CAPÍTULO 2: EXTRAÑO

1746 Words
—¡AH! —gritó Marina, levantándose de golpe, sus ojos muy abiertos. Miró desorientada a su alrededor, preguntándose qué había pasado… todo había sido tan real, la sensación de la caída, el temor inminente a la muerte, todo, absolutamente todo. Sin embargo, estaba en un lugar totalmente diferente al que se suponía que debería estar… ¿dónde? ¿Cómo había sido trasladada a esa mullida cama que sentía bajo su cuerpo? Justo hacía unos minutos había estado intentando salvar a su hermana de una caída inminente desde un piso treinta, luego había visto su vida pasar frente a sus ojos, se llenó de recuerdos del día en que todo empezó, recuerdos del día en que su hermana había sido comprometida con Caspian Montenegro, recuerdos de cómo fue separada de su hermana, recuerdos de cómo ella misma tuvo un matrimonio sin amor y una vida totalmente dedicada a su trabajo, y en ese justo instante… de repente estaba ahí, en esa cama, como si todo hubiera sido solo un mal sueño. Pero no… eso no había sido un sueño, sabía perfectamente que no lo había sido, recordaba todo demasiado vívidamente, nunca antes en su vida había pasado por emociones tan intensas como cuando vio a su hermana al borde de ese balcón, sonriéndole de esa forma, queriendo despedirse… El dolor y el miedo aún le quemaban en el pecho, sus manos aún temblaban, el arrepentimiento y amargura por no haber sido una mejor hermana eran dos sentimientos que claramente no saldrían de su mente, estaban marcado con fuego, como si quemara con total intensidad… y sabía que eso no podía haber sido solo un sueño. Volvió a mirar a su alrededor, esta vez con su mente más clara, y pudo discernir mejor donde estaba. Este lugar era… su viejo cuarto, donde había vivido toda su vida cuando estaba en casa de sus padres. ¿Qué hacía ahí? La respiración aún le temblaba en el pecho, pero en ese momento no se trataba del miedo, sino de una mezcla extraña entre asombro y nostalgia que la tomó por sorpresa, como una ráfaga de viento frío que se cuela por una r*****a que creías sellada. La habitación estaba intacta. Esa realmente era su habitación de toda la vida, la que hacía años no veía… no desde que se había casado con Charles. Las paredes mantenían ese azul profundo que tanto le gustaba de adolescente, con pinceladas de violeta en los bordes, elegidas una tarde de verano junto a su hermana, cuando ambas insistieron en que no necesitaban ayuda profesional para pintar y se pusieron manos a la obra juntas, como ese gran equipo que solían ser, ¿dónde había quedado ese compañerismo que las había protegido de unos cuantos idiotas que habían querido pasarse de listos con ellas? Siempre juntas, siempre dispuestas a apoyarse mutuamente. En las paredes colgaban los mismos posters de antaño: una ilustración del protagonista de su videojuego favorito, una imagen brillante de la princesa guerrera Aeris montando su grifo dorado, y un cartel medio descolorido de Los Guardianes de Miraglen, una saga de juegos que había marcado su infancia. En la esquina del estante, al lado de una lámpara en forma de estrella, descansaba su vieja colección de figuras y muñecos, tal y como los había dejado. Sobre el escritorio, cubierto por una ligera capa de polvo, seguía el portarretratos donde ella y su hermana posaban con coronas de papel y alas de mariposa hechas de tela y alambre. Marina sintió un nudo en la garganta al verse a ella y a su hermana tan pequeñas, en la época en la que fueron más unidas que nunca. —¿Cómo puede estar todo esto aquí… exactamente igual a cuando lo dejé? —murmuró en voz baja, casi con miedo de despertar de alguna clase de sueño. Las cortinas seguían siendo las mismas, unas livianas de tul violeta que dejaban pasar la luz de la mañana como si fuera magia líquida. Bajo la cama, asomaban sus viejas pantuflas con orejas de gatitos, regalo de su hermana en su cumpleaños diecisiete. —¿Estoy… muerta? Debo estarlo —se dijo a sí misma en voz baja, casi temiendo la respuesta. ¿Era eso el cielo? ¿Un rincón diseñado con los recuerdos más felices de su vida? Pero el frío seguía en su pecho, el temblor en sus manos era real. Y el dolor, el dolor de haber perdido a su hermana, de haber llegado tan tarde… ese no se iba. ¿Era acaso un sueño muy elaborado que su mente construía como un refugio mientras agonizaba después de la caída? ¿Acaso la caída no la había matado instantáneamente y, contrario a ello, deliraba por el dolor, creyendo que estaba en un lugar feliz en vez de al borde de la muerte? Y, sin embargo, ahí estaba. En su cuarto. Envuelta en recuerdos, rodeada de todo lo que había amado antes de que la vida se volviera tan dura. —¿Qué está pasando…? —susurró—. ¿No debería estar muerta? Sé que debería estarlo —se dijo a sí misma hablando en voz alta, pero luego se levantó a toda velocidad de la cama, ya sin soportar la incertidumbre que le corría por las