El sol apenas entraba por la ventana del hospital cuando escuché la voz de mi madre. Fuerte, cortante, con ese tono que te perfora el alma. —Cris… tenemos que hablar. —dijo sin rodeos, cruzándose de brazos frente a mí. Yo estaba sentado en la sala de espera, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. No había dormido nada desde el accidente de Ámbar. Cada sonido del hospital me reventaba los nervios. —Mamá, no ahora… —murmuré sin mirarla. —Sí, ahora —replicó ella, acercándose—. ¿Qué demonios hiciste, Cris? Esa niña casi muere, y Ernesto está furioso. Levanté la mirada. Su rostro estaba tenso, los ojos llenos de una mezcla de miedo y rabia. —Yo no hice nada, mamá. Ella salió sola, manejando como loca. Yo ni siquiera sabía que iba a ese lugar. Tamara soltó una risa

