Roi
La charla con William hace unos días me ha dejado estresado, pero parece que solo es una falsa alarma, todo en la compañía marcha de maravilla, al parecer. He tratado e indagar sin levantar sospecha y todo parece conforme. Aún tengo dinero de sobra en mi tarjeta de crédito y los pequeños gustos no salen sobrando.
Hoy es sábado y como todo fin de semana, disfruto de un relajante masaje ayurvédico en la comodidad de mi alberca; bajo el mando de mi sensual masajista privada; Emili. No solo tiene un cuerpo de infarto; razón obvia por la que la contraté especialmente hace unos años. Además, es mi obsesión más grande, es la única mujer que se ha resistido a mis encantos, la única que me ha rechazado de la manera más injusta y ala única que deseo con toda mi alma. Puede que nada más sea un capricho el ansiar llevarla a mi cama, más no puedo con esta locura de soñarla despierto, mientras sus manos se mueven sobre mi cuerpo desnudo. Mi cabeza se alborota, mi excitación crece y aunque se da cuenta de cómo me pone, s e hace la indiferente. Me jode su actitud, ninguna mujer con sus cinco sentidos bien puestos, despreciaría mi polla, pero ella… ¡Maldita sea! Hace que me llene de enojo por no poder siquiera rozar sus labios.
Cada sábado llega para brindarme el mejor de los servicios, y se mantiene fría. Parece que su compañía no tiene precio.
—¡Roí!, ¡Roí! —Oigo la voz grave de William desde el pasillo—. ¿Acaso este chico no tiene vida propia? Siempre tiene que joderme la vida. Ni siquiera en mis días libres, ¡caray! Que manía de malograr mi día— ¡Roí! Necesitamos hablar, es urgente.
Poniéndose frente a mí, para que le haga caso.
—Puedes esperarme veinte minutos, en verdad necesito de estos deliciosos aceites —digo extasiado con los movimientos de las manos de la hermosa Emili.
—Roí, cada minuto que transcurre, es sumamente importante para ti y el futuro de la empresa.
—¡Carajo, William! ¿Qué diablos te traes? ¡Acaso es el fin del mundo!
—Podría decirse, que sí lo es, si no dejas esa cama ahora —Levantando la voz.
Su mirada irritada y su tono de voz me alertaron de algo grande, pero no quería perder un minuto de la sesión de masajes. Era injusto que me alejara de mi bombón asesino. Pero igual seguiría con su cara agria frente a mí, sin dejarme disfrutar del agradable panorama. Así que abandono mis masajes, con todo el dolor de mi corazón.
—Dame cinco minutos, debo cancelar el pago por sus servicios —menciono sin mirarlo, pues en este instante es ella la que me cautiva con esos ojos color miel y esa boca roja tentadora. Lamo mis labios y fijo mi mirada seductora por unos segundos, hasta que esquiva la mirada. ¡Si! En el fondo la pongo nerviosa.
—Te espero en el despacho —agrega William incómodo.
Se marcha rápidamente, sin despegar los ojos de la Tablet. En verdad, William era muy inoportuno. Vuelvo a endulzar mi vista con semejante monumento, hago un cheque por sus honorarios y se lo entrego dibujando una sonrisa coqueta en mis labios.
—Bueno preciosa, veo que continuaremos el masaje después… Por lo pronto, creo que esto cubre tus honorarios.
—Me está dando demasiado, señor Henríquez —expresa firmemente devolviéndome el cheque.
—Es lo justo por tus servicios. —Tocándole las redondas nalgas.
—Señor Henríquez. Muchas veces le he recordado que yo no soy dama de compañía, soy una mujer que se gana la vida honradamente con su trabajo. —Quitándome las manos—. Así que le suplico que no confunda las cosas; el tener dinero no le da acceso a todo, menos a mí.
—Tienes mucha razón preciosa —coloco el cheque en el bolsillo de su blusa ajustada, cuantas ganas tengo de rozar esas enormes tetas— jamás haría algo que no quisieras.
Sonrío, mientras sus ojos bailan y parece resistirse a mantener la mirada fija en mí. Entonces se me ocurre algo muy loco, dejo caer la toalla, que llevo enrollada en la cintura y expongo a mi amigo erguido y ávido por una caricia.
—Debo retirarme—esquiva ala mirad e intenta no mirra, pero me acerco un poco más y hago que mi pene, roce sobre su ajustado pantalón—. Tengo otro cliente en mi agenda, señor Henríquez.
Me parta, desviando la mirada hacia mi cuerpo, ¡oh, si! Sus nervios crecen, sin duda, pude ver si erección.
—Lo siento—, expreso con picardía— se me cayó la toalla, espero que no te moleste.
—No lo hace— se gira para guardar sus cremas en su maleta.
Me acerco, deslizando mis brazos por su cintura.
—¿Qué planes tienes para esta tarde?
—Muchos, pero no con usted— aparta mis manos y se aleja—¡por favor! No insista, que no conseguirá nada de mí.
—¿No te gusto?
—No es la clase de hombre que me erice la piel.
