Cuatro: Regalo perfecto

1754 Words
Tatiana llevaba puesto un vestido blanco como la leche, unas botas de color n***o y el pelo recogido en un moño alto que la hacía ver un poco más alta de lo que era. Sus labios estaban pintados de un color rojo chillón mucho más encendido de lo que ella me había puesto a mí, pues yo al mirarme al espejo me había dado cuenta de que parecía una cabaretera de esas que hablan en los libros de las que salen para llamar la atención de los hombres. De esas que buscan cautivarlos para luego seducirlos, y entonces, llevársela a la cama y conseguir toda clase de beneficios. Beneficios a costa de su cuerpo. Luego de unos minutos en la pista de baile, el cuerpo sudoroso y la mirada encendida de Tatiana nos dirigimos nuevamente a la barra con nuestras copas vacías. —Veo que la están pasando bien. — Murmuró el bartender al vernos entrar. —Bastante bien mi chica aquí cumpleaños hoy. —Pues vaya, felicidades. El próximo trago va de parte de la casa. — murmuró el hombre comenzando a prepararlo y aunque le hice señas para que no lo hiciera, él continuó como si yo no lo hubiese hablado. El hombre parecía solo captar las palabras de Tatiana. Definitivamente estos dos se gustaban. —No sé cómo puedes mantenerte tan tranquila, tan Serena. — me dijo ella al oído. — con la vida que llevas, habría estado ansiosa por cumplir los 18 años para largarme de esa casa. Ahora podrás conseguir trabajo, podrás hacer tu propia vida sin depender de nadie. —No sé si esté preparada para esto. — reconocí en voz alta por primera vez mostrando mis miedos. —Estás preparada para eso y más eres una mujer hecha y derecha. ¡Estás preparada para El Mundo! — vociferó ella mientras zarandeaba mis brazos con fuerza para hacerme entender que sí lo estaba. —¿Estás loca? — comencé a reírme yo también y no se sabía cuál de las dos estaba más borracha. El bartender colocó los dos s*x on the Beach en la barra y nos miró con cara alegre y sonriente. Que disfrutes tu trago, cumpleañera. ¡Salud! Tatiana le picó un ojo y él se sintió aún más realizado. El hombre le hizo una seña con la cabeza, algo ligero, casi imperceptible, pero, como yo estaba mirándolo fijamente, pude captarlo de inmediato. Tatiana pidió permiso y se levantó del taburete dirigiéndose detrás del hombre. Me levanté como un resorte y le perseguí. Terminamos casi frente a unos sillones que habían alejados donde estaban sentados 3 hombres vestidos con camisas blancas y peinados de ricachones. ¿A dónde vas? ¡No puedes dejarme aquí! — le pedí, intuyendo que ella iba a irse con el bartender. Por favor, Milly. Eres una mujer, recién cumpliste años, debes ser independiente y desinhibirte un tantito. Vas a acostarte con él, ¿no es así? ¡Oh, Milly! ¡Nadie dice acostarse! S-E-X-O. ¡Voy a cogérmelo! — Chilló ella y estoy segura de que media discoteca la escuchó. ¡Tati! ¡Apenas le conociste hoy! —¿Y? ¿Vas a decirme que no has querido nunca acostarte con alguien que no le sabes ni el nombre? ¡Somos jóvenes! ¡Esto es lo que haces! ¡Deja de ser mojigata y comete errores! —Es que no puedo, Tati. —le dije. — mejor dime como vuelvo a tu casa para regresarte tus cosas. —¿Es en serio? ¡Si serás boba! ¡Solo una virgen tendría miedo de quedarse sola en un club repleto de personas! —Me dijo empujándome suavemente y riéndose. Pero yo no me reí. Y ella se dio cuenta. —¡No me digas que eres virgen, Milly! —gritó y se carcajeó. —¡Eso es solo una estúpida tela! ¡Que el himen no te detenga! —exclamó. Me quedé estupefacta al escucharla, me iré a todas partes, pues creía que todo el mundo en el club lo había escuchado todos habían escuchado como mi amiga, Vociferaba que yo era Virgen y que esto era un motivo para tener vergüenza, que era una sencillez que no tenía nada porque sentirme incómoda, más bien, tenía que acostarme con el primer hombre que me apareciera por el frente, pero yo no era así, yo nunca había tenido el interés de entregar mi virginidad a un desconocido, así que la miré con el ceño fruncido y los ojos centellantes. —Si quieres irte con el bartender, hazlo. Yo me iré a casa. — le dije intentando guardar la poca dignidad que me quedaba. Mis secretos habían sido expuestos delante de todo el mundo, así que di media vuelta y aunque sentí sus ojos clavados en mi espalda, no miré hacia atrás, me dirigí hacia el bar, terminé el trago que el bartender me había regalado, y me dije que era mi cumpleaños lo mínimo que merecía era terminarme mi trago. Justo cuando estaba dando la vuelta para retirarme de la barra, choqué contra un pecho fornido y vestido en camisa blanca. —¿A dónde tan rápido, Milly? El hombre, exudaba dinero parecía ser uno de aquellos que estaban acostumbrados