Primeras Marcas
El sol comenzaba a calentar el suelo de la excavación cuando Ana bajó la última escalera de madera hasta el foso. Los cinco arqueólogos trabajaban en silencio, sus herramientas haciendo un sonido suave contra la tierra.
“¿Algún hallazgo?” preguntó, acercándose a Carlos, quien raspaba con cuidado la superficie de una losa de piedra.
“Mira esto”, respondió él, apartándose para dejarla ver. En la roca, apenas visible bajo una capa de polvo, se dibujaban cuatro huellas humanas – dos grandes y dos pequeñas, impresas en el barro húmedo hace miles de años.
Ana sintió un escalofrío. Había leído sobre este tipo de hallazgos, pero verlos de cerca era como tocar el pasado directamente. Mantuvo la respiración contenida mientras sacaba su libreta para hacer los primeros registros.
Diego apareció en la cima del foso y bajó con cautela. “El concejo quiere un informe preliminar para la reunión de la semana que viene. Algunos ya están presionándome para detener los trabajos”.
Ana cerró la libreta con brusquedad. “Todavía es muy temprano. Lo único seguro es que este sitio es más antiguo de lo que pensábamos”.
Diego se acercó a la losa, sin tocarla. Sus ojos se fijaron en las huellas. “Mi abuela siempre decía que en esta tierra caminaron nuestros antepasados antes que nadie. Decía que cada piedra guardaba una historia”.
Ana miró su rostro, buscando al chico que conociera. En su mirada ahora había responsabilidad y algo más – un deseo de entender que ella reconocía.
“Tal vez tu abuela tenía razón”, admitió. “Estas huellas son la primera marca clara de quienes estuvieron aquí. Nuestro trabajo es asegurar que su historia no se pierda”.
En ese momento, Sofía gritó desde el otro extremo del foso. Habían encontrado un pequeño objeto de cerámica con dibujos de estrellas y ríos, y junto a él, un segundo collar igual al de la tía Rosa.
Ana sintió cómo el tiempo se detenía. Cada descubrimiento era un eslabón entre presente y pasado, y cada uno complicaba aún más la decisión que pronto tendría que tomar.