El amanecer se filtraba a través de las persianas del hospital como un susurro tímido, pintando rayas doradas sobre el rostro dormido de Cris. Su pecho subía y bajaba en un ritmo constante, el vendaje en su hombro un recordatorio blanco y crudo del infierno que habíamos dejado atrás en el almacén. Yo me había quedado dormida en la silla a su lado, la cabeza apoyada en el borde de la cama, mi mano aún entrelazada con la suya —un lazo que ni las máquinas pitantes ni las sombras del pasado podían romper. El aire olía a desinfectante y a promesas de curación, un contraste bienvenido con el hedor a pólvora y sangre que aún me perseguía en sueños. Un golpe suave en la puerta me despertó de golpe, el corazón acelerándose como si esperara otro fantasma. Parpadeé, desorientada, el reloj de la pare

