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Sebastián (el guardaespaldas de mi esposo)

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Blurb

Ser la esposa de un hombre poderoso debería significar seguridad… no miedo.

Ante el mundo, él es intocable: un líder admirado, brillante, respetado. Un hombre que construye discursos impecables y sonrisas perfectas. Pero puertas adentro, su verdadero rostro no deja testigos… ni huellas fáciles de probar.

Nadie ve lo que ocurre.

Nadie se atreve a hablar.

Nadie… excepto él.

El hombre que siempre está cerca. El que observa en silencio. El que ha aprendido que, en su trabajo, intervenir puede costarle la vida.

Su guardaespaldas.

Ha visto demasiado. Ha callado demasiado.

Hasta que una noche, algo cambia.

Y cuando decide ayudarla, cruza una línea que no tiene regreso.

Porque protegerla ya no será suficiente.

Y mantenerse lejos de ella… será imposible.

Ahora, cada mirada es un riesgo. Cada decisión, una traición.

Porque en un mundo donde el poder lo cubre todo, la lealtad no se mide por lo correcto… sino por quién sobrevive cuando todo se rompe.

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La mujer perfecta
El murmullo de las cámaras era constante. No ensordecedor, pero sí lo suficientemente insistente como para marcar el ritmo de la noche. Flash. Flash. Flash. El automóvil n***o se detuvo frente a la entrada principal del hotel, y durante una fracción de segundo todo pareció alinearse: luces, miradas, expectativa. Sebastián Vance bajó primero. No era parte del espectáculo. Nunca lo sería. Su función era otra. Recorrió el entorno con una sola mirada: accesos, distancias, posibles puntos ciegos, rostros repetidos. Todo quedó registrado con la precisión de quien había sido entrenado para no pasar nada por alto. Era su primera noche. No en ese tipo de eventos —estaba acostumbrado a ellos—, pero sí en ese puesto. Nuevo equipo. Nuevo empleador. Nuevas reglas. O, al menos, eso le habían dicho. —Aquí no haces preguntas. Solo ejecutas. La frase aún le resonaba, dicha con una naturalidad que no le había gustado. No porque no entendiera el trabajo, sino porque el tono había sido distinto. Más… definitivo. Como si no hubiera margen. Se movió apenas hacia un lado cuando el chofer abrió la puerta trasera. Primero descendió Dominic Blackwood. Impecable. Traje oscuro, postura firme, sonrisa calculada. La clase de hombre que no necesitaba elevar la voz para imponerse. Bastaba con su presencia. Sebastián lo evaluó en segundos. Controlado. Seguro. Acostumbrado a ser observado. Después, ella. Victoria Hale apoyó la mano en el brazo de su esposo al bajar, con un gesto que desde afuera parecía natural. Lo suficiente para encajar en la escena. Su vestido era sobrio, elegante. Nada excesivo. Todo en ella parecía medido. También su sonrisa. Sebastian lo notó sin saber exactamente por qué. No había nada evidente. Ningún error. Ninguna señal clara. Y, sin embargo… Algo no encajaba. Sus dedos se tensaron apenas sobre el pequeño bolso que llevaba. Un detalle mínimo, casi imperceptible. Pero suficiente. Dominic giró levemente hacia ella, inclinándose lo justo para hablarle al oído. Desde la distancia, cualquiera habría asumido que se trataba de una frase íntima, incluso afectuosa. Victoria no dejó de sonreír. Pero la expresión de sus ojos cambió. Solo un instante. Sebastian lo registró. No apartó la mirada de inmediato, aunque sabía que no debía fijarse en ese tipo de cosas. No eran parte de su trabajo. O no deberían serlo. —Señor Blackwood —anunció uno de los organizadores, acercándose con entusiasmo—, es un placer tenerlo aquí. Dominic respondió con la misma energía contenida, la clase de carisma que no parecía forzado. Se desenvolvía con facilidad, como si cada evento fuera territorio conocido. Victoria se mantuvo a su lado, asintiendo, sonriendo, diciendo