a tenerlo todo en la vida y a no sacrificarse por nada a no haberlo hecho jamás. Uno de los mismos que me asediaban cuando salía a la calle, uno de esos que siempre me ofrecía dinero para acotarse conmigo. Ninguna mujer estaba a salvo de que un hombre le hiciera un comentario mal intencionado al salir de cualquier forma vestida. Sin embargo, este hombre me dio miedo, era un caballero con el pelo oscuro, como la noche, los ojos prácticamente del mismo color, sus cejas eran tupidas completamente oscuras. Tenía la barbilla cuadrada y un pequeño lunar en la parte baja de su mandíbula. Sin embargo, algo me hizo despertar de mi ensoñación. —¿Acaso ha dicho usted mi nombre? — Le pregunté Frunciendo el ceño la cabeza. Me daba giros, había tomado demasiado. Yo no tomaba absolutamente nada de alcohol y esta noche no solo sobrepasado mi limite, sino que me he dado cuenta de que tenía uno. — Es un nombre peculiar, te invito una Copa, Milly. — el hombre comenzó a hablarle al Bartender detrás de la barra, no el mismo con el cual mi amiga se había ido a la parte de atrás del local y sabrá Dios a hacer qué clase de cosas, sino uno diferente. Éste tenía el cabello rubio y los ojos azules, uno más claro que el otro. Me quedé mirándolo con sorpresa, pues no había visto jamás a una persona así. El hombre me entregó la copa de algo que no había probado jamás. Obviamente, lo único que he probado hasta el momento es el famoso trago que escuché que mi amiga le llamó s*x on the Beach. Sin embargo, estoy harta de siempre, ser la que se queda atrás de escuchar las anécdotas de las chicas que viven conmigo en la casa de los Pérez. Estoy harta de ser siempre la que esconde la nariz detrás de los libros y que solo escuchas sus experiencias. Así que, aunque no conozco al hombre en lo absoluto, acepto la bebida. — Un solo trago y hacia adentro. — me dice el chocando su Copa junto a la mía, era una copa pequeña, apenas con dos dedos podía sostenerla, así que hago lo que me dice y de un solo trago, me trago todo el líquido ambarino, haciendo que éste baje por mi garganta y… Comienzo a toser. El hombre se coloca en la parte de atrás mío y me acaricia el cuello, y luego los hombros susurrándome palabras que no comprendo para nada, mi cabeza zumba aún más de lo que antes lo estaba haciendo. Mi pulso está acelerado y las manos me tiemblan. Dejo el pequeño vaso encima de la barra y muevo la cabeza de forma negativa. No me siento bien. — Yo puedo hacer que entiendas absolutamente todo. No puedo hacer que te sientas aún mejor. — En verdad debo irme a casa — le digo — es muy tarde ya. — La fiesta apenas comienza, pequeña. — él me dice, y yo no sé por qué de repente mi piel se eriza por completo, y los vellos de mi nuca se elevan, el hombre se sale de detrás de mí y con una sola mano sostiene mi barbilla para que lo mire a los ojos. Sus ojos tan oscuros y ahora que se encuentran brillante, me hacen sentir completamente insegura. Jamás nadie me había visto tan de cerca. Muchas personas me habían maltratado a lo largo de mi vida, pero nunca nadie se había tomado el atrevimiento de mirarme así, como si yo fuese un pedazo de carne. — Esta noche vas a ser mía. — dice él y parpadeo, de repente, ya, no solamente la cabeza me pesa y me zumba, ahora también. Mi cuerpo comienza a tambalearse, lo siento, las manos estas me cosquillean solamente, pero no puedo moverlas y si lo hago no estoy consciente de ello. — Necesito sentarme. — farfullo. Quizás él ni siquiera me entendió, pues se quedó allí con su mano en mi mandíbula mirándome fijamente. —¿Y cuántos años tienes, pequeña? — me pregunta, el ruido del club ya no me molesta tanto, el parecer, mis oídos se han acostumbrado al bullicio de la música estruendosa. Su voz era grave, bastante intensa, fuerte, así como él mismo. La camisa le quedaba como un guante, hecha a medida. Sus pantalones eran de tela fina, se notaba que tenía un sastre personal que le confeccionaba cada pieza, sus zapatos lustrados y elegantes destacaban como parte de su outfit. Y en esa sonora realidad, luego estaba yo, la que apenas tenía algo para ponerse durante todo un mes, la que tenía que heredar las piezas de ropa de sus hermanas adoptivas o de las personas que ya antes habían vivido en la Casa de los Pérez. — Hoy es mi cumpleaños. — es lo que le respondo. — Bien. ¿Puedes decirme cuántos cumples para saber qué regalarte? — Dieciocho. — digo y el se acerca a mis labios. — Repítelo. — me ordena. — Cumplo dieciocho. — no sé porque respondo a todo lo que me dice. Me siento ebria, embobecida, embriagada por el y por el alcohol que he ingerido. — Pues ya se lo que voy a darte.
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