Capítulo 9: Presagios de una super tormenta

2281 Words
La mirada de Luna se volvió hacia los peces de colores con una sonrisa de pura dulzura. Ella no lo sabe, pero en mi fuero interior se ha convertido en mi reina. Muchos en la barraca la llaman gitana, hechicera, princesa o guerrera, según el miedo o la admiración que le tengan; pero para mí es simplemente eso: mi reina. Es mi niña coqueta, una mujer de sangre antigua obligada a crecer demasiado rápido, al igual que todos los de nuestra generación. En el mes que me ha tocado asistirle, he aprendido a venerar sus cualidades como líder, pero sobre todo, su naturaleza como mujer. Presiento que no le soy indiferente. Definitivamente, ella para mí es el centro de gravedad. Quería besarla, devorarla y acariciar cada rincón de su anatomía. En ese momento, más que nunca, mientras salía de su letargo, pude sentir sobre su piel tiritante la miel del deseo más puro. Me miraba a los ojos atrapada en un trance, vulnerable, y mi hombría me gritaba que la poseyera allí mismo. Pero me resistí a faltarle. Me conformé con acariciar sus mejillas con las yemas de mis dedos, un acto al que ella no respondió con palabras, perdida en los colores de los guppies. Dolió tener que romper el contacto. Al fin y al cabo, soy su inferior; un subalterno que por piedad y conveniencia política tiene a su lado. Un ex esclavo como yo no puede aspirar a tocar los astros. Deseo con rabia su cuerpo, pero mil veces más quiero poseer su alma. Por eso me alejé nadando en mientras ella mantenía la vista fija en la nada. No era el momento, todavía no. Al llegar a la base, el ambiente de sosiego del bosque se evaporó. Molina comenzó a dar instrucciones a todo el mundo, alterado y con las venas del cuello a punto de estallar. Usaba de excusa la inminente tormenta, pero el tono lo delataba. ¿Qué diablos le pasaba? Actuaba como un marido celoso. ¿Habrán tenido algo en el pasado? La sola idea me revolvió el estómago. —¿Dónde demonios estaban? —preguntó Lola, levantando la vista de los radares portátiles con curiosidad. —Les advertí que estaría colgando el balancín a la orilla del riachuelo, pero ninguno me prestó atención —respondió Luna, soltando un suspiro mientras se quitaba la gorra militar—. ¿Es que ahora tengo que dar explicaciones de cada paso que doy? —Como Teniente Coronel no, pero como tu amigo sí —insistió Tony con un tono demandante que rozaba la insubordinación. —Simplemente decidí tomar un baño en el río, Tony —le espetó ella, subiendo el tono. Me dieron unas ganas de saltarle al cuello y ahorcarlo allí mismo. ¿Quién carajos se creía para tratar a mi reina con semejante altanería? —Pues yo no veo el problema, Tony. El clima está insoportable —intervino Estela con su habitual pragmatismo. Gracias, Estela, le agradeció mi subconsciente mientras Nahuel me tiraba de la manga hacia la puerta del patio trasero evitando que cometiera una locura. —Claro, no hay problema —masculló Tony, asegurándose de que su voz se escuchara en toda la estancia—. Excepto porque el esclavo se encontraba debajo del agua, convenientemente "pescando". Escuchar eso me hizo apretar los puños hasta sacarme sangre de los nudillos. Iba a matarlo. —¡Suficiente, Molina! —cortó Luna, y su voz hizo que el aire se congelara—. ¿Será que tendré que reasignarte a otra barraca para que recuerdes la cadena de mando? Además, viste perfectamente el tamaño de la pieza que atrapó, ¿verdad? Al fin y al cabo, mi seguridad no es tu asunto, mañana bien que comerás de lo que pescó. En ese preciso instante, el retumbar de unos puños golpeando la gruesa puerta de madera interrumpió la disputa, poniéndonos a todos en alerta. Tony abrió de mala gana y ante él estaban el teniente Lozada y el sargento Díaz, ambos con los uniformes salpicados por las primeras gotas de una lluvia densa y caliente. —Sargento, necesito hablar con la Teniente Coronel de inmediato —dijo Lozada, ignorando la tensión ambiental—. Hay una conmoción tremenda y las líneas con Ciudad Abisal están saturadas. Molina se hizo a un lado, tragándose el orgullo. —Estamos al tanto del cambio climático. Adelante, tomen asiento. Los iba a convocar ahora mismo; aparentemente la tormenta será poderosa. Escuché la voz de Luna desde el fondo. La barraca se había transformado por completo en el centro neurálgico de operaciones. El gran espacio común ahora estaba dominado por una inmensa mesa de mapas, pizarras electrónicas y terminales de tecnología cuántica que su propia tropa había