Tres: Bar de oportunidades

1739 Words
El lugar estaba abarrotado de personas, jamás había visto tantas personas moviendo el cuerpo al compás de la música. Yo no estaba acostumbrada a ir a clubes ni a discotecas, ni tampoco a bares. La verdad es que no había pasado de asistir a una simple cafetería, a tomarme un café late. —Vaya. — fue lo único que murmuré mientras Tatiana me hacía adentrarme entre la muchedumbre. —Disfruta, esto es tu cumpleaños. — me dijo mientras me abrazaba efusivamente y gritaba al sonar una que al parecer era su canción favorita. —Es increíble. — murmuré, pero creo que ella ni siquiera me escuchó. Le seguí los pasos hasta que llegamos a lavar allí un chico vestido con camisa negra y pantalones negros. Nos miró sonriente y gritó para escucharse por encima de la música alta. —¿Qué le sirvo a las señoritas? — Preguntó e impulsándose un poco hacia adelante, ligeramente para estar más cerca de nosotras. Lo mismo hizo Tatiana recostando su cara en una de sus manos, apoyando el codo en la barra, mirando al hombre, seductoramente. Había leído bastantes libros en mi adolescencia como para saber cuándo una mujer estaba haciendo seducida o intentaba seducir a un hombre. Si yo era Virgen de cabo a Rabo, pero sabía bastante bien el movimiento y podía ver cómo las pestañas aleteaban en los ojos de Tatiana. —Hola, Guapo. — dijo ella sonriendo abiertamente y le guiñó un ojo. — verás, mi amiga y yo estamos de fiesta, ¿nos preparas dos s*x on the Beach? Sin tener idea de lo qué Tatiana estaba pidiéndole al bartender, me dejé llevar y en el instante en que el hombre colocó las bebidas frente a nosotras, Tatiana le dio un sorbo largo, dejando el vaso casi hasta la mitad servido en una bonita Copa abierta más ancha arriba que abajo. Observé la bebida de un color rosado, yo estaba hipnotizada. Jamás había visto algo así. Se veía tan interesante y a la vez apetecible. Qué me instó a darle un trago sin siquiera pensar en los efectos que podía ocasionarme. —Entonces, ¿qué tal te parece el trago, s*x on the Beach? — Preguntó Tatiana riéndose al ver mi cara de asco. Ni en el orfanato ni en los hogares de acogida había yo llegado a probar el alcohol. Era algo que sencillamente no me llamaba la atención. Había conocido demasiados niños que habían quedado huérfanos, productos de padres alcohólicos. Aún peor; en mi vida se habían cruzado personas que habían perdido a sus padres, no quedándose huérfanos, pero si teniéndolos en vida y estos no siendo capaz de cuidarlos. Así que a mis 18 años yo no sabía qué era peor, si jamás haber conocido a mis padres o si saber que ellos andaban por allí pululando sin saber de mi existencia. Si vivo, si muero, si como o no, como sin saber si alguien abusaba de mí o si me golpeaban en cada hogar de acogida en el que caía. Definitivamente, preferiría no saber nada de ellos. —Esta… bien. — fue lo único que pudo decir, mientras mi nariz se arrugaba y mi boca se volvía una línea fina. —Luego del segundo trago, saben mejor. — me gritó ella al oído, pues al parecer las personas allí se estaban volviendo sordas y necesitaban subir un poco más la música. Nos quedamos ayer algo rato, primero el trago, luego un segundo y en poco mas de una hora un tercer trago. . Mi cabeza giraba sola, así que Tatiana me dijo que era mejor si me iba al baño y me echaba un poco de agua en la cara para refrescarme, ya que ella sabía que yo no había ingerido alcohol jamás en mi vida y no estaba acostumbrada al efecto que éste estaba causando en mí. Me sentía mareada, sin fuerza, completamente en las nubes, como si me hubiesen dado una pastilla para dormir y de repente no tuviese control sobre mi cuerpo. ¿Por qué rayos a las personas les gustaba ingerir esas cosas? Tambaleándome, me dirigí hacia el baño, ella se quedó en la barra, sentada, conversando con el bartender, estaba bastante desinhibida, como si en verdad le conociera desde hacía tiempo, lo cual no ponía en duda. Tatiana poseía una facilidad para hablar mucho mejor que la mía. Mucho mejor que la de muchas personas que yo conocía. —Disculpe…— murmuré, cuando una mujer se atravesó en mi camino y casi la choco. Encontró la puerta del baño, habían tres personas más esperando para utilizarlo, así que soporte lo más que pude y esperé a que estos terminarán una vez el baño disponible entre cerré la puerta y me dejé caer justo pegando mi espalda de la puerta. Coloque las manos dentro de mis rodillas para ocultar la cabeza, qué me giraba sin parar. ¿O tal vez era sencillamente la mente la que estaba girando? No lo sé, odiaba cómo me sentía. Me molestaba por completo el no tener el control sobre mis pensamientos siquiera. La puerta sonó con el golpe de un puño y me levanté de inmediato, pues no iba a dejarme caer allí