Capítulo 1 Madrid, España 1480 parte 1
El silencio se tensó entre ambos como una cuerda a punto de romperse.
La celda era pequeña y el dolor de ambos lo envolvía todo, pero Santiago Alvarado apenas podía respirar por una razón muy distinta. Frente a él, sentada sobre el suelo, estaba Catalina de Aragón, con la espalda recargada contra la pared y el cuerpo cubierto apenas por jirones de tela que no lograban ocultar las marcas que le había dejado el interrogatorio.
Santiago intentó no mirar aquellas heridas.
No porque le dieran asco.
Sino porque sabía que cada una había sido arrancada en nombre de una verdad que ahora ya no estaba seguro de querer escuchar.
Aun así, había bajado.
Había desafiado las órdenes de su propio hermano, rumores y el juicio de su propia conciencia para verla una última vez a solas, porque no soportaba la idea de que todo terminara sin oírlo de sus labios.
—Sé por qué lo has confesado —dijo al fin, con la voz más baja de lo que pretendía—. Querías que Fernando se detuvieran. Querías que dejara de torturarte. Pero yo necesito la verdad, Catalina, así que mírame y dímelo de frente… ¿eres una bruja?
Ella levantó la mirada despacio.
Y eso le dolió a Santiago más de lo que habría querido admitir.
—Sí —respondió con una calma que a él le pareció insoportable—. Supongo que decir que lo soy no está tan lejos de la realidad.
Santiago sintió que algo se le hundía dentro del pecho y por desgracia no era alivio.
Era una punzada amarga, una decepción tan profunda que le resultó casi ridícula, porque no tenía derecho a sentirse traicionado por una mujer a la que, según su razón, debía condenar sin vacilar.
—Entonces todo esto… —tragó saliva, incapaz de apartar los ojos de ella—. Todo lo que se encontró sobre ti ¿es verdad? ¿No hay una explicación que lo justifique?
Catalina lo observó durante unos segundos, como si lo mirara desde un lugar lejano al que él no podía llegar.
—Eres el único que siempre termina encontrando la verdad hasta él final. El resto lo sabemos desde el nacimiento.
—No juegues conmigo.
—Nunca he jugado contigo, Santiago.
Su nombre en labios de ella tuvo el mismo efecto de siempre, le recorrió el cuerpo como una caricia indebida, como si aquella voz tuviera derecho a tocarlo de una forma que nadie más podía. Apretó la mandíbula, molesto consigo mismo por reaccionar así, por seguir reaccionando así incluso allí, incluso después de todo.
—No tienes derecho a decir mi nombre de esa manera.
Una sombra de tristeza cruzó el rostro de Catalina.
—¿De qué manera?
—Como si… —Santiago se interrumpió, irritado por no poder terminar la frase.
—¿Como si me pertenecieras? —completó ella con suavidad.
—Basta.
Catalina no respondió enseguida. Lo miró en silencio, y en esa quietud hubo algo extraño, algo que lo inquietó más que cualquier confesión. Era como si ella no estuviera viendo solo al hombre que tenía delante, sino a la esencia escondida en él. A una que ocultaba otras vidas.
Cuando habló de nuevo, su voz fue apenas un susurro.
—Estás enamorado de mí.
Santiago retrocedió un paso.
—Eso es absurdo.
—Lo sé —dijo Catalina, y una sonrisa frágil, triste, casi rota, rozó sus labios—. Siempre lo es, pero aun así siempre sucede.
Él negó con dureza, como si ese gesto bastara para sacarse de encima todo lo que ella despertaba en él.
—No me conoces.
—Te conozco mejor de lo que imaginas.
—Te vi por primera vez hace apenas unas semanas.
Catalina inclinó un poco la cabeza.
—Eso es lo que tú crees.
Santiago guardó silencio.
Recordó la primera vez que la vio. Recordó aquella sensación inmediata, perturbadora, que no había sido miedo ni desprecio ni simple curiosidad. Había sido reconocimiento. Uno oscuro. Uno íntimo. Como si algo dentro de él hubiera despertado al mirarla y desde entonces no hubiera dejado de arrastrarlo hacia ella.
Intentó aferrarse a algo más sólido.
A algo que no lo hiciera sentir al borde de la locura.
—Las pruebas que se reunieron en tu contra —dijo, respirando hondo—. Los símbolos en las paredes, los rituales, todo lo que se encontró en tu casa, tú provocaste esto que siento. Tú me hiciste caer en esta obsesión. ¿Cierto?
Catalina lo miró con una ternura que casi lo enfureció.
—Si eso te ayuda a odiarte menos, entonces créelo —susurró—. Pero no cambia lo que hay entre nosotros.
Santiago quiso responder, pero la siguiente frase de ella lo dejó inmóvil.
—He decidido que esta vida será el final de nuestra historia.
El aire pareció enfriarse de golpe.
—¿De qué estás hablando?
Catalina bajó la mirada un instante, y cuando volvió a alzarla, había en sus ojos un cansancio tan antiguo, como para pertenecerle a una sola vida.
—De que finalmente vas a ser libre de este sentimiento.
Un nudo insoportable se formó en la garganta de Santiago.
—No entiendo nada de lo que dices.
—Lo sé —respondió ella, y luego, con una serenidad que no encajaba con la tristeza de su voz, empezó a despojarse de la poca ropa que le quedaba.
Santiago dio un paso hacia al frente para detenerla.
—Detente. ¿Qué significa esto? ¿Qué estás haciendo?
Catalina sostuvo su mirada mientras dejaba caer la tela al suelo.
No había provocación en ella.
No realmente.
Lo que había era algo mucho peor.
Despedida.
—Significa que incluso ahora —murmuró— sigues siendo mío.
—No digas eso.
—Y yo sigo siendo tuya.