instalado. —No es solo una tormenta común, mi Teniente Coronel —informó Lozada, ajustándose el cinturón —. Los analistas meteorológicos de Ciudad Abisal acaban de confirmar lo peor. Este frente no es un proceso natural. Es un coletazo indirecto, una supertormenta nacida del brutal desequilibrio electromagnético que las células de los Oscurancentis han provocado desde el noreste de Europa. Han sobrecargado las redes iónicas en el territorio escocés y sus alrededores para desestabilizar el escudo de la Alianza. El clima colapsó. Lo que se nos viene en tres días es un monstruo. El silencio fue sepulcral. Luna se llevó una mano al mentón, procesando la escala del sabotaje global de la secta. Lozada continuó, preocupado: —Además, la paranoia ya se desató. Algunos ciudadanos de los cuadrantes bajos han sido vistos escapando por las colinas que llevan a las praderas, después del riachuelo. Hemos avisado a las aldeas cercanas y a Ciudad Abisal sobre estas "liebres" que huyen del perímetro seguro. En la capital esperan sus instrucciones para iniciar un despliegue de búsqueda. — Hay algo más —añadió el sargento Enre Díaz, dando un paso al frente—. Desde los laboratorios de la capital nos informan que los análisis de sangre de los prisioneros Oscuranscentis tomados en la última intervención están arrojando datos alarmantes. Presentan una cadena de aminoácidos completamente modificada, incompatible con el registro humano estándar. Los están trasladando en un transporte blindado a los laboratorios centrales de La Alianza antes de que pase a tormenta para someterlos a un examen exhaustivo. Nahuel y yo aprovechamos la distracción para entrar por la puerta trasera, integrándonos al grupo. No podían descubrir nuestro secreto, ni lo que de verdad se ocultaba en las praderas. No por ahora. —Teniente Coronel —intervine, dando un paso al frente con el pez aún en la mano y dirigiéndome a Luna con el respeto que exigía la presencia de los oficiales—. Si me lo permite, mi gente y yo podemos localizar a los compueblanos que cruzaron el río. Sabemos exactamente en qué sectores se mueven, pero pierdan cuidado: regresarán. No están escapando. —¿Cómo puede estar tan seguro de eso? —preguntó Estela Montecristo. —Como le comenté a su sargento: conozco a mi pueblo. No huyen por cobardía; solo se están abasteciendo con alimentos silvestres, raíces y caza de las praderas y el bosque antes de que la tormenta bloquee los accesos —respondí con firmeza. No tenía necesidad de mentir; los míos sabían cómo sobrevivir. El teniente Lozada se acercó a mí con una actitud intimidante, señalándome con el dedo índice a escasos centímetros del pecho. —Solo espero que tus palabras sean ciertas, nativo, y que toda esa gente esté de regreso antes de que caiga la noche —sentenció. —Téngalo por seguro —replicó Nahuel a mi lado, sin un ápice de temor. Luego, con astucia , continuó—: En cuanto a las tropas encarceladas de la secta... no se dejen asustar por tecnicismos médicos. Verán que esos análisis solo demuestran una salud de hierro. Es el resultado de la alimentación orgánica en esta zona, libre de la químicos. Ustedes mismos han probado nuestros cultivos. Aquí todo viene de la tierra pura; muy pocas cosas se importan de Ciudad Abisal. La explicación de Nahuel no era del todo lógica para un científico, pero tenía el suficiente sentido para sembrar la duda en soldados de campo. —Eso no explica una enzima mutada en un mapa de ADN recombinado —murmuró Díaz, llevándose las manos a la barbilla dubitativamente—. Es muy atípico... Ya lo veremos con los genetistas de la Alianza, Teniente Coronel. —Bien —interrumpió Lozada, volviéndose hacia mi reina—. Teniente Coronel Monsalve, el tiempo corre. Es usted quien debe dictar las pautas y asignarnos las tareas de mitigación. Luna se llevó ambas manos a la cabeza, cerrando los ojos por un instante mientras digería los datos: la tormenta provocada por los Oscuranscentis, las mutaciones y las familias huyendo. —Me ponen en una situación compleja —declaró Luna, enderezando la espalda y asumiendo el mando con presencia arrolladora—. Teniente Lozada, en algún momento usted fue mi superior y sabe que no podemos perder un solo segundo. El plan principal se mantiene: construiremos el canal de desvío reforzado con muros de sacos de arena ante la inminente crecida del riachuelo. Proteger las ruinas arqueológicas de la furia de este huracán magnético es nuestra prioridad absoluta. Si este asentamiento se destruye, tendríamos