(Narrado por Ámbar) Ya estaba en casa. Todo olía a desinfectante y silencio. Esa mezcla que te dice que algo anda mal aunque nadie lo diga. Subí despacio las escaleras, sintiendo el peso del yeso en mi brazo y el del alma en el pecho. Desde la sala podía oír a mamá y papá discutiendo en voz baja, pero igual se filtraba cada palabra, como si las paredes también quisieran herirme. —No vuelvas a mencionar a Cris delante de mí, Tamara —la voz de papá sonaba dura, quebrada—. Ese muchacho ya causó suficiente daño. Me quedé inmóvil a mitad del pasillo. Sentí que el corazón se me encogía. Quise entrar y gritar que no fue su culpa, que el accidente fue por mi desesperación, no por él. Pero no tuve valor. Mamá fue la primera en verme. —Ámbar, mi vida, estás despierta —dijo acercándose, con los

