La toalla se te cayó

1465 Words
POV VIOLET Amanecí con algo encima. Literal. Sentí como si un costal de hierro me estuviera aplastando el cuerpo, pero no, era él… otra vez. Abrí los ojos y ahí estaba, dormido como si nada. Cara de ángel, cejas perfectas. Me giré un poco y ahí fue cuando me di cuenta de que ya tenía otra ropa puesta. Carajo. Tranquila, Violet. Respira. Es tu marido. Tu marido. Qué risa. ¿Ya debería estar acostumbrándome a estas cosas? ¿O ya me volví loca y ni cuenta me di? Pasaron unos minutos hasta que dije, va, desayuno. Revisé el refri y por suerte estaba decente, al menos no íbamos a morir de hambre ese día. Hice lo clásico: huevos, tocino, salchichas. Nada del otro mundo, tampoco iba a andar de chef para que pensara que me estoy enamorando o algo. Pero igual quería que la cosa funcionara… más o menos. Mientras me movía por la cocina, casi se me atora la taza de café. —¡Ay, mierda! Ahí estaba, mirándome serio desde el marco de la puerta, como si yo fuera la intrusa. —¿C-Café?— le dije, toda tímida, como si no tuviera valor. Le puse la taza frente y justo cuando iba a sentarme, me agarra la mano. Frunce el ceño. ¿Ahora qué? Suspira, se voltea y se mete al cuarto. ¿No le gustó el desayuno? Pues que no coma. A mí qué me importa. Ya estaba echándome la comida cuando regresa con un botiquín. ¿Alguien se murió o qué? Yo ahí, confundida, y él directo: —Dame tu mano. ¡Rayos! Me espantó. Me quedé tiesa. Luego noté que tenía roja una parte de la mano. Seguro fue por la taza café de hace rato. Nada grave. —¿Q-Qué? Está bien, es solo un poco. Anda, come,— traté de soltarme. Pero el cabrón no aflojó. Me limpió la mano, me puso una cremita fría y todo como si yo fuera delicada. Me sentí estúpidamente cuidada. Qué coraje. —Gracias,— le dije bajo, sin sarcasmo. —Comamos. Desayunamos en silencio. Un silencio que poco a poco se fue convirtiendo en algo muy incomodo. Hasta que por fin… —Tenemos que hablar. Aquí viene la telenovela. —Sobre nuestro matrimonio,— dijo, con ese tono serio. Le gané el paso. —Sé que te obligaron, igual que a mí. No te estreses. —La chica que viste… es mi novia. Ya sabía. Pero igual se me encogió el corazón. —Lo sé. Gracias por decirlo igual. —¿Estás bien con esto?— me lanza la pregunta. —¿Con qué?— le respondí con otra pregunta. —Con que estoy casado contigo, pero estoy con ella. Ay, qué lindo que lo diga así, como si fuera normal. —Mientras mi papá no se entere, está bien. No te voy a pedir que la dejes. No soy tan patética. —¿Por qué no? Y ahí me molestó. Porque no tenía una respuesta clara. Solo esa sensación de estar en segundo lugar en una historia que no escribí yo. —Ella fue la primera. Y es a ella a quien amas. Yo solo llegué a meterme en medio. No soy nadie para exigir nada. —Pero eres mi esposa. Tienes derechos. —¡Qué lindo! Pero no nos casamos por amor, recuerda. Se quedó callado. Yo me levanté, recogí los platos y me fui al fregadero. —¿No vas a trabajar?— pregunté por encima del hombro. —Cancelé todo. —¿Queee, en serio? Los milagros existen. —¿Qué tiene? Me reí. —Perdón… no he dicho nada.— le dije sonriendo. —Te voy a acompañar a la empresa hasta que te acostumbres a manejarla. —Está bien. No dijo nada más. Se quedó ahí sentado, mirándome como tonto. —Parece que sabes hacer tareas domésticas. No sabía si lo decía en serio o si estaba molestando, así que no le hice caso. Limpié el fregadero, me quité el delantal y lo colgué. Aunque me distraía que todavía anduviera ahí, decidí no decir nada. Capaz y luego me salía con que soy metiche. Me vale madre su vida. —Eeem, solo voy a cambiarme,— solté con duda. Él solo asintió, así que me fui al cuarto. Pero sentí que venía atrás de mí, y eso solo me puso más nerviosa. ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué su presencia me ponía tan tensa? ¿Será que me gusta? Pues no estaría tan loca, con lo bueno que está el cabrón. ¿Quién no se calentaría con ese hombre? Negué con la cabeza. ¡Traicionera! Esto es culpa de la desgraciada de Harper y sus cochinas ideas. Entré al baño sin pensarla mucho y me metí directo a la regadera. Ya adentro, empecé a maldecir bajito. —Que estupida que eres, Violet. Tenías que hacerte la despistada justo ahora, ¿no? ¿Y ahora cómo vas a salir, bruta?— murmuraba mientras caminaba en círculos como tonta. Mi cabeza estaba en otro mundo que no me pude acordar de algo tan sencillo. —Ni calzones trajiste, ¡no puede ser!— gruñí, apretando la toalla contra mí. Era el unico respaldo que tenia. Y si no hubiera estado esa toalla ahí, estaría desnuda total. Por andar de distraída, ni vi que el piso estaba resbaloso. —¡AY, NO!— grité cuando me di el golpe. —¡Mierda! Y de repente sentí que alguien me levantaba. Me dolía el trasero con ganas, pero la sorpresa de verlo ahí me hizo olvidar el dolor. —¡Pero que bruta!— soltó, poniéndome en la cama. Se agachó para verme bien. —¿Estás bien? ¿Dónde te duele?— me preguntó mirándome de los pies a la cabeza. Y otra vez esos ojazos suyos. Me estaban distrayendo mas de lo que imaginé al igual que él. Esta situacion empezaba a incomodarme. Mejor dicho, a enojarme. —Violet,— repitió. —S-Sí, estoy bien. Perdón, fui una bruta y te metí en esto,— dije toda apenada, alejándome un poco. Gimoteé leve, no por dramatismo, pero sí ardía el golpe. Seguro fue solo el golpe, nada roto. Y justo ahí caí en cuenta: estaba semidesnuda. La cara se me puso como tomate de roja. ¡Otra vez no,Violet! —¿Segura que estás bien? Te voy a llevar al hospital,— dijo él.— Es mejor prevenir que, despues lamentar. —No hace falta. Ya te dije que estoy bien. Gracias.— No lo quería ni mirar. Pero como no decía nada, volví a verlo. Su cara seria me analizaba. Me escaneó todita y luego se dio la vuelta. Lo escuché soltar una mala palabra. Luego volteó otra vez. —Vístete. Vamos al hospital antes de que vayas a tu trabajo,— soltó con tono seco.— y no quiero que digas nada al respecto. Es por tu bien. ¿Entendido?— parecía un padre protector mas bien que “Mi marido” Ni dije nada. No quería problemas el primer día, así que solo asentí. —Quédate. Yo voy por tu ropa.— Y se volteó.— No vaya a ser que te lastimes mas de lo que ya te diste contra el piso. Abrí los ojos como platos. Me levanté al instante para pararlo, pero el universo no estaba de mi lado. Hoy eran de esos dias que mejor prefieres quedarte en la cama porque hasta lo mas sencillo termina siendo mortal. Tropecé como idiota y le caí encima. Y para acabarla, la toalla se me aflojó, dejando las tetas casi al aire. Quedamos rígidos los dos. No podía moverme, o se me veía todo. —Dime la verdad, ¿tienes un lunar en la nalga?— soltó él, no sabía si en broma o ya en serio. Me moría de pena, así que me escondí en su pecho. No podía hacer otra cosa. Fue todo vergonzoso. Lo escuché maldecir bajo. ¿Estaba enojado? ¿Le cagué el día? —Uff, joder... Esto es una maldita tortura,— murmuró con voz ronca. —Perdón. No sé qué carajos hice en otra vida para merecer esta vergüenza,— susurré, todavía pegada a su pecho. Se rió bajo y me rodeó con un brazo. Sentí una descarga recorrerme. No sé qué era, pero quemaba rico. —Yo tampoco sé qué hice para merecer tanta suerte,— susurró en mi oído. No sé si fue mi imaginación, pero su voz sonaba más… Más grave. Más... rica. Sentí cómo pasaba su mano por mi cintura, lento, subiendo y bajando. Quería detener este momento, pero no podía olvidar el show por el que acababa de pasar. Respire y solté el aire tenso que tenia en mis pulmones.
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