—Realmente hemos regresado en el tiempo, hermana… —murmuró Giselle—. Hemos regresado al día que selló nuestras vidas… la vida me castiga por haberte arrastrado conmigo en mi muerte… y ahora debo revivir mi infierno, volviendo a casarme con Caspian Montenegro…
Marina no sabía cómo había sucedido, pero miró a Giselle rápidamente, quien estaba empezando a llorar con desesperación.
No, no podía permitir que su hermana sufriera nuevamente, tenía que hacer algo.
—Marina… sé que me vas a odiar por esto, pero… yo siempre amé a Charles —reveló Giselle, sin poder dejar de llorar—, lo amé toda mi juventud y cuando me enteré de que mi padre te había comprometido a ti con él, sentí que era lo más injusto, pero sabía que no podía ir en contra de lo que él quería.
El llanto de Giselle hizo sentir peor a Marina.
Su hermana se había callado todos esos años el dolor de haber estado con una persona que no amaba, pero, más aún el dolor de ver a su propia hermana junto a esa persona.
—Yo… nunca estuve con Charles más allá de ser grandes amigos —confesó Mairna—. Nunca dormimos juntos, nunca nos besamos… simplemente éramos amigos porque nunca sentí ningún deseo de estar con él —agregó.
Giselle la miró, calmando ligeramente su llanto y ella solo pudo poner una mirada de comprensión.
—Fui una terrible esposa para Charles… nunca le di nada de mí, porque… nunca me hizo sentir nada. En cinco años de matrimonio, solamente fuimos grandes amigos y yo… yo pensé que con eso bastaba, pero… tú pudiste ser feliz con él y ahora me siento más culpable que nunca, especialmente porque yo sé lo que pasó entre ustedes durante nuestra noche de bodas, él me lo confesó todo —explicó Marina.
Nunca se había atrevido a decirle nada a su hermana sobre que sabía la verdad, pero tampoco habría imaginado que su hermana estaba sufriendo tanto mientras Marina recorría el mundo con el hombre que Giselle siempre amó.
—Yo… lo siento mucho. —Marina abrazó a Giselle, comenzando a llorar también—. Sé que no puedo enmendar mi error, pero… puedo darte la oportunidad de cambiar de lugar.
Se separaron y Marina miró fijamente a su hermana mayor.
—¡NO! ¡¿Estás loca?! ¡¿No estás entendiendo que Caspian Montenegro hizo de mi vida un infierno?! —Giselle estaba completamente fuera de sí, como si lo que hubiera dicho Marina en ese momento fuera una total locura.
—¡Ja! No creas que soy una debilucha, hermanita. No tengo ningún tipo de interés en el amor y mucho menos en tener un vínculo s****l de ningún tipo con algún hombre. —Marina se encogió de hombros, demostrando que realmente nada de lo que ese patético sujeto hiciera la incomodaría—. No hay forma de que Caspian me haga sufrir, porque no será como si me privara de la posibilidad de amar a alguien… yo no puedo amar.
“Y, mientras, puedo vengarte, Giselle” —pensó Marina, sabiendo que no podía decirle esas cosas a su bondadosa hermana, ya que ella jamás permitiría que la más joven se arriesgara de ese modo.
Giselle no parecía del todo convencida, pero en ese momento escucharon alguien tocando la puerta y tuvieron que ir a abrir.
Abrieron despacio y, del otro lado, se encontraron a su institutriz, Tania, quien entró con esa actitud severa de siempre.
—Señoritas, deben alistarse para cuando llegue el señor Montenegro —explicó sin titubear—. Marina… tú irás a servir las bebidas a tu padre y su invitado. —Marina asintió, mientras Giselle puso cara de preocupación, pero eso ya había pasado una vez, Marina recordaba cada instante de esa reunión.
Tania caminó hacia el armario de Marina y sacó la ropa que utilizaría ese día y unos zapatos a juego, colocó sobre la cómoda algunos artículos de cuidado personal y dio las indicaciones.
—Giselle, tú vendrás conmigo, debo prepararte para el día del compromiso oficial, por ahora sólo se realizará una conversación para finiquitar y es mejor que solo esté Marina presente. —Tania tomó a Giselle por la muñeca y la arrastró hacia la puerta, mientras ella solo miraba a Marina con preocupación—. Debes estar lista en máximo una hora, Marina, Jonás te ayudará con las bebidas y te dirá en qué momento debes llevarlas.
—¡Déjalo en mis manos, Tania! —exclamó como si estuviera emocionada, fingiendo que realmente quería ir a hacer eso.
Y sí, evidentemente sí quería… pero para lograr estar en el lugar correcto, en el momento correcto, e impedir a como diera lugar el compromiso de Caspian con Giselle.
Entró al baño con una sonrisa maquiavélica… ese día sería el principio de su venganza.
