La ciudad de Agorah era el camino más lejano para abandonar el reino, y Margoth, observando desde la ventana de la base de la guardia real, lo sabía. Llevaba días esperando, la llegada de la elfa a la que tanto odio procesó durante años llegaría antes o después, y una vez cruzara esas calles, le daría caza. Unos de los guardias que regresaba de patrulla, la vio asomada en aquella ventana, mismo lugar donde estaba horas antes, cuando iniciaba su patrulla matinal. Dubitativo y con miedo de aquella señora, cuya fama de sanguinaria y fría había llegado a aquél lugar tan lejano del reino, se acercó: —Señora Margoth, ¿Puedo preguntarle algo? Esta ni le miró, sólo hizo un gesto autoritario con la mano en señal de que hablara. «Verá, señora Margoth, sólo quería preguntarle si estaba usted seg