lo justo. Perfecta. Sebastián se desplazó discretamente, manteniendo la distancia necesaria mientras observaba el flujo de personas. Invitados, personal, seguridad externa. Todo dentro de lo esperado. Hasta que alguien se acercó demasiado. Un hombre, copa en mano, con esa confianza que a veces confundía los límites. Se inclinó hacia Victoria más de lo necesario, invadiendo un espacio que no le correspondía. —Señora Blackwood, tenía muchas ganas de— No terminó la frase. Sebastián ya estaba ahí. No hubo brusquedad. Ni gesto evidente. Solo un movimiento preciso, una presencia firme que bastó para que el hombre retrocediera medio paso. —Señor —dijo Sebastián, con tono neutro. Nada más. El mensaje fue suficiente. El hombre carraspeó, sonrió incómodo y desvió la atención hacia Dominic. Victoria no dijo nada. Pero por un segundo, muy breve, sus ojos se cruzaron con los de Sebastián. No fue una mirada prolongada. Ni agradecida. Fue… consciente. Como si supiera exactamente lo que había pasado. Sebastián sostuvo ese instante más de lo necesario. Y luego se apartó. El resto del evento transcurrió sin incidentes visibles. Conversaciones. Risas medidas. Copas que se llenaban y se vaciaban. La maquinaria social funcionando con precisión. Pero Sebastián ya no veía solo eso. Veía los silencios. Las pausas. La forma en que Victoria evitaba el contacto más de lo estrictamente necesario. Cómo ajustaba su postura cuando Dominic se acercaba. Cómo respondía antes de que él terminara de hablar. Demasiado rápido. Demasiado… correcto. Cuando finalmente salieron, la noche había avanzado lo suficiente como para que el aire se sintiera más frío. El trayecto hasta el automóvil fue breve. Esta vez, Sebastián le abrió la puerta. Victoria se acercó sin mirarlo directamente, pero lo suficientemente cerca como para que el espacio entre ambos se redujera a casi nada. Por un instante, sus manos estuvieron a punto de rozarse. No ocurrió. Ella entró al vehículo. Dominic lo hizo después. La puerta se cerró. El trayecto comenzó en silencio. Sebastián ocupó su lugar al frente, atento, como siempre. Cinco minutos. Diez. La ciudad pasaba al otro lado del vidrio, luces difusas en movimiento constante. —Deberías aprender a comportarte —dijo Dominic finalmente. Su voz fue baja. Controlada. Más peligrosa por eso. Victoria no respondió. —No voy a repetirlo —añadió él. Silencio. Sebastián no giró la cabeza. No debía involucrarse. Pero escuchaba. No había gritos. No hacía falta. Cuando llegaron a la residencia, todo volvió a la normalidad aparente. Puertas que se abrían. Personal que se movía con eficiencia. Rutinas establecidas. Sebastián descendió primero. Se mantuvo en su posición mientras Dominic y Victoria ingresaban. Cuando la puerta se cerró tras ellos, todo quedó en silencio. Sebastián permaneció en su posición unos segundos más, como indicaba el protocolo. Luego, un sonido. No fue un golpe. No fue un grito. Fue… algo más sutil. Una voz. Baja. Demasiado baja para distinguir palabras, pero con un tono que no encajaba con la imagen que el hombre proyectaba afuera. Sebastián no se movió. No debía hacerlo. Otra pausa. Después, un cambio en el ritmo de la conversación. Más cortante. Más… preciso. Como si cada palabra estuviera medida. Como si alguien más no tuviera espacio para responder. Sebastián dio un paso hacia la puerta. Se detuvo. —Aquí no haces preguntas. Solo ejecutas. La frase volvió con una claridad incómoda. Se obligó a quedarse donde estaba. A no escuchar más de lo necesario. A no interpretar. El silencio regresó. Y esta vez, no hubo nada después. Ni pasos apresurados. Ni puertas que se cerraran con fuerza. Solo quietud. Demasiada. Sebastián desvió la mirada finalmente. No había visto nada. No podía asegurar nada. Y, sin embargo… Algo no encajaba.

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