Sonrisas Pícaras

1525 Words
Tiana Morgan comenzó a grabar un nuevo video para su hija. Esta vez estaba más ansiosa por empezar a hablar sobre sus experiencias, por lo que no se extendió demasiado en el preámbulo. Sonrió a la cámara y empezó a hablar. * * * ¿Qué fue lo último que te conté? Ah, sí… Carolina salió del departamento luego de que los dos tipos la bañaron en semen. Por supuesto le permitieron limpiarse. Cuando subió al ascensor estaba hecha una diosa. Tal vez se podía deducir que había tenido sexo por la sonrisa que iluminaba su cara; pero todo lo demás estaba igual que antes. Las sorpresas de trabajar en SpyCam apenas estaban comenzando. En ese preciso instante descubrí que los ascensores también tenían cámaras… a pesar de que había un gran cartel afirmando que no era así. Ya se me estaba pasando la calentura y mi cerebro volvía a estar gobernado por la razón y la ética. Esto era una violación a la privacidad de la gente. ¿Cuántas cámaras ocultas habría en los edificios? ¿Alguien más podía verlas? La segunda pregunta fue la que logré responder primero. Junto con la apertura de la cámara del ascensor comenzó a reproducirse una pequeña ventana con un video grabado por Reynaldo Noriega. Una especie de “Tutorial oculto”. Allí se me explicó que yo era la única persona con acceso a las “cámaras ocultas”. Nadie más que yo podía verlas, ni siquiera la policía… y así debía seguir siendo (con una pequeña excepción que luego te voy a contar). Lo que no me explicaba era por qué. ¿A qué se debía todo este asunto? ¿Era una cuestión secreta relacionada a la seguridad? Lo dudaba mucho. El asunto era extraño, pero estaba en mi primer día de trabajo, no podía empezar quejándome. Decidí esperar un poco y reunir más información para decidir de qué forma debía actuar. De momento lo que más me preocupaba era tener un sitio agradable en el que vivir y dinero suficiente como para comer. Dediqué los siguientes tres días a instalarme. Airee un poco el departamento y lo limpié de punta a punta. Sin dejar ni un solo rincón sin repasar. También llené la heladera y las alacenas con provisiones como para un mes entero. Si hay algo que odio es quedarme sin comida. Me pasó muchas veces, al tener que vivir de prestado y me prometí a mí misma que si algún día tenía un trabajo más o menos estable, ya no pasaría hambre. La comida sería mi prioridad. Después de eso venía el arte. Una tarde bajé en busca de un local que vendiera materiales para artistas y por suerte encontré una muy buena, a solo dos manzanas de mi departamento. Al parecer había otros artistas instalados en la zona e imaginé que debían ser bastante reconocidos, de lo contrario no podrían pagar uno de esos departamentos. Ya me pondría a averiguar si tenía como vecino a algún artista famoso. Me gusta relacionarme con gente que ame el arte tanto como yo. Lo único que no me gustó de esa tienda fueron los precios. Cada pomo de pinturla al óleo costaba el doble en cualquier otro lugar. Por suerte estoy acostumbrada a armar mis propios bastidores para los cuadros, eso siempre me ahorró mucho dinero. Comprarlos armados cuesta más de lo que me puedo permitir. Me limité a comprar algunos lienzos y papel apto para pintar con acuarelas… y pinceles, muchos pinceles. Volví al edificio, muy contenta. Comprar materiales artísticos siempre me ilumina el alma, y me activa la creatividad. Caminé hasta el ascensor, imaginando todo lo que podía pintar. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me percaté de que, una vez más, debía subir junto a Carolina. Esta vez la rubia iba sola y me miró como si yo fuera una intrusa. —¿Algún problema? —Le pregunté. Empleé un tono profesional, como si fuera una recepcionista preguntándole a su cliente si necesita algo. —¿Cómo te dejan entrar con esa pinta? —Dijo, escupiendo las palabras. Me escaneó con la mirada, relajándome. —Das una mala imagen al edificio. Yo tenía puesta una remera vieja, llena de manchas de pintura y un pantalón de algodón con algunas manchas de lavandina por aquí y por allá. Es la ropa que suelo usar para pintar y ni siquiera me molesté en cambiarme para salir del departamento. Me enojé mucho. Pero te aclaro, hija, que