Narra Paul
Pensaba que esto sería algo pasajero, producto de una de esas famosas “rabietas” que hacen los niños, pero la verdad no fue así. Aitana empezó a ponerme a prueba, y la verdad, de qué manera.
—¿Quieres hablar?
Ella estaba recostada en su cama, abrazaba sus cobijas sin voltearse a verme.
—Aitana, quiero que hablemos sobre lo que pasó hoy. ¿Por qué hiciste eso?
Mi hija desde que nació ha sido un modelo de orden, disciplina, obediencia. Ella no es esa niña de la que hoy me hablaron, me cuesta imaginarla agrediendo a otra compañera.
—Mi amor, vine aquí para que hablemos. Quiero que seas honesto conmigo. No voy a regañarte —mencioné tratando de que ella hablara un poco, pensé que quizás no lo hacía por temor a lo que yo pudiera decirle, pero no, eso tampoco sirvió de mucho.
Solté un suspiro y reparé su habitación, no había mucho orden por aquí.
Me puse de pie y caminé un poco por el espacio, miré su peinador, luego fui a su escritorio y encontré un dibujo que ella había hecho.
Tomé la hoja de una esquina y la miré, pero ella tenía sus ojos clavados a la ventana. Fruncí mi ceño al ver en aquel dibujo a una familia, había una mujer, un hombre, un par de niños más, un gato y un jardín repleto de flores de colores.
—Oh, esto es muy lindo. ¿Quiénes son estas personas?
Supuse que no se trataba de ninguno de nosotros porque la casa no era igual o por lo menos parecida, al menos en su color, en la casa de nosotros.
—¿Cuándo hiciste este dibujo? ¿Soy yo el hombre de aquí?
La miré, pero ella no responde.
—Aitana, te estoy hablando.
Dejé la hoja en su lugar y fui a su cama, me senté en el borde de ella y miré su rostro.
—¿Estás enojada porque la abuela se fue? ¿es por eso? Lo que sucedió hoy en el ensayo de ballet, tiene que ver con…
Ella se mueve y se cambia de dirección para que no vea su rostro.
Tragué sonoramente y solté una bocanada de aire. No estaba listo para esto, ella nunca me dio este tipo de problemas, así que no sé cómo manejarlos.
—Entonces, mi hija de solo seis años me está aplicando la ley del hielo. Vaya, no lo puedo creer.
Pasé mi lengua por mis dientes e hice gestos que salieron de manera natural como producto de la ansiedad que empezaba a generarme esto.
—Paciencia —susurré para mí.
Me puse de pie y quise mantener la calma, no soy un hombre agresivo. No quiero que ella vea eso en mí. En esta casa no existe la violencia, por eso he tratado de dejar mis problemas laborales y personales fuera de aquí para que mi hija no sea un reflejo de mis malas conductas.
—Aitana, mañana debemos ir con la directora. Quiero que seas honesta y digas lo que sucedió realmente con tu compañera. En caso de que… bueno, de qué seas responsable, deberás pedir disculpas y comprometerte, a que esto nunca más se vuelva a repetir. ¿Lo entiendes?
El que no diga o haga nada, me hace apretar mis puños. Se sienta impotencia que te traten como una silla, lo que me impulsa a gritarla, pero me contengo.
—Entiendo que te guste que la abuela esté en casa, pero ella no puede quedarse con nosotros. Sabes la razón. Te molesta, lo sé. Quizás esta fue tu manera exteriorizar tu tristeza y enojo, pero no es lo correcto. Las personas a nuestro alrededor, no son culpables de lo que nos sucede. ¿De acuerdo? Lo que hiciste estuvo mal, y sé que no se repetirá de nuevo.
La miré y ella solo cerró sus ojos.
Bien, hablé con la pared entonces.
Salí de su habitación con esa sensación de confusión, enojo, asombro, tenía todo acumulado. ¿Qué pasó por su cabeza para hacer algo así? No sé si mi reacción fue la adecuada, no pensé manejar algo como esto en algún momento.
La mañana siguiente fuimos con la directora y entendía su preocupación, también la molestia de los otros padres.
—¿Dónde estaban las maestras o auxiliares? Debían estar pendiente, mire como quedó el brazo de mi hija.
La mujer estaba molesta, la entendía. Me pongo en su lugar y creo que mi reacción sería peor.
—Traje a mi niña bien, para después recibirla así. ¿Quién responde por esto? ¿Quién me garantiza que esto no pasará de nuevo?
—Lamento mucho esto, de verdad. Aitana es una buena niña, estoy tratando de entender el porqué de su reacción.
—¿El por qué? —responde la mujer en mal tono—. Quizás es lo que ve en su casa.
—Oiga, no es…
—Son niños —dice la directora tratando de mediar la situación—. Son niños, estas cosas suelen pasar. Entiendo cómo se siente, señora De Regil, para nosotros también es muy difícil entregar a los niños lastimados. Pero fue un mal entendido entre las niñas. Vimos la grabación y todo fue por su mochila, ambas son iguales y Britany pensó que era la de ella, por eso quiso tomarla. Fue cuando Aitana procedió a… bueno, ya saben lo demás.
Miraba a mi hija y ella solo estaba con su cabeza agachada mirando la punta de sus zapatos.