venas. Sí, debería estar muerta, era imposible sobrevivir a una caída de esa altura. Ni siquiera creía posible que estuviera agonizando, debió ser una muerte instantánea, así que lo que estaba viendo… esas imágenes tan nítidas… solo podían ser el cielo… o bien el infierno, torturándola con el recuerdo de lo que tuvo y lo que perdió. Corrió hacia el espejo para mirarse. Todo estaba normal, incluso se veía más joven. ¿Dónde estaba la marca que se había hecho en la cara cuando había caído del caballo mientras iba de cacería en viaje al sur con su esposo, Charles? Revisó también su brazo derecho y no estaba la cicatriz de la vez que había ido con Charles a África y un mono la había mordido. —Ja… ese día fue muy divertido —se dijo a sí misma Marina, logrando sonreír un poco, pero aún ahogada en confusión porque aparte de estar en su vieja habitación parecía que había retrocedido a ser su antigua yo. Incluso algunas canas que le habían salido por el estrés del trabajo ya no estaban ahí… No, no había nada de eso, no había ningún rastro de nada que le recordara a Charles ni a su ajetreada vida de casada, después de ser separada de Giselle. Decidió ir a buscar a alguien, porque se le hacía extraño no estar en la casa que compartía con su esposo, siquiera. Pero cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue a su hermana parada del otro lado mirándola con horror. —Marina… yo… acabo de soñar que me estaba lanzando por un edificio y tú ibas tras de mí —expresó abrazándola fuertemente y casi echándose a llorar. Marina se sorprendió. —Eso mismo acabo de soñar yo, hermana —aseguró la más joven, sintiendo que algo no estaba bien en todo eso. En ese momento ambas se miraron fijamente. No, no podía ser que ambas hubieran soñado lo mismo. —Pasa y cuéntame con lujo de detalles lo que soñaste —pidió Marina, antes de mirar hacia afuera y asegurarse de que no hubiera nadie en los alrededores. Cerró la puerta rápidamente y se encerraron a hablar del sueño. Giselle contó todo y ella también, llegando a la conclusión de que era muy extraño haber soñado lo mismo, y recordar las mismas cosas. —Dudo… dudo que eso… o esto… sea un sueño —dijo Giselle al final, y Marina solo pudo asentir en silencio. Se quedaron calladas un momento, y luego ella miró fijamente a su hermana mayor. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó al final Marina, mirándola con tristeza y sabiendo que lo que fuera que su hermana le dijera, seguramente la marcaría fuertemente y la haría sentirse la peor escoria del planeta. El rostro de su hermana se ensombreció y Marina tragó saliva, deseando saber de verdad qué había sucedido en la vida de su hermana después de tanto tiempo en el que casi no se veían, en el que llegaron a pasar un año entero sin saber la una de la otra. —Caspian Montenegro… él arruinó mi vida, Marina… yo… ya no pude soportarlo… —Bajó la mirada, notándose realmente avergonzada. Las palabras de Giselle retumbaron en la cabeza de Marina al saber que ese hombre del demonio había sido quien había lastimado a su maravillosa hermana… tal como el mismísimo Bastián Montenegro, padre de Caspian, había dicho el día del compromiso. “Su propio padre lo advirtió… y yo no lo escuché… todo esto es mi culpa… yo… yo debí detenerlo en ese momento…” —pensó Marina, odiándose a sí misma y deseando poder hacer algo para darle la alegría que su hermana necesitaba. Escucharon un ligero alboroto afuera de la mansión y ambas se acercaron al balcón del cuarto de Marina. Su padre iba llegando al lugar a caballo, llamando a todos los trabajadores para que se apresuraran. —¡Rápido! ¡Rápido! ¡Quiero todo listo! ¡Bastián Montenegro vendrá hoy para hablar sobre el compromiso de su hijo con Giselle! —gritó su padre desde abajo y ambas hermanas se miraron con horror. ¿Cómo era eso posible? Era la misma situación que habían vivido siete años atrás, cuando su padre había llegado emocionado por la visita de su viejo amigo. —No puede ser. Giselle se llevó ambas manos a la boca con desesperación, como si estuviera a punto de ponerse a llorar desesperadamente. Marina corrió a buscar su teléfono, encontrándose con el antiguo modelo de smartphone que utilizaba años atrás, en el cual se veía la fecha claramente: 15 de octubre de 2016. Era el día en que comprometieron a su hermana con Caspian Montenegro… tenían una segunda oportunidad para cambiar las cosas y Marina no pensaba desaprovecharla. Menos porque recordaba a la perfección cómo fue ese maldito día… el día en el que todo empezó a derrumbarse, sin que ella siquiera se diera cuenta sino hasta que fue demasiado tarde… Definitivamente, Marina Darling destruiría, fuese como fuese, la vida de Caspian Montenegro. “Lamentarás el día en que te metiste con mi hermana, escoria” —pensó Marina. Estaba totalmente decidida a destruirlo en esa segunda oportunidad.
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