Capítulo 3: El rugido de la noche

1086 Words
El aire de la mansión era sofocante, lleno de protocolos, reglas y caras que fingían sonrisas. No pasaron ni veinte minutos después de la cena cuando ya tenía el teléfono vibrando en el bolsillo. Rodrigo y Carlos, los de siempre, mis hermanos de la calle aunque no compartamos sangre. —¿Dónde estás, perro? —me dijo Rodrigo apenas contesté. —Atrapado en una cena familiar de mierda —respondí, bajando la voz para que Tamara mi madre no escuchara desde el salón—. Pero ya salí. Espérenme en el mismo sitio de siempre. Colgué sin más. Tomé mi chaqueta de cuero, encendí un cigarro y salí por la puerta principal. El aire fresco de la noche me golpeó en la cara y sentí que, por fin, podía respirar. El motor de la moto de Rodrigo rugió antes de que yo siquiera lo viera. Aparcó frente a mí con esa sonrisa de loco que siempre lo delataba. Carlos venía detrás en un carro n***o, con la música retumbando tan fuerte que el suelo vibraba. —¡Míralo, coño! —gritó Rodrigo bajándose de la moto—. El niño rico volvió de Europa. —Y con más pinta de cabrón que nunca —añadió Carlos, dándome un abrazo de esos que casi te quiebran la espalda. —No jodan —respondí riendo—. Llévenme a un sitio donde pueda olvidar que tengo un padrastro perfecto y una hermanita que me odia. —¿Hermanita? —preguntó Rodrigo, arqueando una ceja mientras arrancaba—. Esa historia la tienes que contar con trago en mano. La fiesta estaba en las afueras de la ciudad, en una bodega abandonada que desde hacía meses se había convertido en el templo del descontrol. Luces de neón, botellas alineadas en mesas improvisadas, música reggaetón a todo volumen, y gente bailando como si el mundo se acabara esa noche. Apenas entré, varias miradas se clavaron en mí. Reconocí algunas caras, otras nuevas, todas igual de hambrientas de adrenalina. —¡Cristóbal! —gritó una voz femenina detrás de mí. Me giré y ahí estaba Claudia. Cabello n***o, labios rojos, vestido corto que parecía pintado en su cuerpo. Mis labios se curvaron solos. —Claudia… —dije con un tono cargado de deseo—. Pensé que ya me habías olvidado. —Imposible —respondió acercándose tanto que sentí su perfume mezclarse con el humo del cigarro que tenía en la mano—. ¿Cómo olvidarme del único cabrón que me hace perder la cabeza? No contesté. Solo la tomé de la cintura y la besé como si los meses lejos no hubieran pasado. Era mi manera de decir “te extrañé” sin palabras. —Siempre vuelves a mí cuando te falta sexo y afecto —susurró contra mis labios. —Y tú siempre estás lista para darme los dos —repliqué, mordiendo suavemente su labio inferior. Una hora después ya teníamos las botellas vacías sobre la mesa y las carcajadas se mezclaban con la música. Rodrigo encendía otro cigarro mientras Carlos hacía chistes que nadie entendía del todo, pero igual nos reíamos. —A ver, cuéntanos, Cris —dijo Rodrigo sirviendo más ron—. ¿Qué tal la nueva vida con tu “familia”? Me recliné en la silla, prendí otro cigarro y exhalé el humo lentamente. —Una farsa. Mi madre se casó con Ernesto Piamonte. Y ahora me toca convivir con su hija, Ámbar. —Eso suena incómodo —intervino Carlos, alzando la botella. —Lo es —respondí—. Pero lo más curioso es Ámbar… —¿Qué pasa con ella? —preguntó Rodrigo, notando el tono en mi voz. Me quedé callado unos segundos, recordando la forma en que me miró en la cena. Esa mezcla de desprecio y curiosidad. Esa mirada que no se me había ido de la cabeza desde que crucé la puerta. —Es guapa. Muy guapa. Tiene carácter. Me miró como si quisiera matarme y besarme al mismo tiempo. Rodrigo soltó una carcajada. —¡Coño, hermano! Apenas llegas y ya le echaste el ojo a la hija de Ernesto "tu hermana". —No es mi hermana —repliqué con voz seca, dando un trago largo—. Es la hija del marido de mi madre. Eso es todo. —Eso dices ahora, pero se nota que te caló hondo —añadió Carlos, riendo. Claudia, que había estado escuchando en silencio, se inclinó hacia mí y me susurró al oído: —Ten cuidado, Cris. Es un juego peligroso. La miré de reojo y sonreí con esa arrogancia que siempre me define. —Yo nací para el peligro, Claudia. Ella rió, y luego me jaló de la camiseta, llevándome a un rincón oscuro de la bodega. Sus labios volvieron a ser míos, su cuerpo pegado al mío, y en ese instante supe que la noche apenas empezaba. Entre tragos, besos furtivos y carreras de motos improvisadas en el estacionamiento, me sentí vivo otra vez. Ese era mi mundo. No la mansión, no la mesa perfecta ni la “cena de bienvenida”. Yo era Cristóbal Lombardi, el chico rebelde que no acepta órdenes de nadie. Y aunque lo negara en voz alta, en mi mente solo había una imagen que volvía una y otra vez: los ojos de Ámbar, ardiendo de rabia y curiosidad. Maldita sea… esa chica iba a ser mi perdición. La música seguía sonando a todo volumen, los tragos iban y venían, y yo me sentía en mi terreno, lejos de esa mansión que parecía un museo lleno de reglas y de fantasmas del pasado. Rodrigo se reía a carcajadas mientras Carlos le contaba una anécdota estúpida, y yo solo asentía, con una sonrisa ladeada, porque en el fondo mi cabeza aún regresaba a esa cena absurda. —Oye, Cris, ¿y qué tal la hermanita nueva? —preguntó Rodrigo, con ese tono burlón que usaba siempre para provocar. —Hermosa, hermano, demasiado para ser real —confesé, dejando escapar el humo del cigarro—. Pero prohibida. Ya tú sabes… hija de Ernesto. Carlos soltó una carcajada—. Prohibida sabe mejor, mi pana. Me quedé callado un instante, bebiendo un trago más, mientras la voz de Ámbar todavía resonaba en mi memoria, con esa rabia que escondía miedo. Y coño, me gustaba, me atraía, aunque supiera que meterme en ese terreno era jugar con fuego. La fiesta siguió, pero en el fondo yo ya sabía que mi vida había cambiado.
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