Alex:
La adrenalina de lo prohibido era un elixir potente, uno que no había experimentado en mucho tiempo. Cada vez que veía a la secretaria caminar por los pasillos del bufete, sentía un escalofrío correr por mi columna. Era un recordatorio constante de lo que había ocurrido en la sala de reuniones, de cómo habíamos cruzado esa línea que separaba lo profesional de lo personal. Pero lejos de arrepentirme, solo me dejaba queriendo más.
La logística de nuestros encuentros era complicada. El bufete estaba lleno de ojos y oídos, y Cecy era más perceptiva de lo que parecía. Sabía que cualquier movimiento en falso podría desatar un caos que no estaba preparado para enfrentar. Así que cada detalle debía ser calculado con precisión.
La primera vez que volví a buscarla fue un viernes por la tarde. El bufete estaba más tranquilo, con la mayoría de los empleados apurándose para terminar la semana y salir. Me aseguré de que Cecy estuviera ocupada en una reunión con los socios del equipo legal, un compromiso que yo mismo había orquestado.
Cuando me acerqué al escritorio de la secretaria, ella levantó la vista, y su sonrisa tímida fue suficiente para encenderme.
—Necesito que revisemos algunos documentos confidenciales. ¿Puedes venir a mi oficina en diez minutos? —le dije con tono neutro, pero con una mirada que dejaba claro lo que realmente significaba esa invitación.
—Claro, señor Alex —respondió, intentando sonar profesional, aunque había un destello en sus ojos que me aseguraba que estaba dispuesta.
Volví a mi oficina y cerré la puerta, esperando con la paciencia que me permitía la anticipación. Cuando finalmente escuché el suave golpe en la puerta, sentí cómo mi pulso se aceleraba.
Ella entró, cerrando la puerta detrás de sí, y por un instante, el silencio fue lo único que llenó la habitación. Nos miramos, y esa tensión eléctrica volvió a surgir entre nosotros, tan palpable que casi podía tocarla.
—¿Qué documentos necesita revisar? —preguntó, pero su tono traicionó su intención.
—Los únicos que importan en este momento —respondí, levantándome de mi silla y acercándome a ella.
No hubo más palabras. Tomé su rostro entre mis manos y la besé, profundo y con una urgencia que no podía contener. Sus brazos se envolvieron alrededor de mi cuello, y en un movimiento rápido, la levanté y la coloqué sobre el borde de mi escritorio.
Cada caricia, cada beso, era una declaración silenciosa de lo prohibido que compartíamos. Su piel era suave bajo mis manos, y sus suspiros eran un eco de los deseos que ambos estábamos reprimiendo en público. El tiempo parecía detenerse mientras nos perdíamos el uno en el otro, ignorando el mundo exterior, deslice mi mano debajo su falda y luego de su blúmer dándome espacio para que mi pene entrara sin problema, no sin antes ponerme el preservativo, no quiero sorpresas, luego la penetre fuerte, con esta lujuria reprimida de todos esos besos pasionales que nos habíamos dado, ella gimió en mi oído, no me importaba ella si terminaba o no, solo necesitaba saciarme, vaciar en ella este deseo sin amor, aunque solo fuera por unos minutos.
Nos encontramos así varias veces en las semanas siguientes, en la oficina, en la sala de reuniones del tercer piso, incluso una vez en el estacionamiento subterráneo cuando el bufete estaba vacío. Cada vez que la poseía descargaba en ella no solo la lujuria de lo prohibido, también era como un escape de la relación con Cecy, una relación en la que yo no quería comprometerme toda la vida. Por eso cada encuentro era un juego de riesgo y recompensa, una danza en la que ambos estábamos dispuestos a participar sin importar las consecuencias.
La vez que lo hicimos en mi auto en el estacionamiento subterráneo, yo estaba dentro de ella, la tenia con la cara contra el asiento trasero, sus nalgas al aire y yo penetrándola por su ano con toda la fuerza que me daba placer, ella gemía y gritaba mi nombre, no se si de dolor o placer, la verdad no me importaba, era como si estuviera con una prostituta que no me cobraba, sus sentimientos no me importaban, solo quería satisfacerme, cuando la escuchaba decir mi nombre caí en cuenta que no sabia su nombre, ¿ella nunca me lo había dicho?¿o yo no lo recuerdo?, en mi mente siempre fue la secretaria nueva, en fin seguía penetrándola con fuerza cuando vi al fondo del estacionamiento venir el guardia de seguridad, me apure ya en vaciarme dentro de ella, y cuando ya iba a salir de ella, me robo que siguiera, no me importo, Sali y le dije:
- Rápido, vístete rápido, viene el guardia – le dije abrochando mi pantalón. Este juego es peligroso pero la adrenalina me excita.
Nos quedamos quietos dentro del auto como le orden, el guardia no se acerco hasta mi auto, así que no más lo vi irse al siguiente nivel, le ordené que se fuera a su auto y yo me fui en el mío, yo seguía sin importarme las consecuencias, igual podría callar al guardia con dinero.
Pero sabía que no podía durar para siempre. La sombra de Cecy estaba siempre presente, incluso cuando no estaba cerca. Había momentos en los que, después de uno de estos encuentros clandestinos, volvía al apartamento y encontraba a Cecy esperándome con una sonrisa cálida, y la culpa golpeaba con fuerza, sé que sigo enamorado de Cecy, pero el miedo a un compromiso de por vida creo que es lo que me empuja a esta aventura clandestina, saber que con la secretaria tengo el poder, puedo hacer lo que desee, ella no me ha exigido nada aun, sabe de mi relación con Cecy y no le ha importado todos estos encuentros, pero la culpa vuelve cuando veo a Cecy en casa . Pero es un sentimiento pasajero, una molestia que se desvanece tan rápido como había llegado.
Lo que tenía con la secretaria era algo diferente, algo que no podía explicar. No se trataba de amor, ni siquiera de conexión emocional. Era la emoción de lo nuevo, de lo prohibido, de lo que no podía tener. Y esa emoción era suficiente para mantenerme buscando más.