Narrado por Ámbar Esa noche, el cielo de Los Ángeles parecía pintado a propósito. La ciudad brillaba, pero no tanto como sus ojos. Cris me había citado en un restaurante frente al mar, de esos donde el murmullo de las olas se mezcla con el tintinear de las copas. Yo llevaba un vestido rojo, ceñido a mi cintura, y un recogido elegante que dejaba escapar algunos mechones sobre mi cuello. Quería que al verme, olvidara el mundo. Y lo logré. Cuando llegué, él ya estaba ahí. Camisa blanca, mangas dobladas, esa mirada suya que siempre parece desnudar el alma. —Llegas tarde —me dijo sonriendo, con ese tono entre arrogante y dulce que solo él domina. —Las princesas no llegan tarde, los demás llegan antes —le respondí mientras me sentaba frente a él. El mesero trajo vino tinto. Cris me sirvió

