Capítulo 3: No necesito una niñera.

1811 Words
Narra Paul Cuando mi madre llega de visita, siento que me tenso un poco. Entiendo que quiera apoyarme con los temas de mi hija, pero algunas veces siento que me acosa. —¿Cómo puedes estar trabajando en el comedor? Paul, este espacio es para comer, ¿Dónde está Aitana? Ella debería estar cenando con su padre. —Mamá… —¿Qué ha pasado con el hombre psicorrigido? ¿Dónde está ese Paul que no tolera el caos y el desorden? —Ese Paul está entrando en una crisis porque me estás dando más razones para estar ansioso. Tengo mucho trabajo, tanto que no tengo espacio para esa psicorrigidez de la que hablas. Ella niega con su cabeza. —Me haces recordar a tu padre, siempre llegaba a casa para tener con su familia las tres comidas, pero de la nada, empezó a traer el trabajo a la casa. Veo que vas por el mismo camino. Rodé mis ojos y traté de mantener la calma. —Estoy bien, mamá. Gracias por preguntar. —Iré a una de las habitaciones vacías, quiero descansar. Está molesta, es obvio. La mañana siguiente apenas sonó mi alarma, me puse de pie y me organicé para entrenar, hacer ejercicio me ayuda a mantener cuerdo. La compañía está en un buen momento, estamos creciendo aún más y eso amerita tiempo, esfuerzo y más trabajo duro. Mi actual casa en Londres es una mansión, quería mucho espacio para mi hija, quería todo el espacio suficiente para ella. Todas las mañanas troto por los alrededores y hago algunas pausas para hacer flexiones, estiramientos, entre otras cosas; sino, voy al gimnasio que tengo aquí mismo y hago algunas rutinas. Estaba agitado, respiraba de manera controlada. Cada que pasaba por el ventanal que da la a la sala de estar observo al interior. Llevaba dos vueltas y siempre veía lo mismo, no había nadie merodeando aún por la casa. Aún el sol no sale, pero en mi tercera vuelta, miro hacia la ventana y veo algo que me hace frenar en seco. —Mamá, me vas a matar si sigues sorprendiéndome así. Mi madre estaba en su bata de dormir, tenía una mascarilla en su rostro y estaba cruzada de brazos. —¿Qué haces ahí? No son ni las seis de la mañana. —Exacto, es demasiado temprano para que la alarma de Aitana suene ¿no crees? —¿Qué? Ella hace una señal con su mano para que entre a la casa. Dios, dame mucha paciencia. La relación con mi madre ha mejorado, ella ha sido de mucho apoyo para mí y entiendo que se preocupe y por eso quiera estar al pendiente de mí, de Aitana. Siempre cuida de mi salud me pide hacerme chequeos médicos, lo entiendo. Pero siento que ella aún no ha querido comprender, que ya estoy bien y que estoy tratando de tener un poco de independencia. Nada va a pasarme, nada de lo que antes ocurrió, volverá a sucederme, ya aprendí la lección. He hecho las cosas bien, estoy siendo precavido y mucho más desconfiado. Ahora soy más selectivo y eso mismo trato de aplicarlo en mi hija. —¿Qué pasa mamá? —Eso quiero saber, ¿Qué pasa? —¿Qué pasa de qué? Junté mis cejas y la miré extrañado. —La última vez que vine, Aitana estaba en clases de español, de música y arte. —Sí, así es. —Ahora está en clases de francés, equitación, ballet, música, arte y literatura. ¿Qué es todo eso por Dios? —También natación, ya hablé con un instructor de tenis para que empiecen a entrenarla. Mi madre abre sus ojos y niega con la cabeza. —¿En cuántas clases extracurriculares estuviste? —No lo sé, ¿tres? —Sí y las comenzaron a los siete años, cuando las responsabilidades académicas aumentaron, las clases extracurriculares disminuyeron. No podía saturarlos, por Dios santo, Paul Longworth. —Mamá, Aitana aprende muy rápido. Ella es una niña lista, hay que explotar todo lo que sabe. —Creo que es demasiado, cariño —dice mi madre—. Aitana es una niña muy lista, pero que aprenda un nuevo idioma en este momento, es demasiado. Tiene seis años, hablas inglés y español, creo que el francés puede esperar. Déjala tener tiempo libre o que haga alguna actividad divertida. —A ella le divierte aprender idiomas, mamá —respondía eso siempre sin darme cuenta que empezaba a saturar y sobre estimular a mi hija. Mi propósito estaba claro, Aitana sería la mejor en todo, una niña que sobresaliera, quiero que ella sea grande; una mujer a quien admiren y respeten. Eso no se logra de la noche a la mañana. Se debe cultivar para luego recoger esos frutos. No quería que mi hija en sus tiempos libres invirtiera su tiempo en actividades que no dejaran nada en ella, una persona desocupada no es productiva. Además, desde hace un par de años se me hace complejo seguir de cerca lo que hace por lo que prefiero que esté en diferentes clases a lo largo del día, en vez de estar en casa sin hacer nada. —Hoy me quedaré con ella, de vez en cuando es bueno que sienta el calor de alguien. —Iré a terminar de ejercitarme, luego