—Para nada, absolutamente nada. — fue lo único que respondí agachando la mirada y escondiéndome detrás del vaso de café.
Tatiana cruzó el ceño y la vi de reojo que miraba al hombre como si éste fuese el mismo demonio.
Si había algo que Tatiana odiaba es que las personas juzgaran a los demás por la primera impresión.
Ella me había tratado bien desde el instante en que entré hace un mes por a la cafetería por primera vez.
Aunque mi ropa dejaba mucho que desear, no estaba limpia, llena de manchas y olía a pescado muerto. Ella me había tratado como si yo fuese la clienta con más dinero dentro de la cafetería.
Como si yo fuese importante.
Joder, muchas veces en mi vida me había sentido como una escoria que no merecía nada.
Los Johnson fueron el tercer matrimonio que me acogió bajo su techo, esperando que así alguien finalmente se apiadara de mí y me adoptara un hogar. Era lo único que yo pedía, era lo único con lo cual soñaba.
Eso fue hace 6 años.
A los 12 años esperaba que alguien llegaría, tocaría la puerta de los Johnson y me sacaría de allí con una patada voladora alejándome de todos los malos ratos que esa mujer me había hecho pasar.
Nunca fui lo suficientemente buena para la señora Maritza Johnson. Una mujer que se esforzaba en que mi pelo estuviese arreglado, siempre en una cola alta, ni un solo flequillo podía salir de allí o llevaba una golpiza.
A puros golpes comprendí que no era bien recibida en aquella casa.
La señora Maritza odiaba como su esposo me veía. Y la verdad es que yo jamás me di cuenta no hasta que ella lo hizo notar. El hombre estaba igual de dañado mentalmente que su mujer. Era un tal para cual.
Con Edgar Johnson entendí que un hombre podía pensar sexualmente en una niña. Y lo peor de todo es que jamás se arrepintió de ello.
A los 12 años mis pechos comenzaban a crecerme y mis piernas va a alargarse. Era bastante alta para mi edad. Y eso a él parecía gustarle. Tanto así que su mujer comenzó a recogerme todo el cabello porque él decía que le gustaba mi pelo.
Nací con el pelo azabache de un color n***o, tan intenso que podía confundirse en la noche.
Mis ojos eran de color verde esmeralda y lo había notado tan solo después de los 12 años, cuando me había visto en un espejo por primera vez.
Me daba curiosidad saber porque Maritza Johnson siempre hablaba sobre mí. Siempre murmuraba cuando me veía cosas como: “ solo eres una destroza hogares” “de no ser por los 500 dólares que el Gobierno me da por ti, te aseguro que estarías patitas a la calle ahora mismo” “ solo eres una zorra que vino a quitarme a mi marido” “ ojos verdes”
Yo no entendí a qué se refería con aquellas frases, no comprendía por qué una mujer podía odiar tanto a una niña.
Viví 6 meses de calvario con el matrimonio Johnson.
Cuando salí de allí volvía a caer en el sistema, otra vez, esperando por un hogar de acogida o por unos padres adoptivos, ninguno llegó, tan solo tenía el recuerdo de haber vivido en tres hogares y los funestos recuerdos de ser completamente irremplazable.
Tres meses más tarde volví a encontrar unos padres adoptivos. Sin embargo, estos me despreciaron una semana después, pues solamente querían a alguien que le ayudara con los quehaceres de la casa. En el instante en que les dije que yo no había sido adoptada para que éstos me utilizarán como su chacha, los mismos destrozaron el papeleo y no me quisieron más en su hogar.
Así que sencillamente he visto los peores lados de la adopción. He estado en los peores momentos y creo fervientemente que soy capaz de acarrear problemas sin siquiera buscármelos.
Tatiana le sirvió un té al hombre, el cual miró la taza como si esta fuese lo peor que pudo haber encontrado jamás.
—¿Qué es esto? — Preguntó mirando despectivamente la tasa de color blanco con la bolsita de té dentro del agua caliente. La azucarera estaba a un lado y un poquito de canela. En el otro extremo, así era como servían el té en la cafetería.