La reunión terminó bien, por fortuna. Mi hija se disculpó e hicimos un compromiso para que esto no sucediera. Debo decir que estar en esa posición no es fácil, pero debía asumirlo.
Ese día la dejé en la escuela, hablé de nuevo con ella y otra vez, ella no dijo una sola palabra.
Fui a la empresa con pocos ánimos, traté de mostrarme amigable, pero la verdad, hoy es uno de esos días en los que solo quiero estar encerrado en mi oficina y que no me llamen para na…
—Aquí estás.
La voz de Leticia me revuelve el estómago.
—Llevo una hora aquí parada, mis pobres talones duelen.
La mujer tenía unos tacones igual de gruesos que una aguja.
—Mira, te traje capuchino.
—Gracias, pero soy intolerante a la lactosa.
—Sabía que dirías eso, por eso lo pedí con leche de almendras.
La miré y esta me sonríe.
—Siempre sacas una excusa, así que esta vez estuve un paso por delante.
Entré al elevador y ella me siguió.
—Si no he pedido que te prohíban el paso, no es porque me agrades.
—Lo sé, es porque mi padre es tu amigo y lo estimas, ya lo sé.
—Hoy no estoy de ánimos, Leticia. Por favor, ve a tu casa o al salón de belleza, a donde sea, pero déjame solo.
Entré a mi oficina y fui cerrando la puerta detrás de mí, pero sentí que se trabó. Al girarme, me doy cuenta que Leticia ha metido la punta de su zapato.
—Con permiso.
Ella no espera a que la deje pasar, solo sigue como Juan por su casa y deja el capuchino en mi escritorio.
—Algo me decía que debía verte hoy, a buena hora, ¿no crees? No estás de ánimo y yo puedo animarte.
—No sé qué hice tan mal en mi vida pasada para que las mujeres, locas, obsesivas y fastidiosas, siempre lleguen a mi vida.
—¿Quieres un masaje?
Negué con mi cabeza y caminé hasta mi lugar. Dejé el maletín en su puesto y me preparé para trabajar.
—Tengo boletos, para la opera ¿quieres venir conmigo?
—No me gusta la opera.
—Mientes, papá me dijo que te gustaba.
La miré y fruncí mi ceño.
—Leticia, eres una buena mujer. Eres bonita, eres…
Buscaba más cualidades para resaltar, pero creo que las mencioné todas.
—Eres bonita, creo que podrías estar en otro lugar, con un hombre a quien de verdad le gustes. ¿no crees?
—Estoy justo donde debo estar.
Hablar con ella es perder el tiempo.
—¿Por qué no te gusto?
—Porque no.
Abrí mi laptop mientras lidiaba con esto.
—Pero ¿por qué no? Debe haber una razón.
—Porque no, y ya.
En el momento que decidí empezar una nueva vida, cerré las puertas de mi corazón. El amor ya no es una opción para mí. Así que prefiero enfocarme en mi hija, en mi trabajo, en lo que sea, menos en tener que entregarle mi corazón a una mujer. Ya sé lo que duele, así que no siento que esté listo para pasar por lo mismo, una vez más.
—Eres terrible, Paul Longworth. ¡Eres terrible!
Ella siempre sale de aquí molesta, pero a los días regresa como si nada.
Pasaron un par de horas cuando mi asistente aparece con su móvil en las manos.
—Tiene una llamada, señor. Es de la escuela de la señorita Aitana.
No es normal que llamen de la escuela, por lo que de inmediato me puse de pie. Pensé que algo le había pasado.
—¿Hola?
—Señor Longworth, buen día.
—Buen día.
—Lamento interrumpirlo, ha de estar ocupado. Lo llamo para informarle que Aitana no se ha sentido muy bien, ella…
No terminé de escuchar lo que dijo cuándo tiré el móvil y salí por ella. En mi angustia y afán, no llamé a mi conductor, solo tomé un taxi. Estaba tan preocupado que me olvidé de llamar al jefe de seguridad para que verificara que mi hija estuviera bien, pero no pensaba en nada.
Al llegar a la escuela, paso directo a la enfermería donde la veo a lo lejos acostada en una camilla. Mi paso fue obstaculizado por la enfermera, la maestra de Aitana y la coordinadora de la escuela.
Pensé que había sufrido algún tipo de accidente, pero lo que me dijeron fue más allá de lo que imaginé.
—Señor Longworth, Aitana le ha manifestado a su maestra que tiene un cansancio físico y metal por las constantes actividades que usted tiene para ella. Dijo que ayer no descansó bien porque no durmió sus horas completas.
—¿Ella dijo eso?
Desde donde estaba, sé que podía escuchar. La miré y de inmediato apartó sus ojos.
—Vaya, eso es… ayer se fue a la cama mucho más temprano de lo habitual.
Esa expresión suena a algo que un día yo le mencioné.
—Señor Longworth. Sabemos que los papitos muchas veces quieren explotar todo tipo de habilidades en sus hijos, y eso está bien, nosotros apoyamos las actividades extracurriculares… pero, pero no podemos sobrecargarlos con tantas obligaciones, ¿sabe a lo que me refiero?
No tuve más que asentir.
Me sentí como el padre abusivo en ese momento.
De vuelta a casa, le pregunté a Aitana por qué había dicho eso, pero su respuesta me sorprendió mucho más.
—Porque no quería estar en la escuela, por eso lo dije.
Se cruza de brazos y aparta la mirada.