—Tienes una manera tan tierna de hablar que hace que mis suspiros vayan en aumento— dejo salir un suspiro y me acerco un poco. Ella retrocede de inmediato.
—¿Cuántas veces tengo que ser clara con usted, señor Henríquez? Usted y yo…
—Solo dime Roí — pongo mi dedo índice en sus labios tibios que al contacto tiemblan —. Y no des por muerto un entre nosotros.
—Jamás— toma su bolsa y se aleja a toda prisa.
—Nos vemos la próxima cita. —le grito.
Ella únicamente levanta la mano y se despide.
¡Qué divina mujer!, con ese porte tan elegante, ese cuerpo de guitarra, ¡Uy! ¡Qué caderas! Muero por tocar una rola entre las sábanas, todas las noches. Estoy completamente enamorado de esa muñeca.
—¿Sigues aquí? Te dije que es urgente lo que tenemos que tratar—. William y su histeria me matan.
—Es demasiado temprano como para escuchar tus gritos de vieja loca— levantando la tolla para cubrirme.
—¿Vieja loca? Tenemos una crisis entre manos y tú…
—Shh ¡por favor! Tengo un terrible dolor de cabeza y tu voz de grillo no ayuda en nada.
—Necesito que mires esto—. Me muestra la Tablet.
Sinceramente, no sé nada de gráficos, así que únicamente son unas barras coloridas con letras diminutas, que hacen crecer mi jaqueca. Y la palabra crisis hace querer matarlo.
—En crisis nerviosa estás siempre, primo—. Menciono fastidiado—. ¿Por qué no te tomas unas vacaciones? Te caerían bien. No sé, ve a las Vegas, al Caribe, Hawái…
—¡Roí! Esto es serio —interrumpiéndome—. Estamos en la bancarrota. —Mirándome muy serio.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que bancarrota? Esto no es posible. Es una broma, ¿verdad?
—La empresa está en quiebra, desde hace medio año no hemos podido recuperarnos —Mirando su Tablet.
—¿Quiebra? Se supone que eres mi nuevo presidente financiero, ese es tu trabajo, ¿qué diablos hacías? —grito desconcertado.
—Soy tu nuevo presidente porque el desgraciado de Luca te estaba robando. —Desafiante.
—Pero, revisaste todo, analizaste cada maldito documento, todo estaba bien, ¡Se suponía que estaba bien!
—No hay muchas ventas, tenemos muchos gastos, los préstamos se han triplicado, no hay fondos suficientes para llevar el ritmo de trabajo que habíamos llevado hace meses atrás. Recuerdas a la empresa Textil Creeck.
—Sí, por supuesto —digo sentándome.
—Está arrasando con nuestros inversionistas, nuestros principales proveedores y clientes se han ido con ella, los gastos de la empresa son mayores a los ingresos, han disminuido las ventas, tenemos gastos y deudas que cada día se están haciendo mayores. —Suena desesperado.
—No puede ser verdad, seguro está jodiéndome como siempre. No entenderé de gráficos, pero entiendo de lógica ¿Cómo que mayores? ¡De qué diablos hablas! ¿Estás diciendo que no tenemos ni para pagar mi estancia en un maldito hotel?
—Ni para la gasolina de tus lujosos autos deportivos.
—¡Esto es una mierda! —. Grita.
—¡Tus gastos, son una mierda! — grita como hombre al fin— Tus excesos están desequilibrando la empresa; al paso que vamos mañana no tendrás ni para una botella de refresco.
Pierde los papeles y esa desesperación mostrada me indican que no es un invento suyo.
— Revisa tus apuntes, analiza de nuevo los documentos. Tienes que hacer algo, no puede ser posible, debe haber algún error —digo tomándome la cabeza, muy nervioso.
—Tan posible como que Olivia Klein, tú ex novia, es la nueva presidenta de Textil Creeck.
Ese nombre taladra mi cabeza y lo miro fijamente, con un poco de sorpresa.
—¿De qué diablos hablas? — interrogo.
—El socio mayoritario de la empresa, resulto ser tu ex novia. Ella, mientras fingía ayudarnos, se robaba nuestros mejores proveedores y clientes.
Expresa furioso.
—No estoy entendiendo. Como es posible que Olivia Klein sea la misma Olivia que tú y yo conocemos.
—Tampoco lo creía, hasta que puede verla.
—Maldita traidora, le fue fácil conquistar a un viejo cono Klein y hacerse de su fortuna, quien podría imaginarse que esa santa mujer llegaría ser toda una zorra.
—Es hija biológica de Klein— me aclara.
—¿Qué?
—cómo lo oyes, tu ex novia nos ha puesto en un grave aprieto. Hablé con sus abogados y no tendremos más salida que vender.
—¿Vender la empresa? ¡Jamás!
—No tenemos otra salida, los gastos ya no pueden cubrirse, tenemos que pagar a nuestros empleados y a un sí redujéramos al mínimo, no podremos salir a flote, el barco se hunde y ella tiene el salvavidas.
—¿Qué hacemos ahora? —Poniéndome las manos en la cabeza.
—Por lo pronto, llamar a una junta esta misma tarde, no podemos estar perdiendo el tiempo, cada segundo es valioso.