que evacuar a toda la población hacia las aldeas vecinas o a Ciudad Abisal, y eso no es viable. Esta gente ya está adaptada a este suelo. Abrió el mapa holográfico y comenzó a señalar los cuadrantes con precisión quirúrgica: —Necesito que asigne personal médico al hospital en turnos de veinticuatro horas y ordene un inventario de medicamentos. Quiero un contingente de ingeniería despejando las vías principales, y otra unidad verificando las condiciones estructurales de las viviendas de los ancianos y familias con niños pequeños. Debemos identificar refugios seguros ; las edificaciones de roca antigua y techos de cemento reforzado de las ruinas serán utilizadas como búnkeres temporales. Eso incluye el hospital y la escuela comunitaria. También debemos centralizar el abastecimiento de víveres; corremos el riesgo de quedar incomunicados si el frente electromagnético tuesta los repetidores. y más aún sin transportes aereos. Se detuvo y nos barrió con la mirada. —¿Alguno de los presentes conoce los senderos alternos de evacuación de la pradera superior? Ante su petición, levanté la mano de inmediato. —Excelente. Trabajarás con Pérez esta noche en el diseño de los mapas de contingencia. La idea de pasar la noche encerrado en una oficina cartográfica lejos de ella no me agradó en lo absoluto. Sentía la necesidad de estar a su lado, de protegerla del peso de sus propios galones, aunque sabía que no me necesitaba. —Es fundamental reforzar las patrullas de vigilancia —continuó Luna, con los ojos fijos en la pizarra—. Es muy probable que alguna célula remota de los Oscuranscentis intente aprovechar el caos para atacar los flancos débiles. Nahuel, captando la jugada, dio un paso al frente. —Puedo ayudar al sargento Díaz en el patrullaje del perímetro norte mi Teniente. A Estela no le hizo gracia el ofrecimiento de mi amigo. Su rostro se arrugó de absoluto disgusto y comenzó a hacerle señas discretas a Luna para que rechazara la propuesta. Luna cazó la señal. —Montecristo —dictaminó Luna con una sonrisa imperceptible—, te asigno como refuerzo directo del sargento Díaz para la patrulla nocturna. Mañana a primera hora quiero un informe detallado de cada cuadrante en mi mesa. La expresión de Estela cambió instantáneamente, transformándose en una sonrisa maliciosa. Hubo un juego de complicidad entre ella y Luna, un "pitcher y catcher" perfectamente sincronizado que casi me hace soltar una carcajada. Tendría que advertirle a Nahuel que no se descuidara; Montecristo iba a ser una sombra esta noche. —Por último, estableceremos turnos rotativos en el cuarto de transmisiones —concluyó la Coronel—. Sargento Molina, usted se encargará de la supervisión. Traslade la unidad de comunicaciones a la barraca incautada que prepararon los Oscurantscentis; sus antenas tienen mejor aislamiento contra elmagnétismo. Yo me quedaré conectada con Ciudad Abisal, rastreando las anomalías para verificar los pormenores de último minuto. Mañana desde el amanecer iniciaré rondas de inspección en el canal. La responsabilidad que cargaba mi guerrera era gigantesca; noté cómo sus labios producián una leve vibración al pronunciar las últimas órdenes. Ella no lo sabe, pero mi comunidad moverá cielo y tierra para estar lista antes de que caiga el primer rayo. Ya he distribuido directrices. Desde las sombras, sigo liderando a este pueblo. Ahora más que nunca, con la libertad que nos han otorgado al no ser tratados como ganado, los míos me buscan para saber qué dirección tomar. Y al verme a su lado, la respetan a ella. La protejo desde mi esquina. —Como ordene, Teniente Coronel —intervino Lozada, rompiendo el silencio con un saludo militar—. Y recuerde que este mando nunca ha dudado de sus capacidades. Aquí los rangos se respetan. Espero que a todos les quede claro. La mirada de Lozada se desvió intencionalmente hacia el rostro desencajado de Molina, quien evadió el contacto visual, apretando los puños en silencio sepulcral. Era evidente que el teniente había alcanzado a escuchar parte de la escena de celos en la entrada. —Así es, Teniente ... —concluyó Luna, dando por terminada la sesión—. Tenemos que distribuirnos con eficacia. Todos sumamos. Pero les advierto una cosa: si las "liebres" no han cruzado los puntos de control de regreso a las 22:00 horas, me veré obligada a enviar tropas a buscarlas. Molina, por si acaso... vaya preparando a la unidad Alfa de operaciones especiales. No quiero sorpresas.
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