―Estamos aquí porque conocemos vuestra fidelidad a la Iglesia y al Papa ―intervino el otro dominico, rebajando el tono. ―Mirad, sabemos que habéis traído con vos del pueblo de Apiro a una joven labriega llamada Chiara. Denunciada por los mismos progenitores, ella debe ser investigada por herejía y brujería. Muchos en el pueblo están dispuestos a testimoniar contra ella. Nosotros mismos hemos registrado su casa y encontrado muchos libros prohibidos, entre ellos una copia de la Sagrada Biblia en lengua vulgar. Tenemos el deber de conducirla a Roma y hacerla juzgar por el Santo Oficio, por lo que os pedimos que nos entreguéis a la muchacha. A Lucia, al escuchar aquellas palabras, se le encogió el corazón. Ya imaginaba a Chiara atada a un palo, sobre un montón de leña, a la espera del extremo

