Marco y Sariel reposaban en el lujoso sillón largo de la sala contigua a sus aposentos, con los ojos cerrados, pero sin quedarse dormidos. Simplemente disfrutaban de la calma de esa tarde invernal y de la compañía del otro. Escuchaban a Eirwen cantar y saltar, jugando con Kailus en la sala. Si bien el hada ya estaba muy grande para juegos, aun así, le gustaba pasar tiempo con su hermana, y de paso no quería que sus padres se preocuparan por estar pendientes de la traviesa nena. Sariel abrió los ojos, viendo el bello rostro de su esposo. Relajado, como pocas veces lograba estar en la semana. Acarició su cara libre de barba. Si algo no le gustaba al mago de su genética ninfa es que no era velludo como los demás hombres, pero eso a Sariel no le importaba, y de hecho la facilitaba el trabajo

