El jardín de la mansión Piamonte-Lombardi se extendía bajo el manto de la noche como un tapiz vivo, tejido con hilos de jazmín trepador y rosas que exhalaban su perfume dulce en la brisa tibia del verano. Era una noche de esas que parecen robadas a un cuento: la luna llena colgaba baja en el cielo, un disco plateado que bañaba las hojas del roble centenario en un resplandor etéreo, como si el árbol mismo —testigo mudo de nuestro primer beso prohibido— hubiera decidido iluminar este momento con su propia luz ancestral. Habían pasado semanas desde nuestro regreso a la mansión, semanas en las que el pasado se había disuelto como niebla al amanecer, dejando espacio para un futuro que se desplegaba ante nosotros con la claridad de un plano arquitectónico bien trazado por las manos de Cris. Hab

