Capítulo 4: Secretos, amigas y un dios griego indeseado

1312 Words
Al día siguiente mi padre y Tamara regresaron junto a la empresa, ya que Tamara era la directora central de todo el emporio Piamonte. Eso la hacía caminar por la casa con la frente en alto, como si hubiera nacido en esta mansión y no se hubiera colado a mi vida de la noche a la mañana. Me desperté con los rayos del sol dándome directo en la cara. Tenía mi última clase del semestre y no podía darme el lujo de faltar, porque debía entregar un trabajo importante que valía casi la mitad de la nota. Me levanté refunfuñando, me di una ducha rápida y bajé a la cocina en busca de un vaso de jugo. Pero lo que menos esperaba era encontrarme con mi maldito hermanastro sentado en la barra, con unos lentes oscuros ridículos, un abrigo con capucha y un pantalón de sudadera, como si fuera una caricatura de sí mismo. Tenía un vaso de leche en la mano. Parecía que venía de correr, pero conociéndolo, seguro venía de cualquier cosa menos de hacer ejercicio. —Y tú con esos lentes oscuros… ¿qué eres ahora, un vampiro que se levanta y le tiene miedo a la claridad? —le solté burlona, abriendo la nevera para coger mi jugo. Cris levantó apenas la cabeza y me respondió con esa voz ronca, cargada de arrogancia: —No le tengo miedo a la luz. Simplemente me molesta. Eso es todo. —Ajá, qué patético —bufé—. Claro, de los borrachos que llegaste anoche de tu parranda y ahora estás resacado. Él giró la cabeza y me miró por encima de las gafas con desdén. —¿Y qué te importa a ti cómo me sienta? —me dijo, malhumorado. Le sonreí sarcástica, inclinándome un poco hacia él. —Ay, discúlpeme, señor de las tinieblas… —dije con dramatismo, llevándome la mano al pecho—. No era mi intención molestarlo. —Tú no tienes que irte ya a tu colegio, niñita. Vete y déjame en paz. Solté una carcajada seca. —No es colegio, es universidad, ¿oíste, menso? Él chasqueó la lengua y me lanzó un dardo disfrazado de broma: —Y tú, viciosa, que no sueltas ese teléfono ni siquiera para ir al baño. Rodé los ojos. —Eso no te importa —le contesté con frialdad, dándole la espalda. Él se levantó con su vaso a medio terminar y salió hacia la cochera, donde tenía estacionado su convertible blanco. El sonido de la puerta al cerrarse resonó como un alivio momentáneo. —¿Mi niña no va a desayunar? —preguntó doña Inés, la mujer que prácticamente me había criado, con ese tono dulce que siempre me aterrizaba. —No, nada. Me bebí un vaso de jugo —le respondí, dándole un beso en la mejilla antes de salir de la cocina. Arranqué mi auto y en pocos minutos ya estaba en la universidad. En el campus me esperaban Peyton y Carola, mis compañeras de batallas. —¡Al fin llegas! —dijo Peyton, corriendo hacia mí con su pelo rizado al viento. —Ya era hora, Ámbar. Estábamos a punto de irnos sin ti —añadió Carola, siempre más seria, aunque sus ojos verdes la delataban; tenía ganas de chisme. Nos abrazamos y empezamos a caminar juntas hacia la cafetería. El sol abrasador de Los Ángeles nos envolvía como una manta pesada. —Bueno, suéltalo ya —dijo Peyton, cruzándose de brazos mientras caminábamos—. Sabemos que tienes algo que contarnos. Las miré, hice un gesto dramático con las manos y solté: —Pues nada, que mi padre decidió casarse en secreto con Tamara… en Italia. Las dos se quedaron en shock, como si hubiera soltado una bomba atómica en medio del pasillo. —¿¡Cómo que en Italia!? —gritó Peyton—. ¿Y tú no sabías nada? —Nada de nada. Llegó de viaje y me tiró la noticia como quien tira una bomba de humo. Y lo peor no fue eso… —me crucé de brazos, sintiendo la rabia hervirme—. Lo peor es que Tamara trajo a su hijito consentido a la casa. Carola me miró confundida. —¿Un hijo? ¿Y tú nunca sabías que tenía uno? —No, porque según mi padre, era un secreto. Y ahora resulta que el idiota vive conmigo. Peyton se acercó emocionada. —Espérate, espérate, ¿y qué tal está? —preguntó con una sonrisa pícara. Puse los ojos en blanco. —Es un arrogante. Lo expulsaron de la universidad en Europa por rebelde, malcriado y prepotente. Hace lo que le da la gana. —Eso ya lo sabemos —dijo Carola, siempre práctica—. Lo que no has dicho es si está bueno. Me mordí el labio, odiando lo que estaba a punto de confesar. —Pues… sí. Se ve jodidamente bien. Coño, parece un maldito dios griego tallado en mármol. Las dos soltaron un grito ahogado, casi de risa. Peyton me dio un codazo. —Ajá, sabía yo. ¡Ya te lo estás mirando con otros ojos! —¡No, ni loca! —protesté, casi ofendida—. Es mi hermanastro. O sea, técnicamente no tenemos la misma sangre, pero igual… no. Carola entrecerró los ojos. —Mira, Ámbar, una cosa es lo que dices y otra lo que tu cara acaba de admitir. Suspiré con frustración. —Es que me desespera, ¿saben? Llega con esa maldita arrogancia, como si la casa fuera suya. Y se burla de todo. De mí, de cómo hablo, de lo que hago. Y encima, las pocas veces que abre la boca, lo hace con esa voz grave que parece que te desarma. —Eso no es lo peor, lo peor es que seguro te intriga —interrumpió Peyton, dándome otra vez un codazo. La miré resignada. —Tal vez un poquito… pero eso no cambia que me cae mal. Llegamos a la cafetería y pedimos algo frío. Yo un frappé de vainilla, Peyton un batido de fresa y Carola un café helado. Nos sentamos junto a la ventana, y el murmullo de los estudiantes llenaba el ambiente. —Entonces… ¿cómo es convivir con él? —preguntó Carola. Me recosté en la silla, levantando los ojos al techo. —Un infierno. Anoche llegó borracho, haciendo ruido como si la casa fuera un club nocturno. Esta mañana lo encontré con lentes oscuros en la cocina, con esa actitud de “nadie me manda”. Y para rematar, me dijo niñita como si yo fuera una cría. Peyton se rio a carcajadas. —Coño, suena como el protagonista de una novela. —Sí, pero no de las románticas —dije seria—. De esas de suspenso, donde el tipo termina arruinándote la vida. Carola bebió un sorbo de su café y me miró directo a los ojos. —Ámbar, tienes que tener cuidado. Ese tipo de hombres… son peligrosos, pero también son adictivos. —Eso es lo que me da miedo —murmuré, bajando la mirada. Por un momento nos quedamos en silencio, solo escuchando el ruido del campus. El sol bajaba poco a poco, tiñendo el cielo de tonos naranjas. —Mira, haz lo que quieras, pero prométenos que no vas a dejar que ese chico te enrede —dijo Peyton, seria por primera vez. Asentí lentamente. —Se los prometo… aunque no sé cuánto pueda resistir. Ellas me tomaron de las manos al mismo tiempo, como sellando un pacto entre amigas. Y ahí, en esa mesa, entendí que lo que venía no iba a ser fácil. Porque Cris no era solo un huésped temporal en mi vida. Era un huracán que ya estaba cambiando todo a su paso. Y por dentro, aunque no quisiera admitirlo en voz alta, yo ya estaba en el ojo de la tormenta.
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