Eres sirvienta y no esposa

1008 Words
POV EMILY Me levanté lentamente de la cama y me planté frente al espejo sin siquiera voltear a ver el rostro de mi padre. Mi mirada se posó en el vestido de novia que colgaba de mi cuerpo, ese vestido que deseaba arrancarme con desesperación. Mientras secaba las lágrimas que no terminaban de salir, intenté recomponerme. Acababa de hablar con mi padre, y aún tenía su imagen clavada en mi mente. Limpie mis ojos hinchados y enrojecidos, tratando de borrar las huellas de mi tristeza. Sin decir una palabra, me acerqué a mi padre. Sentí cómo su brazo firme me sostenía cuando me ayudó a levantar el vestido que, como si fuera parte de mi destino, se enredaba en mis pies. Caminamos juntos hacia las escaleras. La tela del velo rojo frente a mi rostro nublaba mi visión, pero aun así podía distinguir la multitud que me esperaba abajo. Cada paso que daba sentía cómo el aire se me atascaba en los pulmones. Al llegar al último escalón, levanté la mirada hacia el cortejo nupcial. Una punzada de dolor recorrió mi nariz. Había tantas personas, tantos rostros conocidos... y todos estaban ahí, sin saber que celebraban mi infelicidad. Recorrí con la mirada cada cara, una por una. La señora Patricia reía animadamente mientras conversaba con las mujeres a su alrededor. Su sonrisa, aunque amplia, estaba llena de malicia; era como si disfrutara de mi desgracia. Justo a su lado, Michael gesticulaba exageradamente, presumiendo ante los demás como si no tuviera nada que ver con esta farsa de matrimonio. Pero lo peor fue cuando mis ojos se cruzaron con Ethan. Su sonrisa de satisfacción me rompió por dentro. Él estaba feliz por haber conseguido a su "amada", pero esa felicidad había arruinado mi vida. Busqué desesperadamente entre la gente, pero no encontré a mi hermano. La ausencia de mi propia sangre fue un golpe que me hundió aún más. Su ausencia pesaba. Sabía que no estaba aquí porque se lo habían impedido. Sin embargo, mi mirada se detuvo en alguien más: al fondo del salón, un hombre fumaba un cigarrillo mientras jalaba su cabello con las manos, como si quisiera arrancárselo. Era mi hermano. Lo conocía demasiado bien. Estaba consumido por el remordimiento de no haber podido protegerme. Seguramente se culpaba por no haber hecho el sacrificio que esperaba que alguien más hiciera por mí. Años atrás, su amor por la hija de una familia enemiga había desatado un escándalo que recorrió toda la ciudad. Era un amor prohibido que lo llevó al límite. Pero cuando la amenaza de sangre y violencia se volvió inminente, él cedió. Renunció a su amor para protegerme, y ese sacrificio quedó enterrado, olvidado por todos... menos por mí. Mis pasos se volvieron pesados mientras bajaba las escaleras. Mi piel se erizó al sentir tantas miradas sobre mí. El ardor en mi pecho creció al no sentir la mirada de mi hermano sobre mí. En un impulso, me solté bruscamente del brazo de mi padre y caminé entre la multitud, ignorando sus gritos de “¡Emily!” detrás de mí. Me arrodillé frente a mi hermano, y con las manos temblorosas retiré el velo rojo de mi cabeza. Lo miré directamente a los ojos. Estaban rojos, inyectados de lágrimas reprimidas, hundidos por el peso de un dolor que parecía de siglos. —Lo siento —murmuró con la voz rota. En ese momento, lo abracé con fuerza, rodeando su cuello con mis brazos para contener mis propios sollozos. Él me sujetó por la cintura y me puso de pie, atrayéndome hacia su pecho mientras me acariciaba el cabello. Sus respiraciones profundas parecían intentar calmarme, pero solo lograban avivar mi rabia. Cuando una mano ajena me apartó bruscamente, giré con furia hacia la intrusa: era la señora Patricia. —Me lo vas a suplicar —dije entre dientes, fijando mis ojos en los suyos. Ella sonrió con arrogancia, apretándome el brazo con fuerza. —¿Me escuchaste? Me lo suplicarás —repetí en voz baja, sabiendo que esas palabras dolerían más que un grito. Volví a colocarme el velo sobre la cabeza y me dirigí hacia la multitud. El sonido de los tambores llenó el espacio cuando Thomas dio la señal, y algunos hombres, incluido Michael, comenzaron a bailar en el centro. Los observé con asco. Un día, tarde o temprano, me vengaría de todos ellos. Me subí al auto sin mirar atrás. Mi corazón ardía con la promesa de que esta casa, esta gente, algún día se arrodillaría ante mí. Yo, Emily Carter, saldría de aquí como una llama imparable, y cuando regresara, sería para cobrárselas una a una. Con las manos temblando, me quedé esperando a que subieran al auto. La mujer que tengo cerca, mi suegra, ocupó el asiento a mi lado, girándose de forma arrogante, dándome la espalda. No dijo nada, pero su presencia era suficiente para humillarme. El auto arrancó y sentí que dejaba atrás mi vida. Cada kilómetro que avanzábamos me alejaba más de mi madre, de mi infancia, de mis sueños… de todo lo que alguna vez me hizo libre. Las lágrimas caían silenciosas por mis mejillas cuando la voz áspera de mi suegra rompió el silencio: —Más te vale comportarte. No quiero un show vergonzoso como lo de hace rato. Me limpié el rostro rápidamente, reprimiendo un suspiro. No contesté. No valía la pena. Llegamos a una mansión enorme, abarrotada de gente. Cuando bajé del auto, los vítores de la multitud me aturdieron. Las mujeres reían y hablaban entre ellas mientras me miraban con descaro. Me llevaron directamente al interior, sin detenerme entre la gente. Frente a una puerta, la voz de una mujer me sacó de mis pensamientos: —En esta casa serás la sirvienta de Luke, no su esposa. Si me llego a enterar de que levantas la voz, verás lo que pasa. Tragué saliva con fuerza mientras sentía su agarre firme en mi brazo. Una cosa estaba clara: la crueldad que viví en mi casa seguiría aquí, pero yo no me rendiría.
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