Capítulo 6: El inicio de una huelga, parte 2.

1660 Words
Narra Paul Y no, mi problema no terminaba, sin darme cuenta, esto apenas estaba empezando. Aitana había empezado una huelga, supo cómo llamar mi atención, supo cómo desestabilizarme. Es muy pequeña, es una niña, pero conoce perfectamente mi punto débil. —No sé por qué hiciste eso —decía en tono molesto. Ella me ignora y camina hacia las escaleras. —Espera ahí, señorita. No he terminado contigo. ¿Por qué hiciste eso? Me dejaste mal con tu maestra, con la coordinadora, eso lo sabes ¿no? Ella levanta sus hombros y no dice más. —Si lo hiciste para pasar el tiempo, solo por lo de tu abuela, entonces estás equivocada, señorita. Porque tendrás el resto de tus clases, ¿entendido? En mi cabeza seguía resonando lo mismo, que la razón por la cual ella estaba así, era por mi madre; hasta me enfadé, pensé que le estaba metiendo cosas en la cabeza a mi hija, pero era alguien más el que estaba en el error. —Vendrán sus demás tutoras, ¿de acuerdo? Por favor, que alguien organice su habitación, ella tiene un completo desastre allá arriba. —Sí, como ordene, señor. La colaboradora de la limpieza pasa por mi lado y yo sigo hasta la cocina. —Señor, ¿desea algo? —Necesito un tr… Sacudí mi cabeza para olvidar eso, el trago no tiene lugar en mi casa, nada que genere vicios. —Un té —corregí—. Algo que me tranquilice, he tenido un día complejo. Quería calmarme, tener la cabeza fría, tomar las cosas con calma. No debo recurrir a malos tratos para que entienda. Sus tutores vendrán, cumplirá sus otros horarios, sabrá que no se manda sola, que yo soy el papá y quien tiene el control de las cosas. —Aquí tiene, señor. —Gracias. Me tomaba ese té sintiendo que la cabeza me iba a explotar. Sería el colmo preguntarme, ¿a quién salió así de rebelde? Yo también era igual de terco que una mula. Mi madre me lo decía, así que prefiero manejar esto por mi cuenta, no quiero comentarle. ¿Será que debo llamarla? ¿pedirle que venga unos días? Yo mismo empecé a contradecirme. —No, eso no —me respondí. No puedo malacostumbrarla, no puedo traer mi madre solo para que ella le baje a su rebeldía. Le he enseñado que debe ganarse las cosas y eso es, cumpliendo con sus deberes. Se ha portado mal, no puedo premiarla. —Señor, el conductor está afuera. —Oh, dígale que voy en un momento. Terminé de tomar mi té y salí de la cocina, cuando pasé por la sala de estar, miré al segundo piso y no vi rastros de ella. —No tiene permitido usar su tableta hoy, ¿de acuerdo? Nada de pantallas. Mi hija tiene un acceso limitado a las pantallas, solo una hora por día. Hoy no tendrá premios, nada premios por la vergüenza que me hizo pasar. Esa sería mi estrategia, mi castigo para hacerla entrar en razón. Lo que no sabía en ese momento, es que, estaba desatando la ira de ese pequeño ser. Las quejas u observaciones, empezaron a llegar, una tras otra. —Señor Longworth, la señorita Aitana se niega a realizar los ensayos de la clase de música; dice que no se siente bien. Le duelen las manos. —Señor Longworth, la señorita Aitana no pudo realizar su clase de óleo sobre lienzo, se quedó dormida en su escritorio y se negó a dar la clase. —Señor Longworth, la señorita Aitana no quiso estar en su clase de idiomas. Dijo que le dolía mucho cabeza. Yo creo que debería llamar al doctor para que la revise, creo que no está bien. Sabía lo que pasaba, a mí no me engañaba. Eso fue lo que me hizo colmar la paciencia, la desobediencia, rebeldía, su manera de actuar, me había llevado al extremo, por lo cual, terminé explotando. —¿Hasta cuándo estarás actuando así? ¿Qué sucede contigo? Ella estaba peinando a una de sus muñecas. —Nada de juguetes, Aitana. Le quité la muñeca y vi como su rostro reflejó enojo. —¿No que te dolían las manos? ¿No que te dolía cabeza? Ella rueda sus ojos y baja su cabeza. —Estás llegando demasiado lejos con esto. ¿Qué es lo que intentas? Si piensas que así me harás traer a la abuela de regreso, estás muy equivocada. Sabes que la abuela debe cuidar al abuelo, ¿no? Te dije que él estaba enfermo, que no podía venir y pensé que lo habías entendido. Nunca me habías hecho un berrinche de este tipo, nunca me habías hecho pasar tanta vergüenza. Te he ido dejando pasar las cosas porque sé qué clase de niña eres, pero ya no más. Ella se lleva las manos a sus oídos y los tapa, gesto que me enfadó. —¡No puedes hacer eso cuando estoy hablando! —grité molesto, lo