…
Después de un par de horas, Marina estaba dando vueltas de un lado a otro frente a Jonás, su mayordomo, quien parecía hastiado de verla caminar con tanta desesperación.
—Señorita Marina…
—No, Jonás, estoy bien, solo quiero ir a llevar las bebidas cuanto antes.
¿Por qué tardaban tanto? No recordaba que hubieran tardado tanto la primera vez que sucedió, ¿o sí?
Escuchó la puerta principal abrirse y ella vio por una r*****a de la habitación en la que se encontraba cómo las mucamas ayudaban a retirarse el saco a Bastián Montenegro, mientras su padre lo invitaba a pasar a la sala de reuniones.
Excelente. Era su momento.
Marina esperó un poco más y de inmediato pudo ver cómo Jonás preparaba toda la bandeja que la joven rubia llevaría.
Ella sabía lo que le correspondía hacer, pero escuchó toda la explicación de Jonás, porque tenía que aparentar ser la joven de 24 años que había ido a escuchar la conversación de Arnold Darling con Bastián Montenegro.
Lo único que no se había planteado Marina era qué iba a decir… o cómo iba a decirlo. Era una completa locura, pero estaba dispuesta a condenarse, si era necesario.
—Es hora —avisó Jonás, haciendo que Marina se preocupara por lo que iba a decir, pero conocía el diálogo y también sabía perfectamente cuál podría ser el momento idóneo para hacer algo.
Caminó hacia el estudio de su padre y tocó la puerta. Escuchó cómo su padre la mandaba a pasar y siguió todos los pasos que había seguido esa vez, sin errar en ningún momento y manteniendo siempre la sonrisa.
Y más cuando Bastián le dio una sonrisa tan cálida, tan amena, como si el mundo fuese perfecto al mirar a ese maravilloso hombre… ¡qué diferencia tan grande con su despreciable hijo!
Marina siguió la conversación, hasta el punto exacto en que consideró que sería idóneo intervenir.
—Es que… amigo mío… no digo que el problema sean tus hijas… el problema más bien es mi hijo… por algunas de sus actitudes que… bueno, es un buen muchacho, pero… tiene… algunos detalles que… —El pobre Bastián no sabía ni cómo terminar la frase.
—¡Ja! Hay muchachos que son bien desagradables, pero nada imposible de domar… si se conoce bien cómo jugar las cartas con ellos —afirmó con un carisma inigualable Marina.
Bastián la miró con una sonrisa.
—No conoces a mi hijo… ha intentado muchas veces cumplir con mi capricho de, bueno, ya sabes, intentar conseguir pareja por sus propios medios. Así que… bueno, digamos que esta es mi única oportunidad de aspirar a tener un nieto, por lo menos —expresó, como si estuviese realmente avergonzado, Bastián Montenegro.
Así que ese era el motivo de la alianza… pero Caspian nunca había querido tocar a su hermana.
—Seguramente yo podría domarlo —expresó con una sonrisa confiada Marina, haciendo que su padre la mirara con sorpresa, como si estuviera horrorizado por sus palabras.
Sin embargo, Bastián sonrió.
—Vaya… parece que tu otra hija está dispuesta a competir con su propia hermana.
—¡Marina! —la regañó su padre y ella solamente dio una sonrisa traviesa.
—Supongo que un estirado como ese necesitará alguien que pueda… eh… dominarlo. Y mi hermana no es que sea la más… ya saben, dominante. —No era un buen argumento, lo sabía, pero necesitaba hacer algo.
Bastián arqueó la ceja.
—Mi hijo es un ser imposible de dominar…
—¡Pero yo quiero casarme con él! —aseguró Marina, haciendo que su papá la mirara con el rostro enrojecido.
Sí, definitivamente estaba en problemas. Había jugado cartas muy extremas y estaba avergonzando a su padre ante su amigo.
—¡Jovencita! ¡Fuera de aquí! —gritó el hombre.
Bastián, en cambio, miró con un poco de desagrado la escena y bufó.
—Supongo, viejo amigo, que necesitas arreglar las cosas con tus hijas. Preferiría que retomemos esta conversación otro día —expresó Bastián levantándose—. Un gusto en verte.
Marina miró fijamente cómo el hombre caminaba hacia la puerta y se retiraba, junto con una mucama que apareció para acompañarlo a la entrada, lo que indicaba que seguramente había estado afuera del estudio esperándolo.
La puerta principal se cerró y, segundos después, escuchó cómo el puño de su papá se estampaba contra una de las mesitas rompiéndola en mil pedazos.
—¡Exijo una explicación ahora mismo, Marina! ¡¿Qué clase de falta de respeto es esta?! —gritó indignado el hombre.
Marina estaba en grandes problemas, nunca había visto a su padre tan enojado.