Yo no era muy amante a esto prefería el café, prefería algo que me mantuviera despierta algo que me Subí es la adrenalina que me hiciese estar pendiente en caso de tener que salir huyendo por mi vida.
— Hasta donde sé, es un té, no sé cómo lo ve usted. — Tatiana siempre tenía una mala respuesta que dar a los clientes. Conmigo se quedaba tranquila, ella podía hacer lo que quisiese.
Pero con los demás, con los arrogantes, con esos creídos que llegaban allí pensándose que podían hacer y deshacer en la cafetería y que no tendrían por lo menos una respuesta agresiva por parte de la dependencia; Tatiana siempre daba agua a beber.
Pero la hija del dueño, el señor Chong, creía mucho en su hija, en su palabra.
Tatiana era de ascendencia asiática. Su padre, el señor Chong, había llegado a Cleveland 20 años atrás y había contraído matrimonio con una mujer norteamericana y producto de aquel amor había nacido Tatiana Chong.
— Esto es un agua. Agua con una bolsa…
— Si mueve la bolsita — le interrumpió Tatiana. — le aseguro que se convertirá muy pronto en un té. — sin embargo, agarrándonos desprevenida a ambas. El hombre sostuvo la taza caliente y la vertió encima de la barra, mojándome a mí y a Tatiana por consiguiente, con el agua caliente.
—¡¿Pero qué demonios le sucede?! — Gritó Tatiana.
— Si tanto cree que eso es un té decente, entonces tómeselo lo de la barra. — El hombre se paró de allí mientras yo me sacudía el agua intentando que están a me quemara la pierna.
—¡Está loco! — gritó Tatiana y en un impulso agarró la caja de sorbetes y se la lanzó al hombre, el cual se dirigía hacia la puerta.
— Déjalo. — le dije en un intento de calmar a la fiera.
El hombre se fue justo como había llegado. Dos personas más se habían levantado de sus mesas al ver el alboroto, pero Tatiana sacudiendo la cabeza, les miró y sonrió como si nada hubiese pasado, como si hace apenas tres segundos ella no hubiese estado a punto de volar sobre la barra y asesinar a un hombre en aquella misma cafetería.
—¡Papá! — gritó con fuerza Tatiana mientras se dirigía a la parte de atrás de la cafetería. Es aquello, había visto otras veces cuando Tatiana me daba los panes que quedaban del turno de ese día y que ella sabía que iban a tirar a la basura.
Pasar hambre también estaba entre una de mis cualidades.
Dejé sobre la barra los 50 centavos que me había ganado ese mismo día al tirar la basura de la señora Fletcher.
Soltando un suspiro, me dirigí hacia afuera.
Estaba segura que Tatiana no saldría en un largo rato. Debía de estarle contando a su padre lo que el hombre malhumorado le había hecho.
Tatiana no era pacífica, no era tranquila, ni mucho menos un alma piadosa que aguantaba, soportaba y dejaba que los demás le pisotearan. Ella se tomaba las atribuciones necesarias como hija del dueño.
Era buena, Era humanitaria, pero no se dejaba avasallar.
Sonreí mientras soltaba un suspiro y movía mis palmas creando fricción la una contra la otra para intentar entrar en calor.
Tatiana y yo éramos tan diferentes, ella era de armas tomar, ella era una persona que no se le quedaba callada a nadie, aunque esté fuera a pagar.
En cambio yo, me había dejado avasallar, pisotear, tocar e incluso golpear por personas que no tenían ningún control sobre mí, pero que en determinado momento si se sintieron con el poder de hacerlo.
—¿Entonces, que? ¿para dónde es la fiesta hoy? — Escucho la voz de Tatiana y me giro abriendo los ojos de par en par.
—¿De qué hablas, Tati?
— Es tu cumpleaños, ridícula. Por fin eres mayor de edad y puedes emanciparte. ¡Es finalmente tu cumpleaños número dieciocho!