hablamos. Volví afuera y seguí con mi trote. Un rato más tarde, estaba terminando de anudar mi corbata para irme al trabajo, a primera hora debo ver a un socio. —Señor, el desayuno está servido. —Bajo en un momento, gracias. Me puse mi reloj y salí a toda prisa, tenía el tiempo contado. —Buenos días. Hola, Aitana. —Hola, papá. Mi madre estaba junto a ella, le ayudaba con el desayuno. —Aitana come su desayuno sola, mamá. Se acostumbrará y luego querrá que alguna de las empleadas lo haga. —Lo sé, sé que come sola, pero las abuelas hacemos esto. Los padres también lo hacen. —Mamá, ¿sigues mole…? Mi móvil suena y era mi asistente, mi socio adelantó la hora de encuentro por lo que debo irme. —Lo siento, debo irme. No alcancé a tomarme ni el café. —¿Te irás? —Mi socio me espera, nos vemos en la noche. Aitana, espero que te vaya bien en las clases, escucha a tus tutores y obedece. —Sí, papá. Salí corriendo de casa bajo la mirada aterradora de mi madre. Ese día fue como todos los anteriores, una agenda llena por cumplir y muchos compromisos nuevos que seguían apareciendo. Sin darme cuenta, mi vida empezó a girar en torno a una sola cosa, al trabajo. Ya no estaba viendo el trabajo como una forma de hacer dinero para vivir dignamente, sino que estaba viviendo toda mi vida para trabajar, descuidando algo importante. Volví a casa por la noche, dejé mi maletín en una repisa mientras me sentaba un momento. Solté un suspiro y aflojé mi corbata. —¿Un día pesado? Miré a mi madre bajar las escaleras. —Demasiado, diría yo. —Aitana ya está dormida, la acompañé en su cuarto hasta que cerró sus ojos. Me pidió que le contara una historia y cuando busqué en su mesa de noche un libro para leerle, me encontré con libros de historia. No sé a quién se le ocurre contarle a una niña antes de dormir la historia de una guerra entre países. —No son de historia, son de cultura general. Cosas que todo el mundo debe saber. A su edad ya las sabía, así que creo que está en una edad para… —Solo necesita cuentos populares, cuentos infantiles, para niños —recalca eso ultimo—. Paul, sé que amas a Aitana, a pesar de no ser ese hombre expresivo con ella, sé que la amas y quieres darle muchas bases para que más adelante sea grande y estoy segura que así será, pero, tienes que parar un momento y pensar bien las cosas. —A ella no le gustan los cuentos infantiles, mamá. Es una niña con mucha madurez. —Es una niña, con madurez o no, es una niña. Deja que tenga sus etapas como todos los niños. Deja que tenga amigos, que haga cosas creativas en compañía de otros pares. Todo el día está en un auto blindado rodeada de hombres que parecen gorilas. —Son sus guardaespaldas, ellos la protegen. No me gusta que mi hija esté rodeada de muchas personas, nunca se sabe quiénes son en verdad o que intenciones tengan. Una vez arruinaron todo lo que era y lo que tenía por no saber a quién le permitía entrar en mi vida, no dejaré que eso le ocurra a Aitana. —¿De qué? ¿de qué la protegen? Aquí están a salvo, todo está bien. —Mamá, no empecemos con esto. Acabo de llegar, estoy cansado, fue un día largo. —¿Así es todos los días? —¿Qué cosa, mamá? —pregunté levantándome del sillón. —Que solo ves a tu hija a la hora del desayuno y luego la vuelves a ver a las veinticuatro horas. Que no le preguntas como está o como le fue en todas esas clases, ¿Cómo sabes que ama los idiomas si no le has preguntado? ¿sabes que empiezo a creer? Que haces todo esto para ignorar la parte en la que no aceptas, que no tienes tiempo para tu hija y por eso prefieres mantenerla ocupada todo el día. —No es así. —Sí lo es, acepta que tú no tienes el tiempo para cuidar de ella. Si yo tuviera oportunidad de mudarme y cuidar de ella lo haría, pero no puedo dejar a tu padre solo y menos ahora que está enfermo. —No tienes que cuidarla, ya tiene quien se asegure de que llegue a casa a salvo. —No me refiero a ese tipo de cuidados, me refiero a alguien que le haga compañía. Que esté pendiente de sus cosas. —Ella hace sus cosas por si sola, mamá. Cuando era una bebé necesitaba de los brazos de todos nosotros, pero ya sabe cómo ser funcional. Eso es bueno, ¿no crees? —No, en realidad no lo es. Deberías abrir espacio en tu agenda y sacar tiempo para ella, eres el CEO puedes hacerlo. Si fueras un triste empleado sin posibilidades lo entendería, pero tú eres el CEO, Paul. Mi madre suelta un suspiro y muerde ligeramente sus labios. —Conozco a alguien que tiene una agencia, una vieja amiga. Puedes contratar a una mujer preparada para que cuide de ella; alguien mucho más joven que tenga la energía para jugar con ella y ayudarle a Aitana con todo lo que necesite. Hice un gesto de disgusto y negué con mi cabeza. —No, mi hija no necesita una niñera.
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