mi bronca no se debía a que esa mujer tuviera mejor ropa que yo, o a que tuviera un mejor estatus social. No, lo que en verdad me jodió fue la forma en la que me miraba, como si yo fuera un perro sarnoso. Como si valiera menos que un trapo de piso. Ella se cree más fina que yo, cuando unos días atrás la tuvieron tragando pija y leche a más no poder… y le rompieron el orto como a una puta barata. No podía tolerar que esa pelotuda me tratase de esa manera. Se me fue todo el profesionalismo a la mierda. —¿Yo doy mala imagen? —Le pregunté—. ¿Te parece que doy mala imagen por la forma en la que estoy vestida? ¿Y qué hay de vos? —¿De qué hablás? Si la ropa que tengo puesta no la podrías comprar ni con un año de tu sueldo. —No hablo de la ropa. Te recomiendo algo, Carolina —dije su nombre para sorprenderla, y el efecto fue el que esperaba. Ella retrocedió un paso, seguramente preguntándose cómo lo había averiguado—. Si no querés que el edificio tenga mala imagen, deberías gritar menos cuando te rompen el orto esos dos tipos del piso 38. Yo podré vestirme con ropa manchada; pero al menos no caigo tan bajo como vos, que te dejás llenar la cara de leche y te la tomás toda, como una puta barata. Ella se quedó boquiabierta. Como hay cámaras en el ascensor (a pesar de que el cartel dice que no), me guardé la grabación de ese momento. Todavía hoy disfruto al ver el momento justo en que la rubia se pone pálida y la mandíbula le queda desencajada. Me miró como si yo fuera una bruja. Por suerte la puerta del ascensor se abrió y ella tuvo que salir; pero antes de hacerlo me miró con odio y resentimiento. Ese fue uno de los mejores momentos de mi vida. Hubo consecuencias negativas, y muchas; pero ese momento todavía sigue valiendo la pena. Regresé a mi departamento y comencé a pintar mientras vigilaba las cámaras. Las legales. Después de ver lo que hizo Carolina con esos tipos, no volví a mirar las cámaras ocultas. Me limité a hacer mi trabajo. Instalé un atril en la oficina donde estaban los monitores, esto era perfecto. Lo único que debía hacer era vigilar, ocasionalmente, lo que mostraban las pantallas. El resto del tiempo lo podía pasar concentrada en mi pintura. Ese fue un día muy tranquilo. Pero al día siguiente, las consecuencias llegaron a mi puerta. Espié por la pequeña mirilla de la puerta. No me sorprendió ver a Danilo Bermúdez, porque él era el único vínculo que tenía con mi actual trabajo… sin contar al fallecido Reynaldo Noriega. Supuse que Danilo me estaba haciendo una visita sorpresa, para controlar mi desempeño laboral… y mi suposición no estuvo tan lejos de la realidad. Sí que fue una sorpresa su llegada, porque de lo contrario me hubiera dado tiempo para vestirme de otra manera; pero hacía calor y se me ocurrió usar una remera sin mangas muy escotada, y nada de corpiño. Mis pezones resaltaban en la tela gris incluso más que en la entrevista laboral. No te miento, Amelia. Mis tetas parecían las de una actriz porno que busca provocar a sus espectadores. Además tenía puesto un short n***o y turqueza, sumamente corto, que dejaba a la vista la mitad de mis nalgas. Se ceñía tanto a mi piel que parecía pintado… incluso se me marcaban un poco los labios vaginales. Le pedí a Danilo que aguardara, quería ponerme algo más discreto. Sin embargo él parecía tener mucha urgencia y contaba con algo que no me vi venir: una copia de la llave del departamento. No me dio tiempo ni siquiera a alejarme de la puerta. Entró como si ésta fuera su casa. Esa actitud me molestó mucho; pero me mordí la lengua antes de decir algo. Me gustara o no, él era mi jefe… o lo más parecido a un jefe que tenía. Si lo deseaba, podía echarme a la calle y yo no sabría qué hacer. Tuve que comerme mi orgullo. Los pequeños ojos del rechoncho Danilo brillaron al verme las tetas que parecían a punto de saltar fuera del escote. Dejó el maletín en el piso, se quitó el saco y lo arrojó sobre un sillón. Después comenzó a caminar a mi alrededor, como si fuera un depredador buscando el mejor momento para atacar. No parecía enojado, al contrario, aún conservaba esa sonrisa que me ponía tan incómoda.
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