Narra Paul
Tuve una gran infancia, mis padres hicieron todo lo que estuvo en sus manos para darme recuerdos muy lindos de mi tiempo de niñez. Las vacaciones, los campamentos, regalos, las nuevas experiencias, fue genial. Amé aquella época de mi vida en la que no tenía preocupaciones. Quería que mi hija también tuviera una linda infancia, una provechosa, pero me olvidaba de algo importante y es que, cuando yo era niño, mi madre era quien estaba conmigo la gran parte del tiempo mientras que papá cumplía con sus horarios en la compañía; en eso, yo no podía hacer nada por mi hija, no podría ser igual, las razones eran obvias.
En ese punto, tenía que darle la razón a quien la tenía, en este caso, a mi madre. Por lo que, tuve que considerar la posibilidad de contratar a una niñera para ella. No para que cumpla el rol de madre con mi hija, claro que no. Pensé que sería una buena alternativa mientras yo terminaba mis compromisos laborales y abría espacios para compartir tiempo con Aitana.
La idea no era del todo de mi gusto, principalmente porque no me gustaría meter a mi casa a una desconocida y menos, a la vida de mi hija.
Salí de mi despacho y bajé al comedor para buscar aquella tarjeta que había dejado mi madre, como era algo que no pensaba usar, no lo aseguré en mi cartera como debía ser.
—¿Dónde la dejó, señor?
—Aquí en… justo aquí —le respondí a la ama de llaves tocando un punto específico de la mesa.
—¿Quiere que le pregunte a alguna de las chicas de la limpieza? Tal vez lo aseguraron.
—Sí, por favor. Se lo agradezco.
Esto me desesperaba.
Un rato más tarde, una de las chicas aparece con la tarjeta.
—Tome, señor Longworth. Menos mal la aseguré, casi la arrojo a la basura.
—Gracias, de verdad.
Tomé mi móvil y a pesar de no ser un horario laboral, marqué el número de la tarjeta.
—¿Hola?
—¿Señora Olivia?
—Sí, con ella habla.
—¿Cómo está? habla con Paul Longworth, ¿me recuerda?
—¡Oh, que sorpresa! Claro que sí. ¿Cómo está tu madre?
—Está muy bien. Ella me dio su tarjeta, disculpe que le llame tan tarde.
—No, no, está bien. ¿En qué puedo ayudarte?
—Mi madre me ha hablado sobre su agencia, no sé si para el día de mañana usted tenga disponibilidad. Es algo… urgente.
—Sí, claro que sí. A primera hora estaré en mi oficina, puedes ir cuando gustes.
La amable mujer me dio la posibilidad de ir cuando quiera, así que, al día siguiente, cuando el sol salió, yo ya estaba en las puertas de su agencia esperando por ella.
Mi consuelo ante esta decisión, es que todo era por el bien de mi hija. Ella es lo más importante, todo es por ella.
—Paul, hace mucho no te veía. No sabía que estabas aquí en Londres.
—Sí, vivo aquí hace unos años.
—¿De verdad? Vaya, tu madre no fue tan específica el otro día que nos encontramos. Creí que seguías en Madrid. ¿por qué ese cambio?
—Pues… quería un nuevo ambiente y mi hija, es todo.
Por dentro deseaba que no hiciera más preguntas.
—Si vienes aquí, es porque requieres de nuestro servicio ¿verdad?
Asentí con mi cabeza.
—Mi madre me ha dicho que usted tiene la mejor agencia, así que por eso estoy aquí.
—Claro que sí. Contamos con el mejor equipo.
La mujer saca un folleto y lo abre frente a mí.
—Aquí podrás observar un poco del trabajo que realizan nuestras niñeras, además, en nuestra página podrás ver las reseñas que muchos padres han hecho, eso te dará mucha más confianza.
Tomé el folleto y antes de poder leerlo, ella empieza a decirme todo.
—Claramente nuestras chicas están completamente capacitadas para cumplir con su rol. Principalmente el cuidado de los niños, la supervisión. Atención de sus necesidades básicas; alimentación, baño, vestimenta y esas cosas. Así mismo, hacer monitores de su salud, estar atenta ante cualquier signo de enfermedad o malestar y hacer el aviso oportuno a los acudientes. Además de eso, en Guardianes de sonrisa, contamos con el servicio de actividades educativas y recreativas para los niños. Nuestras guardianas tienen certificación, están tituladas. Así que su pequeña contará con juegos educativos para reforzar sus saberes.
Asentía cada que ella decía algo.
—Oh, se me pasaba lo más importante. Ellas le ayudarán con las rutinas y horarios, brindarán apoyo en la administración de las tareas y deberes escolares. Además, mantener la organización de áreas específicas en las que la niña necesita desenvolverse.
