Capítulo 4

1280 Words
Roi Llamo a una junta extraordinaria, la mayoría no tenía idea de lo que estaba pasando, y otros se estaban oliendo las consecuencias del robo de Luca y por supuesto mis excesos, que, para este punto, ya estaba colocándome como la peor mierda. La junta empieza con muchos desacuerdos, gritos y medidas desesperadas que solo nos llevaron a la separación definitiva de la mayoría de nuestros socios. El barco se está hundiendo y algunos decidieron saltar con sus propios botes salvavidas. No puedo culparlos, ni agachar la cabeza, haciendo de cuenta que el final ha llegado para Charatex. —Señores, los puntos principales de esta crisis financiera ya están redactados en el documento. No tenemos clientes, desde hace varios meses ha estado bajando la producción. No obstante, esto no sé había notado, ya que nuestro ex presidente financiero nos seguía maquillando los números y cifras de ventas y gastos. Hace un mes la crisis llegó al límite, dejó el puesto y hoy afrontamos esta terrible noticia —recalca William escribiendo en el pizarrón. —William, ¿cómo es posible que estemos llegando a estos extremos sin darnos cuenta? —interrumpe Henry, acomodándose los lentes para leer en el documento. —Lamentablemente, todo estaba mal, Luca había manipulado las cifras para su propio beneficio. Lo consiguió, está prófugo y está fuera de nuestro radar, lo importante ahora es tomar medidas extremas para salir a flote o hundirnos —manifiesta William, muy convencido. —Y una de las medidas es Vender nuestras acciones a Textil Creeck —refiere Robert poniendo los codos sobre la mesa. —Podemos recortar personal, no podemos despedimos a los más antiguos, pues tenemos que cubrir la liquidación de cada uno. Así que tendremos que dejar ir a los nuevos; a todos los que tengan menos de un año de todas las áreas —recalca Anselmo— Una medida extrema, pero necesaria. Tenemos que hacer algo, no simplemente entregarle nuestras acciones a una jovencita que ni sabe limpiarse las narices. —No tenemos otra opción, así despidamos a todo el personal, y saquemos préstamos en los bancos extranjeros, nada puede salvarnos, en unas horas se hará pública nuestra ruina. —vuelve a recordar William. Una medida extrema y apresurada que no les estaba cayendo muy bien a nuestros directores y ejecutivos. Por las miradas y murmullos debo suponer que no están de acuerdo en acatar estas medidas. Yo mismos estoy asimilando esta ingrata noticia. Debo confesar que jamás he asistido a esta clase de conferencias. Pueden considerarme el despreocupado hijo de Guillermo Henríquez. Sé que el barco se hunde y los más perjudicados serán nuestros trabajadores. Los que acepten quedarse, se matarán laborando por la mitad de su sueldo y los que no, lamentablemente deberán buscar otro trabajo. —Tengo acciones aquí, así que debo velar por ellas —opina Justin. —Justin, todos los que estamos presentes tenemos acciones, unos más que otros, ¿Quieres abandonar el barco? —alza la voz Xavier. —Tengo entendido que Textil Creeck, está comprando acciones —expresa, Robert, levantando una ceja. —¿Qué? ¿De dónde sacas eso? —pregunto. —Parece nuestra salvadora Olivia Klein, está ofreciendo buen dinero por las acciones. Yo no confiaría en una mujer como ella —vuelve a decir Robert. —No es posible —interrumpe William. Después de todo el alboroto provocado en la junta, era la primera vez que despegaba los ojos del pizarrón y su Tablet. Xavier tiene razón al defender sus acciones, todos los presentes están en su derecho de elegir lo que mejor le conviene. Si la empresa está en la quiebra, perdemos todos y el saber que Olivia está detrás de los náufragos de mi barco me llena de coraje. —¿Cómo es posible que de la nada una empresa que apenas figuraba en mis gráficos, este en la cima? —grito sin pensar, del puro coraje. —Como se nota que nunca has estado presente para la empresa, Roí — Menciona Sebastián, con una sonrisa de tonto—Siempre ha sido la empresa número uno en el mundo empresarial y nosotros solo una más del montón —habla revisando su laptop—. Pero como usted no sabe nada más que de traseros y teta, explicarle algunas cosas importantes, sería en vano. Todos rieron, hasta el estúpido de William se sonríe, ahora que la empresa se va al carajo, soy el culpable y me ven como un inepto. —Llevo muchos años aquí, Roí, pero no quiero perder mi dinero. Venderé a Textil Creeck, mis acciones. Suerte a los que se quedan. —Justin es el primero en levantarse y marcharse ante la mirada perdida de William y el desconcierto de los demás, que a esta altura dudan en permanecer al lado de un c*****r. —¡Carajo! —grito lanzando contra la mesa el folder con los documentos—. Si alguien más quiere irse. ¡Que se retire de una vez por todas! Tras la partida de Justin, todos se miran. Los murmullos vuelven a crecer, William está petrificado, Justin nos acaba de apuñalar por la espalda. Y no sería el único, ya estoy viendo ciertas actitudes entre los demás miembros de la junta. La traición siempre es dolorosa, más aún cuando te restriegan en la cara que la culpa es tuya. —Soy fiel a esta empresa. Pero las cosas no pintan bien y lo sabes. Me asociaré con Olivia Klein. También venderé. —Sebastián se levanta y camina tranquilamente a la salida. —Lo siento Roí, Esta vez no puedo apoyarte. Tus excesos nos pasaron factura; te lo advertí muchas veces. No tengo muchas acciones, pero no quiero perder tanto dinero. —Xavier se pone de pie y sale despidiéndose de todos, levantando la mano. —Antes que empezara esta crisis, por tus excesos y tus derroches de dinero, se lo advertí a tu madre. Tus facturas a la caja de la empresa eran mucho más de lo que ganabas—. Expresa, Robert—. Si está en la ruina es por ti, no vengan a j***r echándole la culpa a Luca, es verdad que robó miles de dólares, pero no se compara a los millones que gastas tú al año. Por tus descuidos, por tus vicios, me voy a la competencia. No tengo acciones, es verdad, empero, tengo conocimiento. Soy asesor de venta, seguro necesitarán de mí en algún lado. Se pone de pie y abandona la sala. —¡Robert! — expreso, intentando detenerlo. —No soy amigo de la familia Roí, tengo bocas que alimentar y colegiaturas que pagar. Yo, al igual que los que verdaderamente trabajamos, sabemos que las factura no se pagan solas. Hubo un gran silencio, los pocos que quedaron se miran, aun con la duda de levantarse e irse o quedarse a morir lentamente junto a la empresa. —¡A la mierda todo! —grito—. ¡Qué coño les pasa a todos!, esta empresa la levantamos juntos y ahora se largan dejándonos con la soga al cuello. Uno solamente no es el culpable —vuelvo a gritar tirando un par de puñetes a la mesa. Después de calmarme, recalco un detalle. Éramos ahora únicamente cuatro cabezas de la empresa, cuatro personas que cargarían con el peso de esta crisis. —Con el debido respeto Roí —dice Henry—, si nos quedamos es por respeto a la memoria de tu padre y porque amamos esta empresa, a la que con sudor y horas de insomnio la hicimos número uno del país. Y me duele tener que entregársela a una jovencita con aires de grandeza, que juega a ser diosa.
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