que hace que me vea con temor y baja sus manos de inmediato—. ¡Yo soy tu padre y tienes que escucharme! ¡No te mandas sola! ¡¿Entiendes?! El día que seas una mujer adulta, que tengas tu propio dinero, ese día puedes hacer lo que quieras, pero ahora no. Ella hace pucheros, sus ojos se cristalizan. —Eso era lo que querías, que me enojara y te gritara. Bien, ya lograste lo que querías. —No quería que te enojaras —responde con su voz temblorosa. —Pues no puedo estar feliz con lo que has venido haciendo todos estos días. No estoy feliz, Aitana. Es todo lo contrario, estoy muy triste por tu comportamiento. Porque pensé que eras una niña grande que entendía las cosas, pero me doy cuenta que no. Esto fue demasiado, llegaste demasiado lejos solo porque estabas enojada. Le diré a tu abuela lo que hiciste, también que no venga por un tiempo, ese será tu castigo. Vi sus lágrimas rodar por sus mejillas y sentía que podría quebrarme, por lo que me di la vuelta para salir, pero antes de cruzar por la puerta, escucho su voz. —No es por la abuela, es que no quiero estar todo el día por fuera de casa en todas esas tontas clases; de teatro, pintura, idiomas o equitación. No quiero nada de eso. Volví a verla y me llevé las manos a la cintura. —¿Entonces qué quiere la señorita? ¿a ver? dime, ¿Qué quieres entonces? Me imaginaba que diría algo luego yo podría refutar, pero lo que salió de su boca, fue demasiado para mí. —Quiero estar en casa, quiero ser como mis compañeras; llegar a mi casa y que mi mamá me esté esperando, pero ella no está. Mi mamá no está ¡y tú tampoco! —gritó rompiendo en llanto. ¿Qué se supone que deba responder ante eso? Aitana me descompuso con unas cuantas palabras. —El tema… el tema quedó aquí —dije con la voz temblosa. Salí de su habitación caminando a pasos largos hasta llegar a mi despacho, necesitaba estar encerrado por un momento. Sus palabras dolieron, había olvidado lo que duele o afecta cuando te dicen una cruda verdad. —…Mi mamá no está ¡y tú tampoco! Esa expresión se grabó en mis entrañas. Lamí mis labios y desajusté el nudo de mi corbata, tragué sonoramente y lo primero que llegó a mi mente fueron sus ojos cristalinos. —No puede ser. En el momento que tomé a mi hija en brazos, estaba seguro de que sería difícil, pero convencido de que lo lograría. Lamenté haberle dado una madre como la que la que di, que llegara al mundo bajo las condiciones en las que estuvo. Me sentí arrepentido de haber tenido sensaciones negativas cuando supe que ella se formaba en el vientre de su madre, pero ahora estaba feliz; tenía una nueva forma de amor, una mucho más poderosa. Sabía que mi hija era un milagro y con mi vida la iba a cuidar. Me prometí hacer hasta lo imposible por convertirla en una gran mujer, tanto que me olvidé de que este momento podría llegar. El momento de las preguntas, de las molestias, el momento en el que no podría hacer todo lo que quería para que ella no tuviera que extrañar aquella figura que siempre estaría asunte en su vida, la figura de una madre. Me desconcentré tanto, que hasta la figura paterna empezaba a ser ausente en la vida de Aitana. —Carajo —susurré. Cuando la veo así, siento que veo un reflejo diferente en ella; cuando está feliz que sonríe con amplitud, sus rasgos me llevan a otro lado, pero cuando está enojada, siento que puedo ver los ojos de su madre, Camila. Rodeé mi escritorio y tomé asiento, me desplomé en el sintiendo que había recibido una bofetada de realidad, pues hasta ese momento no había reaccionado. Entonces, ¿mi madre tenía razón? Pasé mis manos por mi barba y volví a ponerme de pie. Empecé a sentir la culpa de sus actos, empecé a darme cuenta que efectivamente mi ausencia en casa, estaba perjudicando mi relación con Aitana. —¿Qué estoy haciendo? —me pregunté siendo franco conmigo mismo. Si me pongo en sus zapatos, ella… ella ha de sentirse sola. Dios, esto no era por las clases, lo sabía, creo que en el fondo yo mismo traté de engañarme. Mi hija se sentía sola y todo era mi culpa, los compromisos me han obligado a solo verla por las mañanas y algunas veces si no tenía reuniones a primera hora podía compartir un desayuno con ella y cuando volvía a casa por la noche, al final de mi jornada, ya ella dormía. Me estaba perdiendo de muchos momentos sin darme cuenta. —¿Qué estoy haciendo? —Volví a preguntarme cayendo en cuenta de mis errores.
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