaginaria que fue aquel abrazo —No, no, no. — Lloró hasta quedarse sin palabras y se encontró sorprendida ella misma al darse cuenta que aún podía derramar más lágrimas —Yo estoy bien… La señora de ropas lujosas, -Charlize lo supuso al sentir el abrigo suave con el enorme logo de Channel en el pecho-, la abrazó más fuerte y gritó algo que apenas entendió. Alguien había llamado a una ambulancia. La pelirroja negó con la cabeza tan asustada que retomó la fuerza necesaria para zafarse y levantarse a correr, pero el frío ya le había entumecido el cuerpo. Esa noche caería la primera nevada del año. Cayó de bruces en el asfalto, se golpeó en el mentón y con ello se mordió la lengua. El dolor fue tan agudo que antes de decir o hacer otra cosa se giró sobre el costado mirando calle abajo, las luces de la ciudad eran maravillosas. Los autos recorrieron su camino demasiado lento, la gente parecía moverse al mismo ritmo melodrámático y abrumador; pausando cada paso mientras ella perdía el conocimiento. —¿Y qué quieres que haga? Esta claro que algo pasó y no lo pienso llamar hasta que Charlie nos diga que fue— La voz de Emma, su madre, la hizo volver de la oscuridad que la había acorralado. Al abrir los ojos le costó acostumbrarse a la luz y los colores, las voces y los ruidos aturdidores. —Al menos deberíamos responder los mensajes de sus amigos. Yo… solo digo — Billy, el esposo de su madre intentó ser lo más prudente y responsable posible en cuanto al tema respecta —¡Cariño!— Sobresaltado se acercó a la cama de hospital peinando el cabello pelirrojo a Charlize. Con torpeza ella le preguntó —¿Dónde estoy?— Después intentó moverse. Una fuerza ajena la detuvo, percatándose de sus manos atadas a cada extremo de la cama, tenía muñequeras suaves pero firmes atrapándola contra su voluntad. Apenas pudo reaccionar intentó soltarse con mucho miedo —¡Dónde estoy? ¡Por qué estoy atada?— Comenzó a gritar. La madre intentó calmarla —Tranquila, es por tu bien. Te encontraron muy mal anoche y creen que...— La sujetó por el rostro para que su mirada se centre en ella — ¡Charlize! ¡Mi amor, mi bebé! ¡Calma!— Con severidad la llamó y cuando su hija logró posar los ojos en los de su madre, suavizó la expresión e intentó ser lo más dulce posible —La policía creyó que intentabas suicidarte, te encontraron en un estado de alteración absoluta, no llevabas zapatos y parecía que habías corrido por días sin descanso. Cuando su madre dijo aquello, Charlize se quedó helada. —¿Pensaron qué? — Incrédula un par de lágrimas le corrieron por las mejillas. —Mamá ¿Lo crees?—La miró asombrada, con ambas cejas levantadas. Después miró a Billy quien le dedicó una expresión acongojada —¿En serio lo creen?— Rendida se dejó caer en la cama apretando las sábanas azules y aburridas. Miró el techo amarillento por el tiempo, suponiendo que algún día muy lejano era de un blanco perfecto. Lloró en silencio tratando de no recordar lo que había visto la noche anterior y lo que pasó después. —No lo sé —Respondió Billy —¿Lo intentaste? —¡Claro que no!— Charlize se apresuró a responder sin dar crédito a lo que escuchaba. Intentó reírse, pero solo fue el amago de una sonrisa amarga al darse cuenta de que no lo intentó, no intentó suicidarse, pero tampoco se preocupó por estar bien. El resto del día fue silencioso, Charlize solo miraba por la ventana a los edificios que rodeaban el hospital. La habían soltado tras decir lo que pasó y una evaluación psicológica que hubiera aprobado a la perfección, de no ser por el desánimo de una ruptura. -Una depresión efímera-, había dicho el psicólogo -nada que un buen descanso y mucho helado no resuelva-. No quiso comer ni beber más allá del agua que el médico casi obligó. Por los multiples accidentes de fin de año el hospital estaba a reventar y la dieron de alta antes de lo previsto bajo la supervisión exigente de sus padres. El camino a casa no fue diferente. En realidad, los años pasaron y no fueron distintos. Había logrado quedar en una de las mejores universidades de medicina en Estados Unidos, obteniendo la especialidad con honores, nadie, absolutamente nadie, se había enterado de su pasado, de que en realidad no era una joven soltera y responsable. Algunas veces cayó en la tentación de algún estupefaciente que fácilmente conseguía entre los demás estudiantes de su facultad, que a diferencia del resto de carreras, la mayoria usaba combinaciones de drogas legales que diseñaron para evitar resacas y sueños que generaban pérdida de tiempo valioso para estudiar; sobretodo si había que mantener una beca de excelencia. Entre los que más destacaron fueron Charlize y Robert, aliado de estudios y amigo de parrandas, con quien poco después compartirían secretos de vida. —¿Aún lo tienes? ¿En serio? —Robert miraba el anillo de bodas de Charlize. —Oye… es un gran diamante.— Agregó observando muy de cerca la joya.—Parece que te amaba— Se burló. Charlize estudiaba para los finales, pero ante las preguntas de su amigo, su vista solo recorría el texto sin entender un poco lo que decía. —¿Aún lo amas?— Soltó al fin Robert, con cautela y la suavidad que un corazón roto merece, preocupado por el futuro incierto de su mejor amiga. La pelirroja volteó a mirarlo y tomó el anillo para ponerlo en el anular, donde hace mucho tiempo no lo usaba. Todavía se ajustaba perfectamente. Era cómo si el mismo hombre que se lo obsequió lo hubiera puesto infinidad de veces para asegurarse de que la medida era la exacta, cómo siempre hacía cuando le obsequiaba algo. Atinaba con exactitud, sin margen de error con aquello que le gustaba. —Lo tomaré cómo un sí. — Robert interrumpió sus pensamientos. Charlize puso los ojos en blanco, pero no lo negó, ni lo aceptó, tampoco se quitaría el anillo el resto del día.

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