No se escuchaba nada mal, después que la apoye en cumplir con sus deberes, le haga compañía y le de ayuda en esas cosas que haces las niñas de seis años, está bien. Pero necesitaba que cumpliera con otros requisitos.
—Se escucha bien lo que ha mencionado, pero me gustaría anexar algo más. No quiero sonar exigente, pero me gustaría contratar una niñera que tenga dominio en diferentes idiomas. Mi hija sabe diferentes idiomas, sigue aprendiendo y necesito que también la refuerce en eso. En casa hay reglas, ella tiene principios y modales que la guardiana debe conocer y así mismo, reforzar en la niña. La parte de aprender mientras juegan, suena bien, pero no quiero que ese tipo de metodología lleve a la niñera a ser permisiva con la niña. Mi hija, Aitana, es una niña supremamente independiente, quiero que siga manteniendo eso en ella. Que aprenda a tener más autonomía, que sea autosuficiente. Por lo que… requiero de una mujer que le enseñe hacer cosas que las niñas de seis años hacen, cosas de… cosas de mujeres.
La señora entrelaza sus dedos y frunce su boca.
—Creo que tengo la indicada. Como le dije, tenemos a las mejores en nuestra agencia. Le asignaré una con más experiencia.
Ese día salí confiado de la oficina de esta mujer, sentía que estaba dando el primer paso a una mejor relación con mi hija.
A eso de las nueve de la mañana estaba en casa esperando a Julietta, la niñera asignada. Una mujer de treinta años.
—Quiero que conozcas a alguien.
—¿A quién? —pregunta Aitana mientras camina a mi lado.
—A Julietta, ella será tu niñera.
Le señalé a la mujer y mi hija no hizo ninguna expresión, solo la vio y luego se volteó a verme a mí.
—A partir de hoy, Julietta estará apoyándote en todo. Ya no tendrás que salir a tus clases.
—¿De verdad?
Aitana abre su boca asombrada, luego veo que una sonrisa aparece. Eso es bueno.
—Sí, porque tus tutores vendrán a casa.
Aquella sonrisa se borra.
—Julietta estará en casa a partir de hoy, ¿de acuerdo? Así que, las dejaré solas para que se conozcan.
—¿Te vas? —pregunta mi hija tomando mi mano.
—Sí, cariño. Debo ir a una junta muy importante.
—Aitana, ¿quieres enseñarme un poco tu casa?
La mujer extiende su mano y la niña suelta su agarre.
—Adiós, cariño. Trataré de venir lo más pronto posible.
Ella no dice nada, solo camina hacia el jardín con Julietta.
Aquel inicio de una nueva etapa para mí y mi hija, empezó bien, pero no terminó como yo hubiese querido.
La junta se extendió más de lo que esperaba. No pude llamar a casa para decir que llegaría para la comida, por lo que solo me quedé, terminé mi compromiso y al final, volví a casa. Tenía demasiada tensión en mi cuello, todo me estaba doliendo.
—Ya está en casa, señor.
La ama de llaves siempre es amble.
—¿Cómo le fue a Aitana?
—Bueno, creo que la niñera puede responderle esa pregunta, señor Longworth. Ella está en la sala de estar, lo está esperando.
Le entregué mi maletín a la mujer para que lo llevara a mi despacho mientras yo hablaba con la niñera.
—Señor Longworth, ya está aquí.
La mujer se levanta de su asiento y acomoda su vestido.
—Señorita Julietta. ¿Cómo está? ¿Qué tal les fue hoy?
Ella sonríe de manera forzada.
—Bien, señor. Aitana es una niña muy madura y brillante.
—Sí, ella es muy lista. A medida que comparta más con ella, se dará cuenta que no solo es una niña brillante, sino que también es una buena niña.
Ella asiente y baja su mirada.
—Entonces, ¿mañana vendrá a la misma hora?
—Bueno… En realidad… No creo que pueda venir mañana, señor Longworth. Por eso lo estaba esperando. Ya hablé con mi jefa, ella enviará a alguien más. Usted me disculpará.
Fruncí mis cejas y la miré con rareza.
—¿Por qué?
—La señora Olivia le comentará, puede hablar con ella.
—Pero…
—Con permiso, señor Longworth.
La mujer pasa por mi lado y sin más, se retira. La seguí con mis ojos hasta que se perdió por completo de mi vista. Cuando miro hacia las escaleras veo a mi hija sentada en uno de los escalones.
—¿Acaso pasó algo con la niñera? —le pregunté a Aitana.
Ella levanta sus hombros en señal de no saber.