Sus ojos me ponen nerviosa

1290 Words
POV EMILY Cuando bajó el picaporte de la puerta, los quejidos detrás de mí se hicieron más intensos. Avancé lentamente y crucé el umbral. Mi mirada se dirigió a una chica sentada en la cama, de espaldas. La posición en la que estaba no me dejaba ver a la persona que yacía en la cama y que, supuestamente, era mi esposo. La puerta se cerró detrás de nosotros, aunque nadie más había entrado. En ese instante, la mujer se levantó y giró hacia mí. Era Abigail, la misma mujer que mi hermano Ethan había llevado a casa. Abigail... ella fue quien me empujó a la muerte. Al descubrir mi velo, ella me regaló una sonrisa hermosa, pero yo solo pude devolverle una mirada vacía. —Esta ahora es tu habitación. Aquí no serás más que la sirvienta de tu marido en esta mansión. Cámbiate de ropa y aliméntate —dijo con frialdad, antes de salir de la habitación. Me quedé mirando la puerta cerrada por un largo rato, con el pecho apretado por la sensación de impotencia. —Bienvenida. Soy Abigail. Perdona a mi madre, sólo estaré aquí un mes. La boda se pospuso, ya sabes. Te protegeré de ella y haré el trabajo que mi hermano no pudo. —Se acercó a mí mientras hablaba, con una sonrisa en el rostro. Me senté en el sillón de la habitación, sin responderle, sin fuerzas. —Lamento haber arruinado tu vida, pero tuve que pensar en mi bebé —dijo, con un tono que intentaba sonar arrepentido. Su cabello caía sobre sus hombros, enmarcando su rostro, mientras se sujetaba el vientre con las manos y tomaba asiento a mi lado. Su cabello era hermoso... tan parecido al mío. —Le dije a Ethan que escapara, pero no imaginé que terminarías en un lugar como este. Esta noche planeaban entregarte a Cristopher, pero no te preocupes. Hay un asistente que cuidará de mi hermano cuando me vaya. Tú, simplemente, no salgas mucho de esta habitación. Eso es todo. —¿De qué estás hablando? —le espeté con amargura. Pero ella no respondió. Se levantó sin mirarme, caminó hacia la cama y volvió a sentarse junto al hombre que yacía allí. Las lágrimas comenzaron a correr silenciosamente por mi rostro. Me quité el velo por completo, dejándolo caer al suelo. Mis gritos eran mudos, pero en mi interior, el dolor crecía y crecía, haciéndome cada vez más pequeña en aquel rincón donde estaba sentada. —Le he dado de cenar a mi hermano. La otra habitación es mía. Si necesitas algo, puedes venir —dijo Abigail mientras se alejaba con una bandeja en las manos. Cerró la puerta detrás de ella. Yo me levanté y abrí la ventana de inmediato. Sentía que el aire me faltaba. No sé cuánto tiempo pasé allí, contemplando el vacío. La música había cesado y la multitud se había dispersado. La oscuridad azul del cielo me confirmó que ya era de noche. Con movimientos lentos, me aparté de la ventana. Mis ojos recorrieron la habitación, observando cada rincón hasta que finalmente me detuve en él, en el hombre al que no había mirado ni una sola vez desde que entré. Estaba despierto y me observaba con la cabeza ligeramente ladeada desde la cama. No sabía cuánto tiempo llevaba mirándome. Sin apartar la mirada de sus ojos, bajé la cabeza y volví al sofá. Aunque su mirada ya no me incomodaba, algo llamó mi atención: la maleta en una esquina de la habitación. Con el deseo de deshacerme lo antes posible de este maldito vestido de novia, me levanté y me acerqué a la maleta. Busqué entre mis cosas hasta encontrar un vestido sencillo y cómodo. Me levanté, aliviada, con una pequeña chispa de felicidad en el rostro. Pero entonces, de nuevo, me topé con su mirada fija. No pestañeaba. Decidí ignorarlo. Después de todo, no tenía intención de hablar con él. Para mí, él no era más que un desconocido, un hombre al que habían decidido que sirviera como su esposa. Llenándome de rabia por lo que Abigail había dicho antes, me metí al baño y me quité aquel vestido con furia. Me puse mi propio vestido, recogí mi cabello con cuidado y salí nuevamente a la habitación. Un sonido en la puerta interrumpió mi pequeño momento de calma. Fruncí el ceño y me apresuré a abrirla. Allí estaban Abigail y otro hombre. Él evitaba mirarme, inclinando la cabeza hacia un lado. —¿Estás libre? —preguntó Abigail. Negué con la cabeza, confundida. Ella miró al hombre y luego volvió a dirigirse a mí. —Este es Nathan, el asistente personal de Luke. Ha venido a cambiar a mi hermano. Vamos, siéntate allá mientras él hace su trabajo —dijo, intentando tocarme la muñeca. Pero retiré mi brazo. —Yo también vine para darte información sobre mi hermano. Como sabes, mi hermano está postrado en cama desde que estaba en el último año de preparatoria. Tiene parálisis de cuello para abajo, no puede hablar y apenas emite sonidos desde la garganta con mucha dificultad. Así que, por favor, no te asustes si lo escuchas por la noche. Mientras se giraba hacia mí para asegurarse de que lo estaba escuchando, me sorprendí observando su perfil. Su rostro estaba serio, pero había algo en la manera en que hablaba que me hacía prestar atención. —Puedes comunicarte con él a base de preguntas y respuestas—continuó—. Su mente está perfectamente bien. Si le preguntas algo y quiere decir que sí, mueve los ojos de arriba abajo. Si quiere decir que no, los mueve de izquierda a derecha. —¿Y si mira fijamente?—, pregunté, sorprendida por la seguridad en mi propia voz. Noté que se quedó un poco desconcertado, pero después me sonrió. —Entonces o está tratando de decirte algo o simplemente te está analizando—. Negué con la cabeza, intentando disimular una sonrisa. Hoy había pasado mucho rato mirándome, y preferí pensar que me estaba analizando. —Mamá fue muy clara al decir que debes cuidarlo bien. Tiene que desayunar a las siete de la mañana y tomar sus medicinas. No te preocupes, te ayudaremos con los cuidados de mi hermano hasta que te acostumbres—. Justo cuando terminó de hablar, la puerta de la habitación se abrió, y se escucharon pasos en el pasillo que se acercaban. —¿Qué haces aquí?—preguntó una voz femenina. —Nathan está ayudando con lo de mi hermano, mamá—, respondió, volteándose hacia la mujer que acababa de entrar. Ella avanzó hacia nosotros con una mirada de disgusto que no se molestó en ocultar. —¿De qué sirve todo esto? La próxima vez, que esta mujer le cambie los pañales a su esposo—, soltó con desprecio. Sentí cómo la saliva se atascaba en mi garganta. Respiré hondo, apretando los puños, y la enfrenté con la mirada. —Me están ayudando porque aún no lo sé hacer sola—respondí, intentando controlar mi tono. —Mira nada más, la serpiente tiene lengua. Mejor ve a prepararle la cena a tu marido en vez de perder el tiempo hablando conmigo. Solté un resoplido, manteniendo mi mirada fija en su rostro por última vez, y luego me di la vuelta. Entré en mi habitación y cerré la puerta de golpe. El ruido despertó al hombre en la cama, y al verlo sobresaltado, sentí una punzada de arrepentimiento. Sus ojos ámbar estaban fijos en mí, brillando bajo la luz tenue. Di uno o dos pasos hacia él, acercándome lo suficiente para sostenerle la mirada. Había algo en sus ojos que me atrapaba, como si intentara decirme algo sin usar palabras.
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