eternamente. Necesitaba pararme, echarme un poco de agua en el rostro y seguir hacia adelante, buscar a Tatiana y explicarle que ello no era igual que ella, que necesitaba irme a mi casa. Estimaba el matrimonio Pérez, estimaba a las demás chicas que me acompañaban durante todo este tiempo. Ellas se habían vuelto parte de mi y la verdad es que aunque cada una mantenía su distancia con la otra, pues sabíamos después de haber pasado por diferentes hogares de acogida, que no debíamos de acostumbrarnos a ninguna, pues sería más fácil la despedida en caso de que una de nosotras fuese adoptada por algún matrimonio buscando hijos. Yo era la mayor de todas y la que menos posibilidades tenía de encontrar otro hogar. Así que el compromiso de los Pérez era darme comida, agua, techo y ropa para poder subsistir hasta que fuese mayor de edad y consiguieron trabajo. Me eché agua en el rostro, intentando que el maquillaje que Tatiana me había puesto no se corriera. A mis 18 años nunca me había colocado labial, ni tampoco eso que ella llamó rímel. Me veía tan diferente y a la vez tan igual. Un vestido n***o adornaba todo mi cuerpo, me llegaba un poco más debajo de las nalgas, bastante demostrativo, mucho más de lo que jamás había utilizado. Mis muslos estaban completamente expuestos. Mis brazos estaban cubiertos por unas finas mangas delicadas y encima de éste tenía un abrigo que apenas me cubría del frío. Tatiana Chong y yo calzábamos eso había sido una oportunidad para ella montarme en unas botas que me llegaban hasta las rodillas de color n***o también. Nunca mis pies se habían visto adornados y protegidos tanto como en esta ocasión, así que no podía evitar sentirme ligeramente eufórica porque finalmente tenía algo que realmente me servía, algo que no había sido heredado de una hija adoptiva a la otra. Por lo regular los padres de acogida siempre guardan diferentes size de ropa para los hijos que vengan a futuro. Son personas que se pasan la vida recibiendo a huérfanos y niños que no tienen padre que los cuiden. Así que comprar ropa cada vez que llega uno resulta más caro de lo que parece. —¡Milly! — escuché mi nombre y esto me alertó de inmediato. Abrí la puerta mientras el papel toalla aún estaba en mis manos y terminaba de secármelas. —¡Me asustaste! Creí que estarías vomitando en el escusado. —Estoy bien, murmuré. Aunque lo cierto es que me sentía como los mil demonios, como si mi mente se hubiese ido lejos de aquí y tan solo mi cuerpo se estuviese moviendo como si tuviese vida propia, como si tuviese un cerebro que lo mandara a hacerlo de forma automatizada. —Vamos por un agua para que te refresques un poco más. No tenía idea de que no habías consumido alcohol. —Tranquila, hay muchas cosas que desconoces sobre mí. — le dije, y aunque ella frunció el ceño e hizo un puchero, no evitó asentir con la cabeza. —Supongo que tienes razón, no te conozco de casi nada, pero siento que te conozco de toda la vida. Eres mi amiga Mili, aunque sientas que yo no soy la tuya, lo veo en tus ojos, ¿sabes que tus ojos verdes no pueden ocultar prácticamente nada? Yo suponía más bien que el alcohol ya estaba haciendo efecto en ella también. Quién sabe si se había tomado otro trago en lo que había yo venido al baño. —Creo que mejor deberíamos de irnos a casa. —le dije en voz muy alta al oído. — ya hemos estado aquí bastante tiempo. No puedo durar más tiempo fuera. —Es tu cumpleaños. Ni siquiera han dado las 12 de la medianoche. — ella volvió a hacer ese gesto que le quedaba entre gracioso y tierno a la vez. — vamos, hazlo por mí, por lo menos por mí, si no quieres hacerlo por ti. Sopese las posibilidades de volver el vestido, las botas y volverme a ponerme trapos viejos y descoloridos. La verdad es que no me apetecía para nada. Volverá a ser la misma de siempre, volver a ser yo de nuevo al menos en este momento, en mi cumpleaños número 18, tenía la oportunidad de ser una persona completamente diferente y con ese pensamiento en mente le sonreía a Tatiana. —Un trago más y nos vamos. — aseguré, sonriendo, abiertamente. —Ese es mi chica. — exclamó ella y me agarró de las manos caminando conmigo, prácticamente arrastrándome hasta la barra, le pidió otro trago con el gesto de sus dedos al bartender y yo no entendí como el hombre pudo captar de inmediato la referencia. Ella, después de servirnos el trago, me arrastró hasta la pista de baile y con la Copa en la mano, comenzó a mover su cuerpo al compás de la música. Yo jamás había bailado en un club y era obvio, pues tampoco lo había visitado hasta este momento, pero ella moviendo su cuerpo me instó a hacer lo mismo y de un momento a otro me encontraba totalmente desinhibida, sintiéndome libre por primera vez en toda mi vida
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