Narra Paul
Deseaba un nuevo comienzo, quería cambiar mi vida, empezar de cero. Para eso tuve que tomar decisiones, la primera fue; cambiarme de residencia. Viví en Madrid los mejores y los peores años de mi vida, quise dejarlo atrás y por eso me mudé aquí, a Londres.
La multinacional que manejo desde hace varios años, la radiqué aquí como sede principal y agradecí el que mi padre no se hubiera opuesto. Creo que él y mi madre entendían por lo que pasaba en aquel entonces.
En Londres encontré una nueva oportunidad, pero no sabía que esa oportunidad llegaría a través de un pequeño ser que cambió completamente mi vida.
Seis años atrás.
—Señor Longworth, le llamamos desde el hospital central de Madrid.
—¿Hospital central?
No entendía por qué me llamaban de tan lejos, ya no tenía nada en Madrid que resolver y menos en un hospital. En ese momento mi memoria estaba desubicada.
—Así es, señor. En la base de datos que tengo usted está como referencia de la señorita Villacob, Camila Villacob.
—Oh, sí. ¿Pasa algo con ella?
Me había olvidado de Camila por completo. Me levanté de mi escritorio y froté mis sienes.
—Señor, la señorita Villacob, será llevada a quirófano, necesitamos hacerle una cesárea urgentemente. ¿Usted puede acercarse? Necesitamos que firme unos consentimientos.
—No estoy en Madrid, pero tomaré el primer vuelo. Por favor, hagan lo que deban hacer mientras yo llego al hospital.
La última vez que pedí un reporte me dijeron que todo iba bien con Camila, solo que no quiso ir a uno de sus controles, de nuevo uno de esos berrinches para manipularme y forzarme a ir a verla, pero no lo haré. Me mantengo en cumplir mi palabra, le ayudaré y trataré de que esté cómoda en su celda hasta que nazca el bebé. Luego, que lleve el mismo ritmo del resto de prisioneras.
Mi actual asistente se encarga de encontrar un vuelo para mí, no pude llevar muchas cosas conmigo, no me dio el tiempo para ir a casa.
Aquel vuelo tardó un par de horas, durante ese tiempo no tuve mucha información. Llegué al hospital y pedí información.
—Ella ingresó el día de hoy, se llama Camila Villacob; es una… es una prisionera, viene de prisión de mujeres de Madrid.
—Oh, sí… ella ingresó el día de ayer, fue remitida por urgencias.
—¿Ayer?
—Sí, eso es lo que tengo aquí reportado. Su ingreso fue el día de ayer.
Asentí algo confundido, no sabía nada.
—¿Dónde está ella? ¿puedo saber cómo está?
—Vaya al piso dos, pida información ahí. Creo que debe estar en cirugía.
Hice lo que me dijo, subí al siguiente nivel, pedí información y me dijeron que le estaban haciendo una cesárea de emergencia, al parecer el estado de Camila no era el mejor.
—¿Cómo que no era el mejor? ¿por qué?
—¿Señor Villacob?
Miro hacia atrás y me encuentro con un oficial.
—Oficial, ¿Qué sucedió con Camila? Me dijeron que está desde ayer, ¿por qué no me lo habían reportado?
—Ella pidió que no se le notificara, pero…
—¿Ella lo pidió? ¿los oficiales hacen lo que dicen los prisioneros?
—Señor Longworth, creo que se está sobresaltando.
—Claro que me sobresalto, es mi hijo el que está por nacer. Nadie me dijo que ella no estaba bien de salud. Entonces ¿para que pagaba los beneficios que tendría?
—Eso debe hablarlo con la administración de la penitenciaría, no conmigo.
No dije más, sabía que todos se lavarían las manos de ahora en adelante.
—Quiero entrar, quiero estar presente en el nacimiento.
—Debo, debo preguntar primero, señor Longworth.
—No tiene que preguntar nada, solo dígale al doctor mi nombre y ya.
Antes de irme, todo quedó planeado. Ella daría a luz en este lugar, yo debería estar dentro de ese quirófano en este instante. No sé qué pasó, pero si se supone que ella tendría acompañamiento en los meses de embarazo, ¿por qué se presentan las complicaciones?
—Señor Longworth, lo siento, me dijeron que no puede pasar.
La mujer se veía algo preocupada.
—¿Por qué? El doctor sabe que…
—Tenemos a otro doctor a cargo, señor.
Esto no debía estar pasando.
—¿Dónde está el doctor Foster? Se supone que el atendería el parto de Camila.
—El doctor Foster no estará por varios días, su hija acaba de dar a luz. Él viajó a Canadá para atender su parto.
—Esto es increíble. Explíquele al doctor que sea que esté allá, que yo…
—No señor, dijeron que no podía pasar. Creo que… Fue lo que dijeron, señor.
Decidí no insistir más.
—¿Ya nació el bebé?
—No, no señor. Pero, por favor, espere por aquí, la sala de espera está por aquel lugar.
La mujer señala hacia una puerta y cuando estaba por dirigirme hacia ella, escucho unas voces y personas corriendo.
—¡Permiso! ¡Fuera del camino!
Nos hicimos a un lado y vi una camilla rodeada de muchos doctores, era una mujer embarazada, algo le había pasado había mucha sangre alrededor de ella, pero no pude notarlo bien.
Eso me erizó la piel, fue una escena bastante fuerte.
—Creo que esperaré por este lado —respondí al ver todo el caos que había.
Estuve un rato largo esperando sin saber nada de Camila o mi hija, todos los médicos que aparecían no me daban razón.
Pasó más tiempo del que pensé, pero al final, un enfermero aparece y dice:
—¿Familiar de la señorita Camila Villacob?
Me puse de pie rápidamente y fui con él.
—Acompáñeme, por favor.
Fui tras él sin hacer preguntas, me lleva hasta a un pasillo en el que está un médico esperando.
—Doctor, él es el familiar de la señorita.
—Paul Longworth, un gusto. ¿Cómo está la bebé? ¿mi hija ya nació?
Hacía preguntas mientras firmaba más consentimientos que el enfermero me pasaba.
El hombre se toma unos segundos y baja su cabeza.
—Sí, ya nació.
Por su cara pensé que algo le había pasado.
—¿Está bien? ¿La puedo ver? ¿Dónde está?
—Sí, ella… ella está bien. Es una niña hermosa y saludable, señor Longworth. En un momento la verá.
Sentía que algo malo pasaba.
—Si todo salió bien, ¿Qué sucede? Lo veo preocupado.
—Me temo que no tengo muy buenas noticias. Siempre diré que esta es la parte más compleja, señor Paul.
—Dijo que la niña nació bien, ¿Qué pasa ahora?
—No, no es con respecto a la bebé, es… es la señorita Villacob. Ella está en muy mal estado, tuvo complicaciones y…
—¿Qué?
—Llegó en un mal estado al hospital, es un milagro que la niña haya nacido bien. Si esperamos un día más la historia sería terrible para ambas.
—¿Pero estará bien?
—Debo ser realista, señor Longworth. Deben prepararse para lo peor.
—¿Quiere decir que Camila…?
Él no termina lo que iba a decir, pero asiente, es claro que ambos sabemos a lo que se refiere.
Tragué sonoramente y sentí algo extraño en mi pecho.
Mi relación con Camila no fue la mejor, más por como terminaron las cosas entre nosotros, pero saber que puede morir luego de dar a luz a nuestra hija, es… es complejo de asimilar.
El doctor tuvo razón, lo peor llegó. Solo una media hora o quizás cuarenta minutos más tarde, me dan aviso de que ella había fallecido.
Fue impactante para mí, todo llegó tan rápido que me tuve que tomar unos minutos.
Nunca me olvidaré de ese día, ese mes de abril jamás se borrará de mi cabeza. Más cuando pasé a esa habitación donde estaba, la vi en aquella camilla y le dije que aceptaba sus disculpas. Quizás debí aceptarlas antes, pero mi corazón estaba lastimado por sus actos y ahora, ahora ya no está. Solo le deseé un descanso eterno, que Dios perdone sus faltas y tenga piedad de ella. Dejé en ese lugar los resentimientos, las culpas, no quería que, en mi nueva vida, el fantasma del pasado me siguiera.
Aún no estaba del todo seguro de qué había pasado, solo sé que desde hace un tiempo descuidó sus medicamentos, no comía a tiempo, hubo faltas de su parte; fue irresponsable, pero no entiendo ¿por qué? Ella empezó bien, se estaba cuidando, pensé que se comprometería con el bienestar de la bebé. Pero durante el parto su cuerpo débil no resistió, la cesárea fue demasiado para ella y sufrió una falla respiratoria.
—Lo sentimos —fue lo que dijo el doctor—. Hicimos todo lo que pudimos, pero era ella o salvar a la bebé. Por fortuna su hija está en perfecto estado, a pesar de las complicaciones de la madre.
Mi pequeña no estuvo protegida, pero ya no será así.
Fue un día triste, pero al tiempo, fue el día más feliz de mi vida.
—Aquí está, señor Longworth. Ella es su bebé.
La enfermera me presenta a un pequeño ser, tan delicado y frágil. Mi corazón se aceleró por completo, no puedo explicar lo que sentí al ver a mi hija.
—Hola, hola…
Toqué sus manitos con mi dedo y sentía temor de no medir mi fuerza con ella.
—¿Cómo se llamará?
—¿Eh?
—La niña, ¿Cuál será su nombre?
No tenía idea, no había pensado en eso.
—Bueno, yo…
La miré y vi como mis ojos se nublaron.
—Aitana, su nombre es Aitana.
—Vaya, que nombre más hermoso. Yo creo que Aitana quiere que su padre la cargue.
No sabía ni como sostenerla, pero lo hice, era tan pequeña que sentía que con una de mis manos podría arroparla.
Cuando la tuve en mis brazos, me sentí diferente, esto nunca lo había experimentado. Es difícil de describirlo con una palabra.
—Es una lástima que las cosas se hayan dado de esta manera, Aitana. Pero yo cuidaré de ti, papá te va a proteger.